Portaldearte - Calendario Colección - 1991 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1991
... UN HOMENAJE AL ARTE DE SAMUEL ROMAN

El gran estatuario chileno, el que mejor recuerdan los paseantes de las calles de Santiago, La Serena y Concepción, es Samuel Román Rojas, que dedicó más de sesenta años de su vida al duro oficio de desbastar la piedra y modelar la greda. Sus monumentos, que pertenecen a la ciudad, pues se integran a los edificios, los árboles y el espacio público, comulgan en una simbiosis tan noble como original. Las fuentes de la avenida Matta, el monumento a Balmaceda en la entrada de Providencia o el enorme bronce dedicado al educador Enrique Molina, en Concepción, son inconfundibles para el gozador estético, por las enérgicas soluciones y la vibrante comunicación escultórica que provocan.

Nuestro artista fue un infatigable batallador, un permanente discutidor de temas artísticos, ya que necesitaba imponerse con las formas arcaicas a los gustos conservadores, al público común que disparaba en la crítica callejera. Hemos declarado en otra oportunidad que la escultura es el arte de la ciudad, el más cercano al pueblo, porque se encuentra a su paso en las plazas y los sitios públicos, en su calidad de exaltador de los héroes y los hombres notables. En sus estatuas-símbolos, Román está en constante rebeldía contra el medio, porque no hacía concesiones e imponía sus atrevidas soluciones, en un momento de muchos prejuicios respecto del monumento ciudadano, que se encuentra en la calle.
La obra de Román se debe enmarcar en lo que se ha denominado “formas específicamente americanas del modernismo”, por cuanto su fuerza nativa, los elementos que extrae del arte popular, se enlazan con las conquistas de la vanguardia escultórica. Lo nacional y lo cosmopolita, están ligados de manera entrañable en su quehacer, cargado de efluvios secretos y volúmenes épicos del arte que encontramos en los grandes museos occidentales. Desafiando a los tradicionalistas, inició una fuerte corriente de renovación, que recibe los ecos de la tierra virgen, de la raíz precolombina, pero se siente asimismo, estimulado a trabajar con los moldes de la vieja Europa, que le transmitieron desde la juventud.

Samuel Román Rojas nació en Rancagua, el 8 de diciembre de 1907, el día de la Purísima Concepción, que también vio nacer a su maestro Virginio Arias, más de medio siglo antes. Dos colosos del monumento en la urbe, que celebran sus cumpleaños en un momento de euforia religiosa y recogimiento místico. El descendiente mayor de Fidela Rojas Rubio y Samuel Román Fuentes, le gustaba decir que era “hijo de padre y madre”, y recalcaba sus dos apellidos, ya que sabemos que las familias campesinas eran reacias a contraer el vínculo en esos ya distantes años de comienzos de siglo, cuando los provincianos vivían en forma muy modesta.

 
Sus padres tenían un modesto negocio de menestras, en Rancagua, donde doña Fidela amasaba el pan, que el esmirriado niño salía a vender a los mineros del cobre. El se ha encargado de aclarar esta situación: “Salí a la calle no camino de la escuela, sino que con un enorme canasto cargado de humeantes tortillas. Era el mayor de todos los hermanos y tenía que ayudar a mi madre,
ser admirable, crucificado por el tormento del matrimonio, donde toda felicidad y todo descanso le fue negado, salvo el acariciar nuestras ariscas cabelleras en las largas vigilias de la noche”. Esta triste circunstancia, sin duda, marcará su destino.

A pesar de grandes dificultades económicas, hay momentos de regocijo y expansión. Su padre tiene un respiro monetario y se esfuerza porque el primogénito tenga una mejor educación y algunas armas para luchar en la vida. Lo matricula en el colegio de Los Hermanos Maristas, de Rancagua, donde alcanza hasta el Segundo Año de Humanidades, no sin esfuerzo de adaptación. Ha confesado al respecto: “Había que portarse bien, y a mí me gustaba portarme mal. Me iba por ahí, que quedaba solo. Hay una soledad que a mí me gusta, la de los seres que pueblan la naturaleza”. Las vivencias de esos momentos rondarán para siempre su arte, hecho de recuerdos y reminiscencias.

Al contemplar las rocas horadadas, los extraños vericuetos de las piezas de la última etapa, comprobamos que allí están las observaciones a los ríos, el delicioso arabesco que las aguas dibujan en las piedras, que el niño Samuel acariciaba en las tardes de cimarra. El trabajo de la naturaleza, la mirada de un joven que descubre asombrado unas formas de rara belleza, están en estas maravillosas esculturas abstractas de la ancianidad, pero que nunca dejan de tener referencias del natural. Jamás desaparece de su obra la realidad que lo circunda, a pesar de su vínculo con las soluciones inventadas. El sentido lúdico que apreciamos en estos granitos, de estremecedora vitalidad, no se aparta de la figuración que persistirá en toda realización salida de sus manos.

Sus primeras aproximaciones con el trabajo manual y el tallado, las tiene en la contemplación de los estribos que elaboraba su tío Pedro Rojas, experto en los arabescos de estos aperos del huaso. Pronto descubrió la greda roja de los cerros cercanos a su casa, con la que modeló su “primer mono”, una cabeza del prócer Bernardo O’Higgins. Apenas se empinaba sobre los diez años. Serán determinantes, sin embargo, sus conversaciones con un vagabundo solitario que pintaba letras, que le llena la cabeza de aventuras y sueños, de la gloria que se puede obtener con el arte. El escultor ha recordado con emoción este hecho, tan determinante en su adolescencia y que le abrió una ventana de luminosos augurios.

Nos acercábamos al Centenario de la Independencia, cuando Samuel cae en un sopor extraño y se le declara muerto. Se hace el “velorio del angelito”, con mujeres devotas y campesinos respetuosos de cabeza descubierta, que se arrodillan de acuerdo a la mitología de la época. En medio de la fanfarria popular y los lastimeros sollozos, abre los ojos el pequeño que siempre se impondrá sobre la adversidad. ¡Había resucitado el angelito de los ojos avizores! Es el primer suceso insólito que resulta conmovedor en su hoja biográfica. En medio de las flores y los cantos, retorna a la vida este niño que jamás se doblegará ante las inmensas empresas que asumirá en el futuro, con un vigor que dejará perplejo a todos.
   

 

 

 

 
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