Portaldearte - Calendario Colección - 1991 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1991
... UN HOMENAJE AL ARTE DE SAMUEL ROMAN

El padre, de mostachos abundantes teñidos de nicotina, escuchó los elogios al pequeño dibujante por varios conductos. Decidió mandarlo a Santiago para que se matriculara en la Escuela de Bellas Artes. Tímidamente se acercó al imponente edificio del Parque Forestal, en 1924, donde advirtieron que “venía del campo”, por su aspecto humilde y los dibujos convencionales que mostró. Se deslumbró con la capital desde su llegada al Museo y los monumentos que contempló, que le produjeron una “verdadera borrachera”, según expreso en una entrevista periodística, cuando rememoró sus años iniciales. En ese mismo momento ancló para siempre en ésta que sería su residencia definitiva.

Ingresó a los cursos de Virginio Arias y Carlos Lagarrigue, que le dieron una excelente formación profesional, en una intención académica, por eso no causa asombro cuando gana una Tercera Medalla en el Salón Oficial de 1927. Su carrera artística siguió en línea ascendente, siempre aprovechando los volúmenes ásperos de tinte costumbrista, pero incorporando la simplicidad formal de los grandes maestros europeos. Lo criollo, que moldeó a la nación, unido a la tradición occidental, nunca dejarán de reflejarse en su obras, de la misma manera que se imponen de la conducción política y marcos educacionales del país. El más rústico plato de terracota o el granito monumental, están imbuidos del mismo espíritu solemne, trascendente, que tiene toda su producción.

En los años finales de la década del veinte, cuando nos tomó una recesión económica muy dura, llega el amor en la persona de Catalina Latorre, a la que se unirá con lazo entrañable. Se la presentó Luis Cerda Barrios (“el poeta barata”), amigo de pintores y bohemios, personaje típico de la fauna capitalina. En un acto de romanticismo único, rápidamente decidió casarse con Catita, después de pedir la mano de la novia en Putaendo, de donde era originaria la musa de sus mejores realizaciones. El 1° de marzo de 1930 se llevó a efecto la ceremonia nupcial de Catalina y Samuel, en la parroquia del pueblo, con la participación de los lugareños, pues el joven escultor había inaugurado unos días antes un monumento a Prat, que comprometió a todas las autoridades.

Los primeros meses de su matrimonio los pasó en una modesta vivienda de calle Loreto, pero que el escultor recordaba con especial afecto. Este suceso fausto está precedido por su nombramiento de ayudante de la cátedra de cerámica, en la Escuela de Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, en septiembre de 1928. El taller lo dirigía el austríaco Carlos Hassman, conocedor profundo de las artes del fuego, que intentó encausar los alumnos hacia soluciones de la alfarería popular, de acuerdo a la tradición nuestra. A los pocos años, nuestro escultor quedará como profesor titular de este curso, cargo que mantendrá por toda su carrera universitaria, hasta jubilar en 1967, después de casi cuarenta años de labor docente.

La pintoresca personalidad de Román, explosiva y luchadora, está marcada por tremendas batallas gremiales, desde la Federación de Artistas Plásticos, para dignificar

 
al creador artístico. Su carrera profesional, eso sí, no se detiene y está coronada de triunfos en el Salón Oficial y el Salón Libre (Valparaíso). El escritor Antonio Acevedo Hernández se expresa con palabras laudatorias con motivo de su participación en el Puerto: “El valor que representa este joven artista que acaba de traspasar los veinte años y que ya tiene realizada una labor asombrosa” (“El Mercurio” de Valparaíso. 27 de agosto de 1931).

La tenacidad para doblegar el material que llega a sus manos es ejemplar, de enorme destreza manual. Modela la greda con la misma capacidad que se enfrenta a la colosal piedra de nuestra cordillera; la maleabilidad parea tratar el bronce también deslumbra en el mármol. Ningún material que nace de la naturaleza le es hostil; sin embargo, jamás intentó en el plástico y los aportes tecnológicos de la sociedad industrial. Trata el barro con soltura innata; no obstante, se inclina por la síntesis y el respeto por el bloque cerrado, de allí que expresara con pasión sus preferencias: “admiro a los escultores de la Grecia clásica, sus esculturas son estáticas, pero detienen el momento en el instante justo”.

Los hijos comienzan a poblar el hogar de esta familia tan unida, y nacen: Héctor, Reinadla, Catalina, Carmen, Alba Sofía, Eleonora y Ricardo. Cada hijo es un nuevo desafío, un motivo para redoblar los esfuerzos en sus parimientos escultóricos, que se aprecian con claridad en una vieja fotografía, fechada en 1935. Más de una docena de desnudos, bocetos, altorrelieves y retratos, dan cuenta de la gran variedad de su registro volumétrico, a la vez que el vehículo para expresarse es también distinto, en función de sus búsquedas incansables y su inquietud que no sabe de claudicaciones. Antes de cumplir los treinta años está definida su línea de compromiso con el nuevo continente y el vuelo universal.

En 1935 se lo consagra con el Primer Premio en Escultura, en el Salón Oficial, sobresaliendo por las formas desafiantes y ciclópeas, dentro de los efluvios enigmáticos de la tierra. Tal vez lo ayudó a esta comunicación ancestral, su permanente contacto con la cerámica de pequeño formato, estudiando las deliciosas figuras de las loceras de las poblaciones rurales, que vienen decantando las formas de sus cacharros, los objetos utilitarios y los motivos sencillos de la vida campesina, sin adulteración alguna por los internacionalismos que restan autenticidad a su trabajo. La experiencia recogida en las fuentes mismas de la alfarería popular nunca se apartará de sus platos y relieves con escenas folclóricas.

En la amplia sala Chile, del Museo de Bellas Artes, tiene ocasión de montar una exposición conjunta con Israel Roa, que consagró a dos muchachos que se imponían en el medio. A propósito de esta muestra, que se presentó en diciembre de 1935, la “Revista de Arte” dijo: “La plástica de Román se inspira directamente en el arte popular, generosa raigambre que él exalta con rebusca inquieta e impulsos de dignificación monumental. Sus bajorrelieves en hierro cincelado “La cueca” y “La vendimia”, son un hermoso ejemplo de la amplitud de composición con que Román trata los motivos nacionales y su completa experiencia de artífice” (Carlos Humeres. Enero de 1936).

 
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