Portaldearte - Calendario Colección - 1993 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1993
EL PAISAJE EN LA PINTURA CHILENA


Paisaje con templo místico

Conviene explicar que esas escenas murales sacian al ciudadano de los quehaceres cotidianos. Vinculadas con la naturaleza satisfacen, en un imaginario bucólico, una falencia espiritual.

Instantes de esplendor tiene la pintura de paisajes en el Renacimiento. El pintor MASACCIO (1401-1428) asume la renovación de la pintura. Su ideario comienza en una nueva articulación de la iconología, a la que concede un sentido de realidad a partir de la simplificación de los relatos visuales y de la concentración en las expresiones de los rostros de sus figuras. Por sobre otras consideraciones, enfatiza el valor moral e histórico de sus personajes, que se alojan en espacios cuya línea de horizonte es baja para que los espectadores de la imaginería se involucren en las descripciones. Masaccio olvida el estilo gótico y se opone a su tendencia ornamental y decorativa.
Se decide por la observación rigurosa de las normas de la perspectiva lineal y genera una especialidad de características tridimensionales. Vanos y llenos se acusan con nitidez, y organiza los planos en secuencias armoniosas que no confunden. En sus composiciones, la luz parte de un punto tal que revela salientes, proyecta sombras y exalta la corporeidad de las formas.

La pintura después de Masaccio, se enriquece, la luz, el dibujo de la perspectiva, el claroscuro y definiciones de anatomías lo convierten en

un hito de la historia de la pintura o lugar de peregrinación nutriente de numerosos pintores. A pesar del contenido religioso de sus trabajos, en buena parte de ellos se aprecia el valor conferido a la naturaleza y al entorno. El paisaje no es una escenografía o fondo anodino, sino que se troca en variable constructiva de las imágenes que promueve.

En otras palabras, Masaccio pone de manifiesto un sentido inédito de la realidad, que engloba y asume la percepción del hombre y de la naturaleza.

Este pintor, precursor de la forma rotunda y de la composición racional, es el mejor representante de una tendencia intelectual en la concepción de la pintura. Cuatro siglos después, PAUL CÉZANNE (1839-1906) emprende otra reforma de envergadura, que enmarca a la pintura occidental entre ambas posturas.

Seis décadas después de Masaccio, otro artista genial, de existencia breve y misteriosa, altera el caminar de la pintura. Es GIORGIONE (1477-1510), joven veneciano que sin temor expresa sus emociones ante la naturaleza. Privilegia el color por sobre el dibujo y, siguiendo de cerca la lección de LEONARDO DA VINCI (1452-1519), perfecciona las conquistas cromáticas de la escuela veneciana. En su postura -paso a la modernidad- convergen en superposición temas sagrados y profanos, retratos y alegorías, pinturas de historias y de realidades mismas. Pero, sobre todo, está el énfasis manifiesto por destacar a la naturaleza y el paisaje.

Para los pintores anteriores, la figura humana es la clave que mide y ordena el mundo. En él, la preferencia es la naturaleza, que acoge y aloja al hombre. Tras el veneciano, la divisa tradicional de pintura de figuras con paisajes se muta en pintura de paisajes con figuras.

El paisaje que transmite su belleza en exacta medida a las miradas y arrobos humanos marca, en el tiempo, la unión y simbiosis del hombre con la naturaleza. Ambos se invocan de modo recíproco y justifican diversas glosas. El período de la ilustración, en el llamado “Siglo de las luces, no queda exento de esas divagaciones. Caso peculiar es DENIS DIDEROT (1713-1784), único pensador de la centuria que profesa que el universo es eterno y está en perpetuo movimiento. El hombre, ser racional y social, es una parte de la naturaleza y, por tanto, sujeto a su determinismo, aunque es capaz, en virtud del trabajo y de la razón, de dominarla y construir su personal historia. Sus conjeturas sobre estética se consideran cuna indiscutida de la crítica de arte, connotando su producción tantas sugestiones que obliga a reconocerla como una de las anticipaciones más válidas legadas por el Siglo XVIII. En sus textos analiza casi todos los temas de la cultura de su tiempo e inclaudicable es su batalla por la renovación del gusto. Otorga a las ciencias de la naturaleza un lugar privilegiado en sus observaciones y concluye que la naturaleza no es Dios, ni el hombre una máquina. Algunos preceptos enunciados por él confirman la profundidad de la mirada a la naturaleza que postula. Afirma, por ejemplo, que toda composición digna de elogio está en todo y en todas partes de acuerdo con la naturaleza, distanciándose del arte precedente de raíz clásica y morfología académica. En otras digresiones, su acierto es mayor. De muchas frases reveladoras, dos son atinentes al tema: “Toda obra de pintura o de escultura debe ser la expresión de una gran máxima, una lección para el espectador, sin la cual es muda”. La siguiente es rotunda: “Sea cual sea el rincón de la naturaleza que usted contemple, salvaje o cultivado, pobre o rico, desierto o poblado, siempre encontrará en él dos cualidades encantadoras: la verdad y la armonía. Dicho en otra palabras, Diderot no persigue la simple imitación, sino por el contrario, una ilusión recreada de la naturaleza, lo suficientemente veraz para ser aceptada aun cuando se trate de una ficción.

 
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