Portaldearte - Calendario Colección - 1989 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1989
PREMIOS NACIONALES DEARTE

En el germen del arte chileno republicano está presente el deseo de retratar la sociedad de la época, primero con vacilantes pasos pictóricos en nuestros precursores hasta alcanzar la madurez en los grandes maestros encabezados por Pedro Lira. El esfuerzo de nuestros artistas siempre contó con el apoyo de las autoridades, por eso, en la biografía de José Miguel Blanco (1839-1897), el insigne escultor e intelectual, se consigna que obtuvo la pensión en Europa, en marzo de 1867, gracias al decreto presidencial que le concedía pasaje de ida y regreso junto a $50 mensuales para mantención. De su conocimiento de galerías y monumentos artísticos en Italia y Francia, nació la idea de fundar en Chile un Museo de Bellas Artes, que recién se concretó en 1880.

Nuestro país ha sido, pues, pionero en América del Sur al dignificar a los valores más distinguidos de las artes plásticas, con recompensas consagratorias. En el lejano 1847 durante el gobierno de Manuel Bulnes, se premió con Medalla de Oro al pintor Francisco Javier Mandiola, en la primera exposición nacional de que se tenga memoria. Cuando se inauguró el Mercado Central, en 1872, le ambiente cultural se conmovió con la presentación de la inolvidable exposición de Artes e Industrias, que le dio fama a Manuel Antonio Caro con su legendaria “Zamacueca”, el cuadro que obtuvo el Primer Premio en el más completo certamen montado hasta esa fecha. De esa iniciativa surgieron los Salones Oficiales, creados por el empuje de Pedro Lira, en 1884, que se mantuvieron inalterables por casi un siglo.

El deseo de estimular en forma efectiva la creación artística de nuestros literatos, músicos, actores, escultores y pintores, se cumplió bajo la presidencia de don Pedro Aguirre Cerda, en 1940, al nombrar una comisión para llevar a cabo la iniciativa de crear el Premio Nacional de Arte, como retribución a una vida dedicada al arte. Los parlamentarios Ezequiel González Madariaga, Astolfo Tapia, Heliodoro Domínguez, Armando Rodríguez y Julio Barrenechea, contribuyeron eficazmente a su afinamiento en el Congreso, para ser firmada por el Presidente Juan Antonio Ríos, el 9 de noviembre de 1942, bajo el número 7368. Entre las disposiciones, más importantes de esta ley se establecía un jurado presidido por el Rector de la Universidad de Chile.

Deseamos en esta ocasión dar a la luz pública después de casi medio siglo, los acápites más relevantes de la ley N° 7368, que expresa “Créase el Premio Nacional de Literatura y el Premio Nacional de Arte de cien mil pesos ($100.000) cada uno”.

El Premio Nacional de Arte se otorgará cada año en forma indivisible al pintor, escultor, músico, actor, artista chileno, cuya obra y obras sean acreedoras de esta distinción.

Un jurado compuesto por el Rector de la Universidad de Chile, un representante elegido por la Facultad de Bellas Artes, un representante designado por el Ministerio de Educación y dos representantes de las organizaciones gremiales de artistas procederá a dar a conocer el Premio Nacional de Arte.

El Presidente de la República determinará en el Reglamento que deberá dictar para la aplicación de la presente Ley, la forma de elección de los representantes gremiales.

La presente ley regirá desde la fecha de su publicación en el Diario Oficial. Y por cuanto he tenido a bien aprobarlo y sancionarlo; por tanto promúlguese y llévese a efecto como Ley de la República.

Santiago, nueve de noviembre de mil novecientos cuarenta y dos. Juan Antonio Ríos M., Guillermo del Pedregal, Benjamín Claro V. Con fecha 16 de marzo de 1944 se decreta: Apruébese el reglamento para el otorgamiento de los Premios Nacionales de Literatura y Arte. En estas escuetas líneas queda resumida la extraordinaria iniciativa que se inició hace medio siglo, haciéndose realidad cuando se cumplió el primer centenario de la Universidad de Chile, obedeciendo a la consigna: “Cada año se otorgará esta recompensa por una sola vez, a todos aquellos valores que hayan entregado su vida entera al noble ejercicio de las bellas artes”.

Una mañana de 1944 un jurado presidido por don Juvenal Hernández, Rector de l universidad De Chile y señores: Domingo Santa Cruz, Carlos Humeres, Romano de Dominicis y Nathanael Yánez Silva, otorgó el Premio Nacional de Arte a don Pablo Burchard Eggeling (1875-1964), en ese momento el más ilustre profesor de la Escuela de Bellas Artes. El maestro de generaciones, vivió en la encrucijada de la tradición académica y las experiencias más modernas. La gloria de los amarillos del otoño, los senderos del Parque Forestal, los muros de adobe cubiertos a la cal y la tosca taza del pueblo, en fin, los momentos aparentemente insignificantes, pero cargados de vida interior, de poesía profunda, le atraen sobremanera.

La obra de este artista nos trae emociones íntimas e instantes de agrado en el campo. Cuando vemos una mesa desparramada donde preside un vaso de cerveza, junto a unas frutas sabrosas, pensamos en Burchard, que innumerables veces trató este tema con una poesía sin igual, con sus capas de pintura luminosa y texturas tan nobles. El cantor de lo simple, de los utensilios domésticos y el ambiente polvoriento del verano chileno, trasladó a la tela con originalidad marcada, estos asuntos muy nuestros, sin caer en la retórica discursiva. El dibujo era un arma poderosa de este creador, sin embargo, no ahoga su calidad de colorista y la capacidad para dar los tonos intermedios.

 
En estas líneas de homenaje no deseo olvidad una anécdota que sirve para ilustrar la personalidad de este poeta de lo simple. Cuando hace treinta años fui becado a Europa para perfeccionarme en mi especialidad, llegué a Madrid despistado y encontré una pensión en calle Fernández de los Ríos, donde había vivido don Pablo. En la misma habitación que hacía poco durmió el maestro, me tocó alojar. La diligente doña Virginia, la dueña, me contó de sus abluciones matinales y de su estricta dieta naturista, además de su espíritu de estudiante, ya que salía todos los días con su carpeta a dibujar al Prado y los parques madrileños. En ese momento se acercaba a los ochenta años. Esto sólo habla de su calidad espiritual.

Tres años más tarde, en 1947, vuelve a presidir el jurado don Juvenal Hernández, con la asesoría de los señores: Pablo Burchard, Armando Lira, Federico Casas Basterrica y el joven pintor Sergio Montecino, quien propuso que se hiciera una exposición de los principales oponentes al Premio Nacional de Arte. En los patios de la casa central de la Universidad de Chile se presentaron una docena de artistas plásticos, por única vez en su historia, exhibiendo sus principales realizaciones plásticas, en una ocasión memorable. El jurado reunido ante las obras determinó distinguir al pintor Pedro Reszka Moreau (1872-1960), en un fallo dividido, que recuerda todavía con emoción el último sobreviviente de ese acontecimiento.

En una lejana entrevista que le hice en mis primeras incursiones periodísticas a este patriarca de la figuración estricta, me confesó que se entusiasmo con la pintura en Valparaíso, cuando le enseñó los fundamentos iniciales del dibujo don Juan Francisco González, en 1890. Después de trabajar como sobrecargo en los buques de la Compañía Chilena de Vapores, que hacían la carrera al norte del país, juntó el dinero suficiente para vivir en la capital e ingresar a la Escuela de Bellas Artes, que funcionaba en las salas del segundo piso de la Universidad de Chile, en plena Alameda. Allí recibió lecciones de Cosme San Martín y Pedro Lira, que lo condujo en las materias superiores con especial esmero.

El depurado oficio de Reszka consigue la verdad de los objetos representados, con una pincelada sedosa, segura y calibrada. Las tenues veladuras, el naturalismo de la carnación de sus damas elegantes, el color pastoso se debe a los buenos consejos de Lira, pero su larga permanencia en París en el taller de Jean Paul Laurens, terminaron por completar de manera óptima el estudio académico más riguroso, especialmente el que triunfaba en los Salones de Francia. Su colorido grato por los dorados muy justos, junto a los rojos intensos, refinados, sobresale en su producción. Las proporciones admirablemente bien dispuestas demuestran su atenta observación del modelo vivo que define al buen dibujante.

En 1950 un jurado constituido por: Juvenal Hernández, Julio Arraigada, Gustavo Carrasco, Carlos Pedraza y Oscar González, se inclinó por la renovación plástica, por las incansables búsquedas de Camilo Mori (1896-1973), defensor de la modernidad. Algunos miembros de esta comisión evaluadora exaltaron la labor gremial, la entrega docente en la universidad, su defensa de los valores jóvenes y la tremenda calidad de su vasta producción. Nadie como él, además, para dictar conferencias apoyando las corrientes nuevas, los museos modernos y tomar la pluma para recordar a los maestros y juzgar a sus colegas, sin olvidad las inquietudes y desvelos que le tomó la conducción del grupo del “veintiocho”.

El histórico “año veinte”, con sus cambios e inquietudes estudiantiles, está fantásticamente representado por este artista. La muchachada que deseaba romper con los convencionalismos de la Academia de Bellas Artes, para imponer formas libres y colorido inventado, de acuerdo a los postulados de la vanguardia francesa, culmina con el “Grupo Montparnasse”, en 1923. La personalidad más bullente de ese período tan fecundo de nuestra historia cultural es Camilo Mori, ya que convence a las autoridades para que envíen 26 pintores y escultores a perfeccionarse a Europa, bajo su dirección. El Gobierno lo nombra Inspector de este conglomerado de jóvenes que van a ser determinantes en la conducción artística.

Camilo Mori defendió los valores plásticos por encima de todo y el contenido literario es muy limitado en su obra. El motivo es sólo un pretexto para investigar con el color, triturar la forma e inventar atmósferas de sueño que nacen de la fantasía del pintor. Las escenas jamás pierden su identificación a pesar de las infinitas variables de su pintura, que lo arrastra por los torbellinos de las posiciones más contrastadas. El cromatismo, en todo caso, está siempre bien decantado, no obstante, su independencia del color local. La lógica de la naturaleza empieza a perder valía para pintores eminentemente contaminados con la Escuela de París, como ocurre con nuestro artista.

El Rector de la Universidad de Chile don Juvenal Hernández vuelve a citar a un jurado para discernir el Premio Nacional de Arte 1953, en los salones de la famosa casa de estudios. Los señores Luis Oyarzún, Camilo Mori y la señora Lily Garafulic, se reunieron para buscar el nombre más justo y determinar al cuarto inmortal de nuestras bellas artes, que recae en José Perotti Ronzoni (1896-1956), pintor y escultor de nota. El artista múltiple que investigó con los metales, los carbones, los colores, la greda, la piedra y el grabado, de una rara impaciencia creadora, dejó satisfechos a todos los aficionados a las artes visuales. El fundador del “Grupo Montparnasse” luchó desde la juventud por imponer ideas nuevas, con un mensaje estético más trascendente, teñido con los “ismos” europeos.

 

 

 
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