Portaldearte - Calendario Colección - 1994 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1994
HISTORIA DE LA PINTURA CHILENA

Benito Rojo hace de la materia la poética que ordena su pintura. Indaga en las topografías y paisajes nortinos en vistas aéreas que portan experiencias biográficas. La memoria y la suma de ciertas conquistas de las corrientes informalistas y pop sostienen un andamiaje visual donde suelos y montañas son los medios activantes de una pintura que se desplaza entre la ficción y la representación, en un esparcimiento estético de dilucidaciones múltiples.

PATRICIA VARGAS "Figura sedente"

Francisco de la Puente, apegado a las reglas de la pintura, intenta como otros, resguardarlas en una suerte de tradición en lo moderno mediante la representación ilusionista de cosas tan antojadizas que remiten al surrealismo figurativo de los años veinte. Empero, el propósito es otro. Persigue un modo de ilusión ocular de objetos desterrados de la pintura al inicio de las vanguardias, específicamente por el empleo de los collages y materias que sustituyen la presentación pigmentada de las formas. Entraña su pintura la persistencia representativa figurada en instantes que se vindican los espontaneismos cromáticos y gráficos.

Coexisten con los grupos anteriores, tres artistas que laboran con bastante discreción. Son Adolfo Couve (1940), Patricia Vargas (1949) y Jaime León (1951), que encarnan a creadores aplicados en la docencia artística universitaria. Trabajan casi aislados y exponen su sobras con pausas razonables. Couve es un artista visual por vocación, pero que incursiona con éxito en la literatura. Su pintura es un constante develamiento de las formas a través de una mirada sensible que traslada al soporte sus perfiles, generando las sugestiones precisas de una percepción que oscila entre la figuración escondida y la expansión de la mancha cromática. En el caso de Patricia Vargas, se reconoce un afán sostenido por reiterar la figura y cuerpos femeninos, que comparecen violentos y

agresivos en diversos escenarios, por tanto erotismos adormecidos. Últimamente emplea esa misma morfología en volumen, fijando un hito en su desarrollo al transferir imágenes desde la pintura a la escultura sin incoherencias o desarmonías. Jaime León, por otra parte, continúa la indagación constante de procesos técnicos mixtos y se aplica en morfologías que jamás desdeñan las conquistas del oficio. Un trabajo serio, atildado y de meditación se asienta en la confección de cabezas, rostros y anatomías. Muchos de los escorzos, revelan una operación sistemática de análisis y presentación de formas.

JAIME LEON "Sin título"

BENJAMIN LIRA "Cabeza en fuego"
Algunos vínculos estéticos con la generación anterior presentan José Esteban Basso (1947) y José Ignacio León (1948). Basso confiere un soporte teórico a su trabajo. Aboga por una pintura de fragmentos y residuos formales de suficiente autonomía, como signos gráficos o cromáticos. Al desrealizar lo aprehendido remarca los valores del dibujo y del color, ejes de su estrategia. José Ignacio León despliega un hacer curioso. Comparte la experiencia creativa con diversos pintores generando imágenes colectivas. También desarrolla programas que integran a grupos familiares en la experiencia estética. Con Bororo confecciona 48 módulos que resumen conversaciones sobre arte. Recorre lugares del país, reside en el Cuzco y vierte en sus pinturas las impresiones visuales retenidas en los procesos de contemplación. Recién concluye una estancia de seis meses en la isla de Pascua, período en el que desarrolla una pintura vital informada por el expresionismo que registra las incidencias oculares del medio geográfico.
 
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