Pintor chileno. Nació en Santiago el 4 de noviembre de 1875 y falleció en la misma ciudad el 13 de julio de 1964.
Hijo del conocido arquitecto alemán Teodoro Burchard, uno de los introductores del estilo neogótico en la arquitectura chilena, el pintor continuó formando una familia donde sus hijos (Pablo Burchard y Cuca Burchard) y sus nietos (Felipe y Carolina Landea) también han sido conocidos artistas nacionales.
Realizó sus primeros estudios en el Colegio de Carlos Rudolf y después en el Instituto Nacional.
A los 15 años su padre lo incorporó a su taller de arquitecto donde aprendió a hacer vaciados. Luego, estudió la carrera de arquitectura con Manuel Aldunate en la sección de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Posteriormente ingresó a la Academia de Bellas Artes de Santiago, donde tuvo como maestros a Cosme San Martín, Fernando Álvarez de Sotomayor y a Pedro Lira.
Su carrera docente la inició en 1903 en la Escuela Secundaria de Talca. También dictó cursos de dibujo en el Liceo de Niñas Nº 6 de Santiago. En 1932 fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes, cargo que ejerció hasta 1935. Además se desempeñó como profesor de la cátedra de pintura y paisaje.
Obtuvo importantes reconocimientos durante su trayectoria artística como la primera medalla de dibujo en el Salón Oficial del año 1915 y la primera medalla en pintura en el mismo Salón al año siguiente.
Además ganó la medalla de oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla y el premio ex Aequo Certamen Matte Blanco del Salón Oficial en 1929. Recibió un premio en Carnegie International Exhibition en Pittshuy, Estados Unidos en 1935.
En 1939 ganó medalla de plata en la Exposición Latin American Exhibition of Fine Art de Nueva York.
En 1941 obtuvo premio de honor en la Exposición del IV Centenario de la Fundación de Santiago.
En el año 1944, a la edad de 71 años, recibió el Premio Nacional de Arte.
El desarrollo de su extensa labor docente a través de los talleres de la Escuela de Bellas Artes, lo convirtió en un maestro formador de varias generaciones de artistas como ciertos pintores del Grupo Montparnasse y de otros como Augusto Barcia, Roser Bru y José Balmes, entre otros.
Trayectoria
Dentro de la pintura chilena de su tiempo, Pablo Burchard permaneció como un gran solitario, alejado de los que seguían las enseñanzas académicas y de la Generación del ‘13. Tampoco se vinculó con el estilo de los que fueron sus maestros, pues realizó un trabajo muy personal y autónomo, fuera de tendencias estilísticas y grupos de su época.
La ruta abierta por Juan Francisco González en la búsqueda de una pintura visual, sensitiva y alejada de las fórmulas convencionales de la Academia, encontró pleno eco en la obra de Pablo Burchard, que puede ser considerado su continuador y el artista que marcó la transición a la pintura del siglo XX.
Realizó obras de gran actualidad, en consonancia con las tendencias que en Europa hacían triunfar la “pintura pura”, es decir aquella cuya poesía y expresividad brotaban directamente de los colores, de la forma de pintar, de la materia pictórica misma.
Alejado de los grandes temas tradicionales (historia, mitología, religión o literatura) y del virtuosismo académico, Pablo Burchard buscó la poesía de las cosas humildes y sencillas, captadas en su esencia formal y cromática más depurada (“El Corral”).
Realizó una pintura grave y transparente, austera y diáfana, que dignificó las cosas humildes y descubrió a través de la intuición poética el verdadero valor estético de un trozo de muro, un árbol otoñal, un florero, una taza, un viejo portón (“Tarro de conserva”, “Florero con colas de zorro”).
La sensibilidad grave y recogida del artista se expresó en la parquedad de las formas y en la austeridad del color pues prefirió los tonos blanquecinos, los grises transparentes, los celestes diluidos, los verdes acuosos, los ocres pálidos y sienas resecos, a veces animados por un rojo o azul intensos.
El espectáculo del mundo natural ejerció especial influencia en su retina, y sobre todo en su espíritu (“Otoñal”).
La observación atenta iba acompañada de un profundo recogimiento, de una disposición espiritual del artista en ese momento.
Para realizar sus obras estudiaba acuciosamente el dibujo, que constituía para él la base y el fundamento del cuadro; atendía la composición ordenadamente; empastaba en forma amplia y suelta, colocando abundante materia en algunos trozos y estudiaba los valores lumínicos y los efectos cromáticos.
Aportes
Burchard es una figura gravitante en la plástica nacional.
El desarrollo de su extensa labor docente a través de los talleres de la Escuela de Bellas Artes, lo convirtió en un maestro formador de varias generaciones de artistas como ciertos pintores del Grupo Montparnasse y de otros como Augusto Barcia, Roser Bru y José Balmes, entre otros.
La modernidad del artista inicia una nueva etapa en la pintura chilena. Superado el impresionismo y su visión fragmentada de la naturaleza y de las cosas, los pintores vuelven a interesarse por la forma y la estructura esencial de los objetos.
Investigación
El pintor Pablo Burchard fue, según descripciones de sus contemporáneos, un hombre reservado, tímido e introspectivo, profundamente místico (en un sentido masónico y luego católico) y reacio a formar escuela entre sus discípulos. Esas mismas características de su persona lo indujeron al análisis meditativo de lo cotidiano, en su aspecto más austero, así como a la revalorización trascendental de los elementos del medio circundante más inmediato.
Es así como el tópico de lo cotidiano se hace presente en gran parte de la producción del artista: objetos, puertas, muros, algunos paisajes, nos remiten al entorno de Burchard, a su casa, a las cosas que utiliza, vinculando dichos elementos a problemáticas visuales de luz y color, a cuestiones estéticas complejas, e incluso, podríamos decir, a cierta espiritualidad que liga sus representaciones de interiores con la pintura flamenca del siglo XVII, y por lo tanto, con el calvinismo.
Cabe tener en cuenta, también, la relación de la masonería y el catolicismo con los objetos que se cargan de simbolismo en pro de la instauración de un imaginario colectivo.
El tema mínimo, es decir, esa objetivación contemplativa de lo lindante, que transforma lo simple cotidiano en poderoso generador de lecturas, como si fuera parte de un descubrimiento casi “Zen” de lo espiritual circundante, no se contradice para nada con el trabajo matérico que da Burchard a sus obras. En su pintura, los pigmentos forman la mancha que construirá la forma, la que deviene luego en modelo y tema.
Se instala de este modo una comunicación, como modo de aproximación, con los objetos y el lugar que se les designa. Coherente con aquello, el artista permite que la tela, soporte que generalmente se esconde, quede en evidencia y “hable” por medio de su textura original.
Entonces, si a primera vista sus obras nos parecen simples, como por ejemplo ‘Puerta Azul’, es debido a que percibimos escasos elementos; pero sucede que cada uno de ellos nos está remitiendo a complejas cuestiones… Ya sabemos, menos es más.









