Arte en Chile

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Bernardo O’Higgins

(1778-1842)

Acuarelista y miniaturista


       Faceta desconocida del  Libertador Bernardo O’Higgins ha sido su obra artística, acaso por insuficiente búsqueda histórica. Aprovechado dibujante y pintor de retratos, en casi cuatro años de lecciones  formales recibidas en Inglaterra, se le han atribuido con solventes razones varias acuarelas y miniaturas posteriores de indudable calidad.

       Junto con empaparse en suelo inglés con la gloria de Nelson, la política de Pitt y los sueños republicanos de Francisco de Miranda, el joven O’Higgins absorbió en ese medio estimulantes nociones de pintura, paisajismo, botánica, arquitectura y urbanismo, componentes de su vasta ilustración. Consciente don Bernardo del valor de las bellas artes, incorporó a José Gil de Castro, su retratista favorito, en la Legión al Mérito, fundada por él en 1817 a poco de asumir el mando supremo, designación excepcional en el conjunto de legionarios que integraban militares y políticos letrados, sintomática de su íntima perspectiva.   
       PortaldeArte exhibe aquí reunidas por primera vez las escasas piezas identificadas provenientes de su mano, haciendo mención de otras que probablemente ejecutó y de las cuales no han aparecido evidencias concretas todavía.

Primeros pasos

       Bernardo O’Higgins nació en Chillán el 20 de Agosto de 1778, hijo del entonces coronel don Ambrosio O’Higgins, futuro Gobernador de Chile y Virrey del Perú, y la hermosa criolla Isabel Riquelme.
       Conoció las primeras letras en el instituto franciscano de su ciudad natal. Se embarcó en 1790 hacia Lima, matriculado con el nombre de Bernardo Riquelme en el exclusivo colegio San Carlos, entre los vástagos de la aristocracia virreinal.
       A inicios de 1795, siguiendo siempre los lejanos dictados de su progenitor, Bernardo zarpó rumbo a Europa, vía Cabo de Hornos, larga travesía que lo depositó en la residencia de don Nicolás de la Cruz, en Cádiz, riquísimo y culto comerciante chileno allí establecido, amigo de don Ambrosio y en adelante su tutor. Continuó su educación en Londres, encargándose los relojeros judíos Spencer y Perkins de orientar sus pasos en el desconocido país de habla inglesa y credo protestante.

 Richmond y su entorno

         Obligado a formarse en la fe católica, Bernardo O’Higgins estuvo interno en el colegio que regentaba el señor Timothy Eeles, en Richmond, al sudoeste de Londres y orillas del Támesis, villa rural donde vivía una pequeña comunidad que profesaba dicha religión. El establecimiento ocupaba un amplio caserón georgiano en calle The Vineyard (llamado hoy Clarence House), donde primaban el latín, griego, inglés, francés, aritmética, contabilidad, geografía, historia y navegación. El dibujo, danza, esgrima y música eran asignaturas que se pagaban aparte, las que Bernardo asumió también con dedicación y buen resultado.

Tuvo por compañeros a jóvenes norteamericanos, franceses y alemanes. Ganó el afecto de la familia Eeles y el corazón de la dulce Charlotte, hija que nunca lo olvidó (1).
          La instalación de Bernardo en Richmond no obedeció al azar, revelándose el buen criterio del tutor Cruz. El poblado y su entorno cobijaban características culturales relevantes, apropiadas para la maduración de la inteligencia y sensibilidad del muchacho.




General Sir David Dundas

          Dos palacios, grandes parques y un jardín botánico trascendían en Richmond los intereses de la monarquía británica, patentes en cada bello rincón. Allí estuvo el palacio favorito de Isabel I, lleno de ricas colecciones bajo Carlos I, desmantelado en el siglo XVII. En 1795 había sido sustituido por varias mansiones de familias amantes del arte y la música, como las del duque de Queensberry, el general Sir David Dundas y su cuñado William Robertson (tíos estos dos últimos de la escritora Mary Graham, nacida Dundas, y a quienes se referiría O’Higgins con simpatía en 1822, prueba de algún contacto juvenil con esos hogares  próximos al colegio Eeles). Thomas Lawrence, en esos años, era visitante asiduo de los Dundas (2). 
          En el parque viejo de Richmond estaba el observatorio ordenado por Jorge III, con planos de Sir William Chambers, y se incluía la delicada belleza de Richmond Gardens; en el sector nuevo de mil hectáreas el rey hizo secar pantanos y trazar caminos con ayuda de Capability Brown, el mayor paisajista inglés del siglo XVIII, obra de estudiado hermoseamiento forestal abierta al público que con seguridad inspiró a O’Higgins su gran proyecto de La Cañada en Santiago.


María Graham
Óleo de Sir Thomas Lawrence

          El palacio real de Kew, en la inmediata cercanía de Richmond, contenía aportes de artistas como Zoffani y Canaletto. Sus jardines de cincuenta hectáreas, embellecidos por Chambers con monumentos, templos y una alta pagoda de inspiración china,  contenía el gran invernadero repleto de exóticas especies botánicas. El estilo de Robert Adam había nacido ya en la redecoración de Syon House, allende el Támesis, asiento de los duques de Northumberland, dando la impronta característica de la nueva época inglesa, fascinada por los descubrimientos romanos en Pompeya.
             La tradición artística del entorno era singular. Sir Peter Lely había vivido en Kew, lugar donde todavía residían además familiares de Thomas Gainsborough y cuyo camposanto acogía las cenizas del maestro retratista fallecido en 1788. En la capilla lucía el busto en mármol de Jeremiah Meyer, último pintor miniaturista sobre esmalte, patrocinado por la realeza, sepultado en 1789. Sir Joshua Reynolds, primer presidente de la Real Academia, ocupó una casa en Richmond Hill.  La parroquia del poblado acogía los restos de la actriz dramática Mary Ann Yates, fallecida en 1787, y de los primos Edward y William Gibson, contemporáneos de Lely, distinguidos miniaturistas de fines del siglo XVII. 
            El palacio de Kew, centro de reunión de la numerosa prole de Jorge III y la reina Charlotte, ejerció atractivo en verdad sobre un ejército de artistas, entre músicos, actores, arquitectos, paisajistas y pintores, desparramando en la ruralidad circundante un tono mixto de sencillez campesina y aire cultivado que alcanzó por cierto a los establecimientos educacionales (3). 
           Desde allí, en la segunda mitad del siglo XVIII, se forjó nada menos que la tradición de los Engleheart, familia oriunda de Kew que aportó los mejores miniaturistas del Reino Unido durante tres generaciones. Fue iniciada por George Engleheart  (Kew 1752-1829), alumno de Reynolds y  gran rival de Richard Cosway; pintó 4.853 miniaturas, entre ellas 25 de Jorge III, dejando a la posteridad ricos cuadernos de bocetos y útiles usados en sus finísimos trabajos como retratista. Fue maestro de sus sobrinos William F. Engleheart (Kew 1780) y John Cox Dillman Engleheart (Kew 1784-T. Wells 1862), exponentes habituales en la Royal Academy, sobre todo el segundo, con miniaturas de soberbia sensibilidad. Thomas Richmond (Kew 1771-1837, siendo su esposa prima de George Engleheart), ocupó asimismo un lugar destacado entre los miniaturistas del período Regencia, mostrando su apreciado trabajo en la Royal Academy desde 1795.

Estímulos londinenses


Puente de Richmond

            ¿Conoció Bernardo las obras de los Engleheart y Richmond? Es muy probable. Aunque los talleres de estos y otros artistas estaban en Mayfair, Londres, a diez kilómetros del colegio de Eeles,  las exhibiciones anuales de la Royal Academy en Somerset House desde 1768 representaban un acontecimiento social y artístico que nadie se perdía, menos los estudiantes de pintura. Eran ocasiones para que hombres políticos como el general Miranda, amigo del joven chileno, establecieran vínculos aprovechables en sus planes. Es absurdo, además, imaginar al inquieto Bernardo paseando siempre solitario por los prados de Richmond, sin salir de su estrecho círculo rural, conociendo los riesgos que quiso asumir desde 1798 en sus excursiones londinenses junto a Miranda.
            El arte pictórico debió serle un reiterado motivo de atracción, buscando impresiones que lo perfeccionaran en su propio quehacer. Sus ojos podrían haber conocido así las miniaturas de los célebres vecinos de Kew, favoritos de la Corte y sociedad de su época. Y también la obra de otros miniaturistas que concurrían a la Royal Academy, como John Smart, retornado desde la India en 1798; Richard Cosway, Thomas Hazlehurst, Samuel Shelley o John Boyle, y maestros como Thomas Lawrence y William Beechey (4). 
            Mientras no apareció la fotografía, la profesión de retratista en Europa fue una alternativa para ganarse la vida que asumieron muchas personas talentosas. Las miniaturas tuvieron gran acogida en la intimidad de los ingleses desde Holbein, Hilliard, los Oliver y Hoskins en los siglos XVI y XVII, disputados por la aristocracia los logros de primor. Los duques de Montagu y Buccleuch reunirían desde inicios del siglo XVIII la colección de miniaturas más espléndida del país, precisamente en la vecindad de Richmond (5). El dibujo técnico, científico y geográfico, asimismo, fue conquistando adeptos en la medida que avanzaron las exploraciones y la industria, insertándose como un ramo fundamental en la formación militar y naval, no sólo en Inglaterra.


Invernadero de Kew

            No han trascendido nombres de los profesores de dibujo y pintura de Bernardo O’Higgins, quien los tuvo diversos entre 1795 y 1798, pero el ambiente cultural en Richmond y su estimulante entorno permiten vislumbrar calidad en la enseñanza que absorbió.
            La inteligencia del joven chileno debió sopesar estas expectativas profesionales, a sabiendas que en sus manos tenía la habilidad necesaria para destacar. Acaso don Ambrosio O’Higgins, marqués y virrey, al insistir en sobrepasar la enseñanza común, buscaba que el hijo dominara una herramienta útil de sobrevivencia cuando él faltara,  temiendo, por la escamoteada oscuridad del nacimiento bastardo, que su ilustre nombre y riqueza no fuesen seguros endosables que lo protegieran.

Progresos en la pintura

           Hasta septiembre de 1798 Bernardo había avanzado en el oficio de la pintura y estaba “tirando retratos”, según escribió a su apoderado Cruz, estudios interrumpidos, sin tener maestro, por un serio disgusto con Spencer y Perkins cuando dejaron de cancelar el colegio de Eeles y demás gastos (6). 
          ¿Quiénes serían esos retratados por él? Sabemos que le hizo al menos una miniatura a su amada Charlotte Eeles, conservada por la madre de ella y regresada a don Bernardo en Lima a través del general Juan O’Brien, en 1823, cuando la muchacha ya había fallecido (7). Los otros modelos pudieron ser perfectamente los restantes miembros de esa familia, sus compañeros de aulas, profesores o capellanes como Barnes y Busby.  Pudo ser Miranda, su preceptor de matemáticas y maestro político. O alguno de esos comerciantes que lo alojaron y auxiliaron en las penurias económicas que conoció en 1799 -a falta de contactos con Nicolás de la Cruz-, los irlandeses Diego Duff y Bernabé Murphy. O los canónigos católicos Flynn y Morini, quienes le dieron acogida en la academia y capilla de York Street Nº 38, barrio de Westminster, a raíz de esas mismas dificultades (8). También, como es frecuente en estudios de taller, acaso contó con modelos anónimos para incursionar en la observación de la fisonomía natural.
           Ha pintado Bernardo varias obras y se las ofrece a su padre, en carta de febrero de 1799, después de manifestarse partidario de ingresar a una academia militar de navegación, tratando de agradar a don Ambrosio con sus avances: “Le haré a V.E. una corta relación del mediano progreso de mis estudios en este país, cual es el inglés, francés, geografía, historia antigua y moderna, etc., música, dibujo, el manejo de las armas, cuyas dos últimas, sin lisonja, las poseo con particularidad, y me sería de gran satisfacción si varias de mis pinturas, particularmente en miniatura, pudieran llegar a manos de V.E., pero las presentes inconveniencias lo impiden” (9).
            La vocación que manifiesta por la carrera naval pareciera sobreponerse a una eventual carrera artística, pero sin duda el dibujo aprendido le sería de gran utilidad en caso de concretar este deseo, esencial para los levantamientos cartográficos y descripción científica del orbe que correspondían a los marinos.
            Por la obra conocida suya posterior debemos deducir que se interesó no sólo en el retrato sino además en la composición de batallas con infantes y caballería, tema europeo muy difundido entonces a través de grabados y exposiciones académicas anuales. Los Rugendas, ancestros del pintor que vivió en Chile, pertenecían exactamente a esta especialidad, elaboradora de sus propios códigos. Las acuarelas de O’Higgins en el museo de La Magdalena, en Lima, tienden a confirmar esta creencia. Después de todo, la pintura de una batalla, si el artista la ha comprendido bien, algo expresa de los estrategas que la condujeron, aspecto que el futuro general patriota no pudo desapercibir, en particular si tuvo a su lado al gran Miranda, mariscal revolucionario que en 1792 había conquistado los Países Bajos y ocupado Amberes.

Cambia el destino

          El joven estudiante, al cabo de vivir difíciles episodios en su último año en Inglaterra, estuvo de vuelta en Chile en 1802, habiendo fallecido su anciano padre y nombrado heredero de la rica hacienda Las Canteras, al borde del río Laja. Tenía veinticuatro años. El destino había torcido su rumbo. No se dedicaría a pintar ni navegar. Se asentó como progresista agricultor. Pero cuando llegó el tiempo de la revolución emancipadora corrió a su llamado y su nombre ascendió a lo más alto de la historia de América hispana.
           Después del tronar victorioso de los cañones y de un gobierno suyo que dejó una impronta fundacional, entre 1817 y 1823, dueño Chile del Pacífico, O’Higgins se retiró a cultivar la hacienda de Montalván, en el Perú. Es cuando volvió a entretenerse ocasionalmente con los pinceles, constando algunas de sus obras, silenciosos intentos por recobrar las enseñanzas de Richmond. A su casa de Lima llegó otra vez a sus manos el retrato que le pintara hacia 1798 a Charlotte Eeles, su romántico amor nunca olvidado, obra que sin embargo no ha sido encontrada.
           Allí, en Lima, cuando se aprestaba a embarcarse otra vez rumbo a su patria, lo sorprendió la muerte el 24 de octubre de 1842.

          A continuación damos cuenta de su brevísimo catálogo conocido, a la espera de  más información desde todo el mundo que pueda engrosarlo, como el ilustre Libertador se merece. 

Notas:

  1. Roberto Arancibia Clavel, Tras la huella de Bernardo Riquelme en Inglaterra 1795-1799. Santiago, 1993.
  2. Mary Graham, Diario de su residencia en Chile (1822). Ed. América, Biblioteca Ayacucho, Madrid.
  3. Daniel Lysons, The Environs of London: volume I: County of Surrey. Londres, 1792.
  4. Daphne Foskett, A Dictionary of British Miniature Painters. Praeger, New York, 1972.
  5. H. A. Kennedy, Early English Portrait Miniatures in the Collection of the Duke of Buccleuch. The Studio, Londres, 1917.
  6. Ernesto de la Cruz, Epistolario de D. Bernardo O’Higgins 1798-1823. Tomo I. Imp. Universitaria, Santiago,1916.
  7. Eugenio Orrego Vicuña, Iconografía de O’Higgins. U. de Chile, Santiago, 1937.
  8. R. Arancibia Clavel, op.cit.
  9. E. de la Cruz, op. cit.
Dibujos y pinturas de O’Higgins