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¿Qué esperas que sienta, vea o piense
el espectador frente a tus obras?
Lo primero es educar al espectador, porque la verdad es que no
ve nada. Mira y ve rayas para un lado y para el otro, cuadraditos
que no entiende por qué están ahí, se ven tan
inocentes que cualquier niño lo puede hacer. No entran a
detenerse a pensar qué significan esos cuadraditos ahí.
No se preguntan qué pasa si yo los miro más rato y
no paso de largo.
Entonces el primer problema es que el público entienda que
lo que uno está haciendo que es bastante geométrico,
pero a la vez tiene movimiento. Es decir, yo lo llamo no sólo
cinético sino también dinámica del movimiento,
pero -insiste- hay que detenerse y hay que entrar en otra problemática
que es distinta a la que están acostumbrados a ver siempre.
¿Los efectos ópticos son sólo retinianos
o hay una necesidad de ir más allá de la mirada, de
llegar a la conciencia del espectador?
Hay dos posibildades en este campo, el real que es la dinámica
que te da el movimiento en forma lógica y natural; y el virtual,
donde el ojo del espectador tiene que hacer el efuerzo de ver el
movimiento donde no existe. Por eso necesita tiempo
si se
pasa de largo no existe esa posibilidad.
La idea es hacer sentir al espectador que hay otro mundo más
allá de la realidad, de la objetividad, mundos que son del
pensamiento.
Esta es una relación mental con la naturaleza, o sea, entrar
a una sensibilidad mental, a una sensibilidad que se disfruta con
cuerpos enteramente espirituales y ajenos a la realidad.
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