Biografía de Osvaldo Peña

 

Osvaldo Peña, escultor, nació en Santiago el 10 de noviembre de 1950.

Ingresó en 1970 a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, para iniciar su formación artística, la que pudo tener lugar sólo durante dos años y medio, pues en septiembre de 1973 debió abandonar la Facultad.

Fue alumno de Ricardo Mesa, y compañero de otros renombrados escultores, como Francisco Gazitúa y Patricia del Canto. En 1979, gracias a una beca, viajó a España para perfeccionarse.

Su taller en el sector capitalino de Peñalolén fue núcleo importante de formación de otros escultores y suplió la carencia de espacios artísticos durante la dictadura.

Comenzó a trabajar en poliéster, para luego realizar algunas obras en madera y derivar finalmente al empleo del metal.

 

Trayectoria

Osvaldo Peña comenzó a trabajar en poliéster, para luego realizar algunas obras en madera y derivar finalmente al empleo del metal.

Se distinguen, principalmente, dos orientaciones en su producción: una tendiente a la representación de la figura humana, mediante volúmenes forjados en planchas de hierro, que siguen una línea clásica de concepción anatómica, trastocada por la ausencia o extraña disposición de algunos miembros del cuerpo, lo que perturba la percepción del espectador, que ve quebrantada, de este modo, una presupuesta armonía.

La otra vertiente, aún más crítica con el lenguaje escultórico, es aquélla que rompe con la tridimensionalidad e incorpora espejos y láminas, en un intento por aumentar los significados de la obra, y de paso, provocar e involucrar al espectador. Ejemplo de lo anterior es la obra “Espejo para una memoria inservible”, montaje compuesto por una serie de cinco paneles de madera, que hacen de soporte para unos correspondientes juegos de espejos y camisas dobladas, confeccionadas en hierro, con impecable factura.

El espectador interviene como un elemento más de la composición, necesario para que la obra tenga una lectura completa, al reflejarse en los espejos y completar con su propia presencia, la integridad del montaje: por ejemplo, cuando queda encerrado en el perímetro de una cabeza que no existe realmente, sino que es su propio doble.

Se produce, por lo tanto, un desconcertante juego de aparición y desaparición del cuerpo, de ausencia-presencia que permite que acontezca la obra misma, remitiendo temáticamente a los Detenidos Desaparecidos de las dictaduras.

 

Aportes

Osvaldo Peña ha recibido, entre otros, el Primer Premio Concurso El Sol (1975), el Primer Premio en el Concurso de la Colocadora Nacional de Valores (1977), el Premio de la Crítica, Círculo de Críticos de Arte de Chile (1983), Premio de Honor, VIII Bienal de Valparaíso(1987), Primera Mención, I Concurso Americano de Escultura en Madera, Argentina (1993), Ganador Concurso Escultura para el Edificio del World Trade Center (1996) Ha obtenido las becas Amigos del Arte (1978), Fundación del Pacífico (1979) y Fundación Andes (1990) Peña ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas en todo el mundo, siendo una de las más recientes, la III parte de la muestra “Chile 100 años, Artes Visuales” en el MNBA (2000).

 

Investigación

El tratamiento de la figura en la obra de Osvaldo Peña

Durante sus inicios en los años ’70, el escultor Osvaldo Peña se abocó a su oficio de modo tal que imponía las formas a la materia, es decir, el modelo preconcebido al soporte, con todos los datos de superficie bajo control.

Con el paso del tiempo, el escultor fue depurando el rigor de su disciplina hasta lograr la humanización de esas formas, paradójicamente al dejar que la materia se expresara con todas sus características. Utilizando la madera como materia prima fundamental, deja que las vetas de su superficie, así como brotes y ramas, aparezcan expresivamente.

De este modo, la materia deja ya de ser sólo un medio, para convertirse ella misma en comunicación; el artista deja troncos torcidos a la vista, o permite que pequeñas porciones de vegetación participen simulando ser cabellos de la figura humana.

Peña establece, entonces, una relación más profunda con el material, generando con ello obras más amables que las áridas esculturas de épocas anteriores, tendientes a la oscuridad, a la ironía y en definitiva, a lo críptico. Hoy se permite que la obra viva y ejerza su sensualidad, que emane colores, texturas, aromas… que entregue humor; aunque de todos modos el escultor intenta mantener la irreverencia de antaño, y sobre todo, busca provocar en el espectador inquietud o extrañeza ante la contemplación de sus obras.

La atención en la imagen se debe a que Peña espera que ésta se encuentre conectada con una memoria colectiva profunda, desde la cual extraer una emoción antigua. Las figuras, por lo tanto, no son válidas en sí mismas, pues están dando cuenta de una emoción. Es por este motivo que importa más el proceso de hacer, de oficio manual creativo, que el resultado final. Esto es un trabajo de búsqueda, a medio camino entre el azar libre y el programa previo, dirigido hacia una meta indefinida, fin cuyo camino está marcado por el trabajo de la madera, respetando su lógica de verticalidad y vetas.