Alfredo Echazarreta, pintor, grabador y escultor, nació en Santiago en 1945.
Luego de un breve paso por la Escuela Naval de la Marina chilena, en 1966 Echazarreta ingresó a la Pontificia Universidad Católica, para seguir la carrera de arquitectura durante cuatro años. En 1970 viajó a París, Londres y Florencia, y luego se radica por un año en Nueva York.
En 1972 regresa a Francia y se radica definitivamente allí. Visita el afamado centro de grabado Atelier 17, y los talleres de la Ville de París.
Formó parte del consejo administrativo de la asociación de artistas “Le Génie de la Bastille”.
Trayectoria
Echazarreta utiliza fundamentalmente el óleo sobre tela para realizar obras de factura expresionista, debido al empleo de amplias pinceladas, el chorreo del pigmento, los colores establecidos desde un plano emocional más que realista y la conformación de figuras y símbolos, inmersos en composiciones oníricas.
Sus obras están pobladas por caballos mágicamente imponentes y figuras humanas más bien sombrías; ambos elementos son representados de modo tal que se percibe la completa compenetración del cuerpo del artista con los materiales que emplea, manejando sensualmente los pigmentos hasta acercarse a la abstracción, donde el color funciona como principal comunicante.
La mano del pintor es veloz al trazar una línea o al manchar la tela: trazo y mancha son gestos, rápidos y sueltos, siempre insinuantes y tenues, frágiles en su condición de inacabados, es decir, de no formalmente estables.
A comienzos de su producción, Echazarreta se interesaba por hacer una suerte de arqueología de los orígenes, así como una crónica de la esencia de los viajes y aventuras; pero ya en la década de los noventa, esta estructura narrativa se desplaza, por lo que la armazón lineal de las formas se vuelve frágil y la obra se hace menos descriptiva: hay menos relato histórico en favor de un ahondar instintivamente en el misterio del ser, en sus orígenes y en su devenir.
Como el tema que enfrenta el artista es cercano al ámbito metafísico, la pintura como tal no alcanza a representar las más profundas honduras ontológicas. Echazarreta, entonces, sólo puede proponer insinuaciones de ciertos arquetipos, como el significativo Caballo, que connoten el acercamiento que realiza a esos temas.
Aportes
Alfredo Echazarreta ha realizado exposiciones individuales en Alemania, Francia, Japón y Chile, siendo una de las muestras más recientes la Retrospectiva de su obra exhibida en el Museo Nacional de Bellas Artes (1998).
También recibió encargos para espacios públicos y privados, entre otros, un mural en Amiens, Francia (1980), un mural para el Salón “Cultura Latina” en el Grand Palais de París (1984) y la fachada del “Théàtre des Chimères” en Metz, realizado con esmalte sobre placas de acero.
Algunas de sus obras forman parte de colecciones de empresas como ENERSIS, C.C.U. o XEROX, y de museos como Georges Pompidou de París, el de Arte Contemporáneo de Chamalières o el Museo de Bellas Artes de Santiago.
Investigación
Los atentados del 11 de Septiembre en la obra de Echazarreta
La desesperación de las miles de personas que se encontraban el día 11 de septiembre de 2001 en las Torres Gemelas de New York, es lo que Echazarreta observó por la pantalla de su televisor en Francia.
El enorme impacto de esas imágenes cambiaron abruptamente el rumbo que su trabajo plástico venía desarrollando ese año.
Su obsesión por la plasmación pictórica del conocimiento humano quedó suspendida para dar paso a la implacable realidad de los atentados.
Como estudioso del cuadro del francés Géricault, “La Balsa de la Medusa”, donde se recrea una escena de un verdadero naufragio de la Marina Mercante Francesa ocurrido a principios del siglo XIX, Echazarreta desarrolló una serie gráfica que cita esta obra, reinterpretando y actualizando una de las pocas certezas que tenemos, nuestra propia precariedad.
Géricault representó un hecho ocurrido en 1816, donde los náufragos en su desesperación llegaron a la antropofagia. El cuadro en sus inicios provocó una polémica entre el público, porque de alguna manera representaba a la sociedad completa. Luego, Echazarreta vinculó los seres suspendidos en el agua, desesperados, asemejándolos a las personas en las Torres que, suspendidas en el aire, imploraron auxilio o simplemente dejaron de esperar algo.
Para reflejar esa desesperación, Echazarreta realizó una serie de dibujos sobre papel, de línea abstracta donde predomina el gesto espontáneo, con una fuerza que deja de lado las manías de los academicismos. De a poco, las imágenes abigarradas se van consolidando y focalizando en figuras. La serie culmina con un óleo sobre tela con anotaciones que esboza la obra de Géricault.





