Portaldearte - Calendario Colección - 1993 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1993
EL PAISAJE EN LA PINTURA CHILENA

SOBRE EL PAISAJE Y LA PINTURA

Una acepción primaria y a la vez sencilla del vocablo paisaje, señala que éste es una porción de terreno contemplada por un espectador cuya mirada es informada por el arte o la estética.

Para la geografía, en cambio, el paisaje es la combinación, en un territorio, de elementos físicos, biológicos y humanos que constituyen una unidad orgánica al estar estrechamente ligados. Por consiguiente, el paisaje geográfico es el resultado de una acción humana tras intervenir el medio natural con la tala o planta de especies, rotura y movimiento de tierra, y en el que se vierten residuos urbanos o industriales afectando la atmósfera, aguas y suelos.

La moderna geografía establece hoy varias denominaciones para el entorno. Distingue el paisaje fluvial, lacustre, agrícola, industrial y urbano.

Desde la antigüedad, el paisaje y el entorno han sido motivo de preocupaciones. Figura singular es el geógrafo ESTRABON (63.AC – 20 D.C.), que une en sus tratados los constituyentes físicos y humanos del medio. Certeras y premonitorias son algunas de sus frases cuando expresa que la geografía debe ser más que otra ciencia del dominio filosófico o la geografía responde sobre todo a las necesidades de la vida política y ejerce una influencia directa sobre los actos de los jefes de Estado, pues éstos cumplirán mejor su cometido si conocen la extensión, la situación exacta de su país, variedades de clima, producciones de suelo.

Más tarde, con los grandes descubrimientos geográficos y la expansión de Europa a otros continentes, el auge de las ciencias naturales prima en los estudios descriptivos de la realidad física de los territorios descubiertos.

Es en los comienzos del siglo XIX, cuando ALEXANDER VON HUMBOLDT (1769-1859) define el paisaje en un sentido absolutamente natural. El fundador de la geografía climatológica y de la física marítima aborda en sus escritos temas tan disímiles como el origen racial, la estructura de las lenguas y las emigraciones. Veinte años le toma la redacción de su trabajo sobre América, titulado “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, realizado en 1799-1804”. Su influencia sobre la representación artística de América es palpable. Su personal ejemplo de dibujante abre las puertas para una remozada documentación gráfica del continente.

Sugiere el acto de pintar en el mismo paisaje tropical, concibiendo la naturaleza como un todo: múltiple en la unidad de la vida. Así, los fenómenos de la naturaleza deben ser anotados por la pintura para acentuar los rasgos singulares de un paisaje. Una observación es elocuente: “las siluetas de las montañas definen-como la forma, el tamaño y la agrupación de las plantas, como los animales que pasan, como el color del cielo y la intensidad de la luz reflejada el carácter de un paisaje, la impresión general que obtenemos en cualquier región terrestre.

Importa señalar en él su espíritu de investigación y la depurada exaltación que hace de la naturaleza.

Años después, KARL RITTER (1779-1859) descubre la ligazón entre la actividad del hombre y el medio natural, sentando las bases de la geografía comparada o humana. De sus investigaciones destacan dos publicaciones, “De la geografía en su relación con la naturaleza” e “Historia de los pueblos de Europa antes de Herodoto”. Sus indagaciones establecen la relación entre tierra y seres que la habitan y es destacable la elevación de esa área del conocimiento a la categoría de ciencia.

A fines del Siglo XIX, cuando WILLIAM MORRIS DAVIS (1850-1934) define los paisajes morfológicos a partir de sus procesos de formación, los estudiosos utilizan los conceptos de paisaje natural y paisaje humano para referirse al paraje geográfico global y la ciudad.


Tebas, Tumba de Menna

La pintura del entorno está inscrita en la historia del arte y los modos de presentarlo varían en las épocas acorde con las concepciones y creencias en boga sobre hombre y universo. Sin embargo, esa visualidad lleva de manera unívoca la incontenible necesidad humana por asediar y descifrar el ambiente en que se vive y se es.

En la civilización egipcia, por ejemplo, las nociones relativas a la vida en un más allá inspiran una representación del paisaje. Limitado a la reproducción de elementos aislados, escenas de caza acuática y pesca, confirma la preocupación pro consignar imágenes fluviales o cacerías en el desierto, donde figura una topografía montañosa y pedregosa apta para gacelas, antílopes y liebres. La importancia del Nilo en la vida faraónica se precisa en imágenes de navegación y las faenas agrícolas detallan especies de la flora, como palmeras sicómoros y tamariscos.

La conquista de la autonomía del paisaje como género de la pintura, es un lento peregrinar. De su condición inicial de referente geográfico, en un largo momento de la historia cumple la función de ambiente escenográfico hasta consolidarse en motivo autosuficiente.

En Occidente, son los romanos, en el Siglo I antes de Cristo, quienes se esmeran en presentar el paisaje de modo definido. En los muros de las casas de Pompeya, conservadas tras la erupción del Vesubio, se remedan vistas de campiñas en perspectivas de arquitectura, resueltas por un proceso iconográfico ilusionista. Esos paisajes son interpretados hoy como lugares fantásticos y misteriosos, asociados con ritos de sacralidad. Ninguna relación tienen con la posibilidad de recreaciones de parajes determinados. Se sabe que la pintura romana es una derivación del arte griego, pero sus artistas instituyen un sistema de relaciones formales congruente con la experiencia visual empírica, sobre la base de las percepciones y apariencias que suscitan los objetos en la retina de los pintores.

 
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