Portaldearte - Calendario Colección - 1990 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1990
PINTORES JOVENES

En el arte contemporáneo ha apelado a los más variados recursos plásticos para dejar constancia del mundo que vivimos, jubilosamente aplaudido por la informática. Hemos apreciado la hipnosis producto del goce visual que se puede obtener por medio del cine, el video, las instalaciones y el arte conceptual. Estas manifestaciones experimentales, que se vienen practicando desde hace más de dos décadas por los jóvenes artistas del mundo, se han terminado por imponer en Norteamérica y Europa, con apasionado fervor. Los nuevos museos y centros culturales han adaptado sus instalaciones para presentar estas realizaciones monumentales de la nueva visualidad.

En nuestro Museo de Bellas Artes tuvimos oportunidad -hace un par de años- de observar en toda su potencialidad a Robert Rauschemberg, el más representativo artista del “Arte pop”, genuina expresión de los Estados Unidos. Apareció ante nuestros ojos la feérica iluminación de la urbe moderna, los carteles que invaden las calles, la fotografía monumental y la televisión, en fin, todas las atracciones visuales de la vida ciudadana, interpretadas en piezas artísticas que embelesan a las multitudes. El público nacional se desconcertó, pero tomó conciencia de las enormes posibilidades plásticas de este innovador, una verdadera caja de sorpresas en cada obra, ya fuera bidemensional o en volumen.
La confusión y la curiosidad se observó en los rostros de los visitantes a esta exposición señera. ¿Cómo comprender un lienzo de ocho metros, invadido por signos y colores inventados?. Se trata de una manera distinta de enfocar la obra de arte, pues no se puede ubicar en una casa y está destinada exclusivamente para el museo y el lugar público. Está aventura artística implica un distinto rol del espectador y no puede adquirirse como un paisaje para el comedor de la casa. Cumple su objetivo, constituyéndose en acicate para la discusión elevada y crear polémica, y funciona con el apoyo de museos, fundaciones e instituciones que defienden la experimentación, como sucede en los Estados Unidos, protectores de lo nuevo.

Otra proposición singular ocurrió en París, cuando el artista búlgaro Cristo empaquetó, en 47.000 yardas de género, el Puente Nuevo, para “ser una escultura, temporalmente, al menos”. Al envolver monumentos antiguos, plazas y puentes, consiguió que la gente pusiera su atención sobre lugares de la metrópoli que ya le eran indiferentes de tanto verlos en su paseo cotidiano. Para este innovador, la calle es una posibilidad de ofrecer arte en gran escala. No hay limitaciones para expresarse. Rompe abruptamente con el santuario del museo tradicional, en un acto social atípico, y recluta adeptos en los lugares públicos.

Esta variedad de experiencias de las artes visuales, con su carga iconoclasta, ha llevado a una reacción insólita: el retorno del realismo declarado. La terminante y

lapidaria frase “la pintura ha muerto”, revitalizó las formas representativas más textuales a la naturaleza.

Pero, por cierto, no podemos evitar que nos arremetan en las avenidas con espectaculares fotografías murales, la minuciosidad con que la pantalla de cine recoge detalles, el bombardeo constante de la televisión y la sorpresa que nos produce el museo de cera. Todo ello crea un nuevo estímulo en la retina del observador. Como una consecuencia de lo expuesto, surgieron con vitalidad, en Alemania especialmente, las corrientes hiperrealistas, aprovechando la fotografía.

La otra opción que ha conmovido a la juventud de los ochenta es la pintura vehemente de la improvisación con el trazo, los impulsivos gestos con el color puro y la energía desbordante de las formas contrahechas. Lo que Sábato explica en los siguientes términos: “Todas (las escuelas modernas) son valiosas y a veces contradictorias, pero presenta un denominador común; éste es precisamente el rechazo de toda cultura racionalista y técnica, esa cultura llamada de los “tiempos modernos”. El verdadero espíritu revolucionario, a mi juicio, es lo que en líneas generales responden a una exaltación del yo, ese yo que se revela contra la masificación que han traído la ciencia y la técnica. Es una rebelión a veces salvaje y convulsiva, hasta destructora, pero en el fondo sana, contra una civilización que termina y que debe ser salvada por rescate del hombre concreto, por el hombre que se caracteriza por su subjetividad, su vida interior”.

En un estudio reciente sobre las bellas artes nacionales hemos destacado la rectoría espiritual de Pablo Burchard, profesor de pintura por más de cuarenta años en la Universidad de Chile y figura determinante en una generación. A su lado, se yergue la personalidad de Camilo Mori, inolvidable defensor de la renovación, que cimentó el arte moderno en Chile. Son los dos maestros que fundamentalmente inciden en los nuevos postulados plásticos, después de una larga academia realista. La influencia de Matta y el atrevido mundo de las galaxias, junto a las sugerencias soñadas de Carreño, la emotividad de los recuerdos de Antúnez y el fragor combativo de Balmes, determinarán la posición pictórica de las nuevas generaciones.

El quehacer de los pintores menores de cuarenta años se mueve en los polos más opuestos, propio de un momento que se distingue por una tolerancia marcada. El carácter exploratorio que define a la pintura de los ochenta ha cogido a los jóvenes, pero no han olvidado la exactitud del fotorrealismo, una versión renovada de la objetividad más rotunda. El legado de la pintura chilena, los esfuerzos que han venido realizando nuestros maestros desde hace más de medio siglo, subyacen en las formulaciones de los renovados valores de hoy día. Se cuelan por canales secretos los hallazgos del pasado, en una decidida

lucha por los cambios.

El arte de nuestros días tiene antecedentes en el “Grupo Montparnasse”, el que irrumpió con valentía en 1923, desafiando convenciones, para imponerse después en la “generación del 28”, que culminó con una reforma de la enseñanza artística, cuando nació la Facultad de Bellas Artes. La etapa que cubre dos decenios, hasta llegar a 1950, es brillante en la pintura de Chile, pues se creó el Premio Nacional de Arte, se fundó la revista “Pro Arte”, se modernizaron los Salones Oficiales y se incrementaron los intercambios de exposiciones con Europa. Es el momento de gloria de la “generación del 40”, liderada por Sergio Montecino, Vergara Grez y Matilde Pérez, profesores que impulsaron planes actualizados.

Desde 1949, fecha de nacimiento del mayor de la docena de pintores elegidos en esta oportunidad, la creación artística se nutre en variadas fuentes. Todas son valiosas y tajantes. No debemos olvidar, por supuesto, el valor de la electrónica, que se da la mano con los desechos de la sociedad del plástico; las conquistas científicas, que se confunden con la rebeldía juvenil; la pesadumbre, al lado de la euforia exagerada. En las confrontaciones estilísticas encontramos las líneas para identificar la pintura de los 80, que inventa unas imágenes con la fuerza de la carga vital, más allá de las definiciones de escuelas. Queremos señalar, eso sí, que la mayoría de los jóvenes se decide por encontrar su propio mensaje en la vieja aventura, que se viene repitiendo por siglos, frente a la tela en blanco.

La gestión artística del poeta Luis Oyarzún Peña, decano de la Facultad de Bellas Artes (1954-1963), fue determinante para estimular la búsqueda en rutas contemporáneas. Los envíos de Chile a las Bienales Internacionales, los cursos de extensión, las exposiciones montadas con mentalidad profesional y el auge de la experimentación “informalista”, se deben a su empeño, a su entrega total a la causa cultural. Recordemos que el Gran Premio que ganó Marta Colvin, en la Bienal de Sao Paulo 1965, contó con su vibrante defensa desde la mesa del jurado, presidido por personalidades europeas de dimensión internacional.

Hace treinta años, en forma recatada, abrió sus puertas la Escuela de Arte de la Universidad Católica, permitiendo la sana competencia con la casa de estudios de Bello. Han sido importantes sus aportes en las exposiciones itinerantes, las actividades de extensión y los convenios con la Universidad de París. Sus altos niveles de enseñanza han servido, también, para conseguir objetivos plásticos y metas comprometidas con la exploración artística superior. Los egresados más distinguidos han demostrado su compromiso con el arte entendido como una aventura, sin dejar de aprovechar el oficio exigente a que los obligó la enseñanza universitaria. Hay perfecta unión entre forma y mensaje artísticos.

 
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