Arte en Chile

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Opinión sobre la acción de arte: Ordeña - Vaca mía, de la artista Sybil Brintrup

A propósito de la acción de arte Vaca mía - Ordeña de Sybil Brintrup
POR MÓNICA DROUILLY HURTADO

Todos los domingos de noviembre y el pasado domingo 12 de diciembre, a las 11:00 horas, un óleo de 2,3 por 1,5 metros cuadrados iniciaba, desde el taller de la artista chilena Sybil Brintrup, el trayecto que le conduciría hasta la sala central de Museo Nacional de Bellas Artes. El lienzo un work in progress que ha sido pintado durante 12 años, desde un punto de vista figurativo representa una vaca, la que recorría, cargada por la artista y sus colaboradores, las calles de la comuna de Providencia, el Parque Japonés y el Parque Forestal, siguiendo en todas las oportunidades una ruta marcada por los contornos del río Mapocho, el que se presentaba, al igual que el trayecto, al igual que el lienzo y al igual que los espectadores, completamente diferente en cada ocasión.


Al abandonar el taller y transitar por las calles y parques de Providencia y Santiago, la obra se actualiza, deviene texto, deviene discurso, enfrenta y se enfrenta a múltiples espectadores/lectores que acceden a su propuesta que, mediante esta acción, deja de ser meramente pictórica.

Acontecen, entre muchos otros, dos hechos fundamentales: la reutilización y apropiación de los espacios públicos y la desacralización del arte. Estos aspectos se potencian entre sí y coinciden en un espacio único, prestigioso y profano a la vez: la calle, los parques. Definidos como lugares de tránsito, sitios de uso, estos espacios públicos gozan de un doble carácter: por un lado son peligrosos antros en donde la gente se encuentra en constante asecho, amenazada por la otra gente y completamente expuesta. Por otro lado, es esa misma exposición la que torna valiosos a estos lugares; calles y parques constituyen una vitrina, en una cultura meramente visual y adoradora de la imagen y de la superficie, es en estos sitios donde la gente cobra identidad al hacerse visible. Lo mismo ocurre con Vaca mía, el lienzo se expone. En los seis kilómetros que recorre en su trayecto, debe enfrentar todos los peligros y amenazas que la ciudad supone: vehículos a alta velocidad, ciclistas, partidos de fútbol, cuchicheos, risitas, comentarios. Lo anterior es el precio de hacer pública la propuesta, de compartirla, de tener algún eco.

El título de esta acción, Ordeña, alude al aprovechamiento, a la culminación de un proceso, a extraer lo valioso desde el interior. Y es eso lo que acontece en Vaca Mía: la obra que ha estado en constante preparación, sale a dialogar con la cultura, sale a provocar a la gente, sale a proponer; la obra es, metafóricamente, ordeñada por cada espectador. Por eso también el destino es el Museo, el supuesto lugar oficial del arte. Hay un juego, una ironía: Vaca mía termina en el Bellas Artes, apoyado en el piso de la sala central por 15-30 minutos y luego parte, del mismo modo en que llegó, sin quedarse en la sacralidad ya aceptada y preestablecida. Así, dentro de la misma acción, Ordeña se consolida como obra de arte en el circuito oficial y, en la calle, en el lugar en donde se encuentra la mayor cantidad de posibles observadores, se consolida como discurso.

La obra está muerta si nadie acude a ella, Vaca mía al realizar su trayecto otorga una oportunidad única al transeúnte, libera al arte de la planificación y el acotamiento dictatorial y taxonómico del que ha sido víctima y le devuelve la sorpresa, la espontaneidad, aquella experiencia inesperada que sólo los eventos no planificados poseen, dotada de toda la significancia y la carga simbólica de la experiencia estética, a modo de un satori o un samadhi. El espectador es partícipe de la obra, la goza (en términos jaussianos) cuando se involucra, ya sea cargando u observando el lienzo en el trayecto, más allá de la experiencia estética receptiva, vinculándose también a la experiencia poética. Por lo anterior surgen muchas de las risitas y de los cuchicheos que antes mencioné: en una cultura fundada en la separación del goce y del trabajo, la participación en el trayecto de la acción Ordeña supone una reconciliación entre le esfuerzo y la satisfacción, se asiste a un trabajo placentero, muy ajeno y muy distante al que desempeña la mayoría. Pero este trabajo no es de sencillo acceso, a simple vista, para muchos, esta acción carecería de sentido: en vez de ser recibida como una invitación, Vaca mía es tomada como una provocación, una burla.

Está en cada uno de los espectadores, de los transeúntes, de los visitantes al Museo, la oportunidad de abordar la obra desde sus propias expectativas, desde sus propias lecturas y lograr, junto a Sybil Brintrup y su Vaca mía la actualización y desacralización del arte.

Santiago, Martes 14 de Diciembre de 2004.