Arte en Chile

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Bernardo O’Higgins

(1778-1842)

Dibujos y pinturas de O’Higgins




Trazado de tinta  sobre papel, 1818. 22 x 15 cms.  Archivo Nacional de Chile.

1. Croquis del Paseo de La Cañada

     Fue dado a conocer por Benjamín Vicuña Mackenna en La Corona del Héroe, Santiago, 1872. Manifiesta una renovada concepción urbana del general O’Higgins, inspirada en las avenidas de Londres y sus visiones de los parques de Richmond y Kew. Mary Graham, que observó los trabajos de relleno y arborización de La Cañada casi terminados en 1822, estimó el paseo como un bonito aporte a la ciudad. La mano ejecutiva de este croquis demuestra pocos titubeos y clara noción de lo buscado. 












 


Acuarela sobre marfil. 1822/1823 circa. 8,3 x 6,4 cms. Museo del Carmen de Maipú, Chile.

2. Autorretrato

Luis Alvarez Urquieta relata que tanto esta miniatura como la siguiente que representa a doña Rosa Rodríguez, media hermana del prócer, fueron obsequiadas personalmente por O’Higgins a su amigo el general don Luis de la Cruz Goyeneche. Las heredaron durante tres generaciones su hija María del Carmen Cruz Prieto de Claro, luego Vicente Claro Cruz y el obispo Miguel Claro Vásquez. Este regaló ambas miniaturas al presbítero José Agustín Morán, quien las hizo publicar por primera vez en el Nº 61 de la Revista Católica, febrero 6 de 1904. En 1937 estaban en el Museo Histórico Nacional, donde permanecieron hasta ser trasladadas a su actual ubicación en el Museo del Carmen de Maipú en la década de 1990 (Ver Eugenio Orrego Vicuña, Iconografía de O’Higgins, 1937, donde se las reproduce nuevamente en b/n).
      La presunta fecha de ejecución, 1822 ó 1823, por consecuencia, arranca de la probable fecha del obsequio de O’Higgins a su amigo Cruz, pues se encontraron en Lima en 1823,  ya exiliado el autor en el Perú.
      El autorretrato muestra al general en elegante uniforme con todos los distintivos de su cargo supremo, inclusive la banda azul celeste de Gran Oficial de la Legión al Mérito y la placa de oro con el escudo correspondiente, según lo decretado en su gobierno en 1817. “Aparece en lo mejor de sus años viriles –sostiene Orrego Vicuña, comentando esta excelente miniatura-, el rostro alargado, las facciones finas, el cabello compuesto; dijérase que se trata de una suerte de idealización pictórica en que el artista tradujo la imagen soñada, aquella que hubiese deseado tener. Es bajo este aspecto especialmente curiosa”.


Acuarela sobre marfil. 1822/1823 circa. 14,3 x 11,8 cms. Museo del Carmen de Maipú, Chile. 

3. Retrato de Rosa Rodríguez Riquelme (Rosa O’Higgins)

      Obsequiada por O’Higgins al general Luis Cruz, junto a la miniatura anterior ya indicada. Ha tenido los mismos propietarios e iguales recintos de exhibición.
      Doña Rosa aparece sentada en un sillón de balanza estilo Regencia, vecina a una cómoda y reloj francés de fanal que recuerdan la descripción que hizo Mary Graham del palacio de gobierno en su visita a O’Higgins en 1822. “Es una mujer de fisonomía interesante –dice Orrego Vicuña hablando de esta miniatura-, de cuerpo proporcionado, tez y manos muy  blancas, que viste de negro, con manteleta de encaje blanco sobre el escote. Lleva collar, largos pendientes y anillos en todos los dedos y sus manos sostienen con larga y fina cadena de oro una miniatura de don Bernardo, que al parecer es la misma que razonablemente se supone ejecutada por él mismo”.
      El perrito faldero lanudo que se sostiene erguido en las rodillas de doña Rosa, muy característico, completa el tono inglés de la miniatura, asociándose el animalito a los acompañantes caninos que abundan en los retratos de Reynolds, Gainsborough, Romney y Raeburn, cuyas telas fueron presumiblemente conocidas por el autor.
      La expresión del rostro, lejos de ser estático, está modulada por una sonrisa cómplice, un guiño picaresco de costado. Hay aquí un rasgo humorístico que habla de la cercanía  entre ambos hermanos.
      La acuarela en la delgada lámina de marfil está depositada con particular dominio y cuidado, al igual que en el autorretrato, confirmando el oficio que llegó a conquistar el autor con sus maestros de Richmond.
           


Acuarela sobre papel. 1823/1824 circa. 19,5 x 24 cms. Museo Histórico de la Magdalena, Lima, Perú.

4. El Numancia recibe bandera del Ejército Libertador
   
 Esta obra de tema militar, junto a la que sigue (Nº5), es parte de una secuencia de dos momentos del batallón realista Numancia en Lima, en 1820, ya rendido frente al general San Martín, comandante en jefe del Ejército Libertador del Perú. Ambas acuarelas han permanecido en el Museo Histórico de la Magdalena desde muy antiguo, sin que se haya podido establecer cuándo ingresaron a su colección. Cabe suponer, sin embargo, que fueron entregadas por Demetrio O’Higgins, hijo del prócer, antes de obsequiarle a Vicuña Mackenna la mayoría de los archivos y objetos de importancia concernientes a su padre en 1860.
      Se le atribuye autoría a don Bernardo por estar su nombre al pie de ambas acuarelas, cuyo tema está además descrito por su puño y letra.
      Las dos piezas fueron traídas temporalmente a Chile desde La Magdalena, en julio de 1994, por el entonces nuevo embajador peruano don Alfonso Rivero, quien las exhibió en la residencia diplomática en Santiago. Al cumplir su misión las devolvió a Lima. Fueron fotografiadas en 1995 a solicitud del almirante chileno Renato Valenzuela Ugarte, quien escribe que la bandera libertadora ante la cual aparecen las fuerzas del Virrey en esta acuarela Nº 4 “corresponde a la enseña de Chile, pero tiene la particularidad de que en el campo azul, en lugar de una estrella, aparecen tres, como queriendo significar la presencia de los países vinculados por el esfuerzo del Ejército Libertador: Argentina, Chile y Perú. La bandera se muestra al lado del general argentino que forma con su Estado Mayor” (Bernardo O’Higgins; el Estado de Chile y el Poder Naval).
        En la ejecución su autor ha desplegado las convenciones propias de este tipo de obras en Europa, con caballos e infantes perfectamente estilizados. El puente de Huaura, a la derecha, así como toda la composición ovalada, recuerdan los escenarios  de los pintores y grabadores ingleses contemporáneos que proclamaron las hazañas de Wellington. El miniaturismo de las figuras se condice con las destrezas que O’Higgins adquirió en Inglaterra. 


Acuarela sobre papel. 1823/1824 circa. 19,5 x 24 cms. Museo Histórico de la Magdalena, Lima, Perú.

5. El Numancia jura a la bandera del Ejército Libertador

 Obra que procede de la misma época que la anterior (Nº 4), representando un segundo momento de la secuencia de rendición del batallón Numancia ya aludida, en diciembre de 1820. La composición resulta aquí más horizontal, respetando en este único sentido la regla de oro. Un tercio del espacio lo ocupan San Martín y su Estado Mayor, y el restante los infantes que se han volcado a las fuerzas patriotas.
      Esta acuarela y su compañera muestran un tema muy caro al corazón de O’Higgins, cual fue la rendición de una fuerza española de elite al Ejército Libertador.


Acuarela sobre papel. 1838, Lima. 14 x 10,5 cms. La miniatura propiamente 8 x 6 cms. Colección privada, Santiago de Chile.

6. Retrato del General Manuel Bulnes
   
 Trabajo que está identificado al pie con la siguiente leyenda de la mano de O’Higgins: “D. Manuel Bulnes, General de Brigada de la República de Chile y en Jefe del Ejército Unido Restaurador del Perú”. Estos datos han servido para ubicar con casi completa exactitud la fecha en que don Bernardo pintó el abocetado retrato. Debió ser entre el 15 de octubre de 1838,  cuando Bulnes fue nombrado general en jefe del Ejército Restaurador por decreto del Presidente peruano Gamarra, y el día de la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839, a raíz de la cual fue proclamado y conocido como mariscal de Ancash. De haber sido pintado después, la leyenda habría hecho referencia al triunfo de Bulnes y a su nuevo grado militar en Perú.  Pero sabemos además que el general chileno se retiró de Lima con su ejército el 10 de noviembre, lo que cortó sus frecuentes reuniones con O’Higgins  en la casa de éste en calle Espaderos.
      Esta obra es lo que los ingleses llaman plumbago, pintura al acuarela sobre dibujo al grafito en papel. Los contornos del lápiz se aprecian perfectamente, rellenos con el sobrio colorido azulino que campea en el conjunto.
      Don Manuel Bulnes, a la sazón de sólo 39 años de edad, aparece en su robusta y sana contextura, de ancho tórax y cuello, con la expresión preocupada que debió marcar sus conversaciones con O’Higgins en esos días de tensa espera en Lima, aguardando los movimientos y el ataque del Protector Santa Cruz. Luce uniforme de general de brigada, cruzándole el pecho la banda azul terminada en esferas doradas, propia de ese rango, según lo dispuesto por el propio don Bernardo cuando reglamentó los atuendos del Ejército chileno.
        Cabe dudar que O’Higgins haya hecho posar al joven general; lo probable es que lo pintara de memoria en ausencia, cotejando el parecido con el general José María de la Cruz, a quien tuvo durante esos días en casa reponiéndose de la fiebre. Más aún, puede que haya sido este último, hijo del amigo de O’Higgins, don Luis de la Cruz (dueño ya de las otras dos miniaturas de su mano, números 2 y 3 en este catálogo), quien le solicitase realizar el retrato.
         Es muy probable que Eugenio Orrego Vicuña se refiriera a esta miniatura del general Bulnes cuando habla de la existencia de una tercera de O’Higgins, aparte del autorretrato y del retrato a doña Rosa Rodríguez, obra aludida por personas que no identifica ( Iconografía de O’Higgins, 1937, pág. 35). En todo caso, al reverso, tiene inscrito el nombre de “A. Bulnes”, confirmando acaso su otrora pertenencia al fallecido historiador chileno Alfonso Bulnes.
         Para Bernardo O’Higgins, devorado por la preocupación de tres pueblos hermanos en lucha, era muy relevante que Bulnes tuviese en Perú la calidad de jefe del “Ejército Unido Restaurador”, fórmula que aclaraba el rol libertador jugado por el ejército chileno en tierra peruana. Su letra, por lo mismo, resalta con precisión y alivio esa calidad, al escribir abajo la identidad del retratado.
        Aunque ejecutada en un papel inadecuado, con caracteres de boceto, esta miniatura presenta los valores de un trabajo de cierta finura en la ejecución de los rasgos faciales del modelo. La presión y el cansancio han cobrado a Bulnes su expresión, captada con precisas aguadas de color, dejando intacto el imperio de una voluntad que planeaba el más grande triunfo militar de las armas chilenas. O’Higgins intuyó su valor y dejó en el papel estampada la fortaleza del ilustre  compatriota retratado.      

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