Mario Irarrázabal, escultor e instalador, nació en Santiago el 26 de noviembre de 1940.
Una vez finalizados sus estudios escolares, Irarrázabal marchó a los EE.UU, donde permaneció cinco años en el seminario de La Congregación de la Santa Cruz.
Entre 1960 y 1964 estudió en la Universidad de Notre Dame, también en Norteamérica, donde obtuvo el Bachiller en Arte y Filosofía, y un Master en Bellas Artes.
En 1965 se fue a Italia, y por espacio de tres años, estudió Teología en la Universidad Gregoriana de Roma. En Chile recibió el titulo de Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Católica.
En 1968 se trasladó a Alemania, donde estudió con el escultor Waldemar Otto, maestro que sería clave en su formación, tanto técnica como estilística. Se desempeñó como profesor de escultura en la Universidad Católica, entre 1972 y 1974, y en la Universidad de Santiago desde 1975.
En el año 1983 trabajó en el atelier Hans Worpswede, en Bremen, gracias a una beca del gobierno alemán.
En 1995, Irarrázabal participó de la fundación de la Asociación de Escultores de Chile, de la que fue asignado Director.
Mario Irarrázabal ha recibido, entre otras varias, las siguientes distinciones: Premio Salón de Valparaíso (1976), Primer Premio IV Concurso Colocadora Nacional de Valores (1978).
Trayectoria
Mario Irarrázabal realiza una producción escultórica con materiales tales como bronce, aluminio, piedra, madera y hormigón.
A través de un estilo figurativo, el artista comunica sus ideas en torno a una temática cristiana- humanística, de marcada tendencia social: la injusticia, la incomunicación, la soledad, etc., aspectos redimidos siempre por su confianza en el amor.
Tal comunicación es simbólicamente directa, sin hermetismos que confundan el sentido de la expresión; esto no significa que sus obras sean “simples o fáciles”, si no que en ellas, la unión de composición formal y tema está tan íntimamente conseguida, que los materiales pueden evidenciar su propia capacidad de autopresentación.
Así mismo, la técnica de la cera perdida le permite al artista elaborar bronces que contienen todo lo que quiera imprimir: gestos, tensiones, texturas, haciendo que dichos elementos se presenten necesarios e inherentes al significado expresado.
Irarrázabal se aleja de los cánones de representación de la figura humana, para concebir seres con miembros alargados y cuerpos abultados, deformaciones que se relacionan con un intenso expresionismo, reforzado por las posturas de las figuras y la dirección de sus cabezas.
Casi todas sus obras son de pequeño formato, pero sin perjuicio de esto, Irarrázabal realiza también obras de grandes dimensiones, siendo las más reconocidas, las manos de cemento que se encuentran en las arenas del desierto chileno, en Punta del Este, en Venecia y Madrid, dispuestas de modo tal que simulan emerger de la tierra.
Otro tipo de obra que amplía su producción, en cuanto implica investigación objetual y espacial, es la instalación, destacándose “33 caballos-balancín y 44 sillas de niño”, montaje compuesto por dichos objetos, que el artista pintó de blanco, rojo y azul y dispuso al interior de un museo, aludiendo irónica y críticamente al régimen militar.
Aportes
Mario Irarrázabal ha recibido, entre otras varias, las siguientes distinciones: Premio Salón de Valparaíso (1976), Primer Premio IV Concurso Colocadora Nacional de Valores (1978), Premio Concurso Punta del Este, Uruguay (1982), Premio Concurso Nacional de Escultura para la Sede de la ONU en Kenya (1985), Primer Premio Escultura, VIII Bienal Internacional de Arte de Valparaíso (1987), Primer Premio Escultura Homenaje al Pueblo Mapuche (1988), Premio para ejecutar una de las cuatro esculturas del Congreso Nacional (1991) y Primer Premio, I Concurso de Escultura de Las Tacas (1995).
Muchas de sus obras se encuentran en espacios públicos, tanto en Chile como en el extranjero y forman parte de las colecciones de varios museos; así por ejemplo, el MNBA posee cuatro esculturas de su autoría.
Obra






