Portaldearte - Calendario Colección - 1985 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1985
JUAN MAURICIO RUGENDAS

Muchas veces el dibujante queda absorto antes los finos rasgos de su modelo y la retrata en diversas oportunidades, con la coquetería del amante entusiasta que ve a su amada mejor de lo que era. El arabesco lineal va delineando las facciones menudas de doña Carmen, con una calidad plástica admirable, con una habilidad sólo comparable con los maestros de alcurnia del neoclasicismo francés. Varios de estos retratos se conservan afortunadamente en colecciones nacionales, para que sintamos el peso de la historia, las costumbres de hace un siglo y medio.

Entusiasmado con la conquista sentimental y lleno de energías, se dispone a recorrer el sur de Chile, para conocer a los valientes araucanos. Lo acompaña en esta travesía Pancho Lastra, cuando estamos en la mitad de 1835. Dibuja sin descanso los volcanes, lagunas, la plaza de Constitución, Yumbel, el Salto del Laja y el villorrio de Rere. Cruza el Bio-Bio y se interna en el territorio Mapuche, consiguiendo la amistad de los caciques y el apoyo de las mujeres, que no fueron esquivas para posarle. Logró que los jefes indígenas pudieran parlamentar con el General Bulnes, escena que ha quedado inmortalizada en un maravilloso diseño al lápiz, esta tregua tan importante se debe al atractivo pintor germano.

Al retorno de su singular aventura, se detiene en Linares, por invitación de Carmen Arraigada, según consta en una carta del 23 de noviembre. Pasa un tiempo en la casa de su amor y realiza allí el óleo más importante para recoger los rasgos de su Carmela. Recorre los campos desolados de la zona y tiene conversiones interminables con su compañera inolvidable. Lo nombra “mi moro”, abreviatura cariñosa de Mauro, que a menudo utiliza en sus cartas de encendida pasión. “Algo indispensable me falta cuando no estoy contigo, mi dulce bien”. Son frases para rendir al más desinteresado caballero cuando lo nombra una mujer de su calidad.

Las declaraciones apasionadas desde Talca lo vuelven a esa zona, pues Gutike y su señora se han trasladado a la ciudad del Piduco. El coronel prusiano está bastante enfermo y debe guardar cama, lo que permite a Rugendas realizar largos paseos con Carmela. De este periodo es el hermoso cuadro “Los huasos maulinos”, firmado en el extremo derecho y con ubicación del lugar. Lo mismo que “El Malón”, el rapto de Trinidad Salcedo, que hizo sobre la base de bocetos. Estos dos cuadros están en una colección privada y la prolijidad con que estan trabajados los detalles, las escenas de fondo, nos permiten asegurar que se realizaron en el taller, con la suficiente tranquilidad para elaborar el color y plantear la composición. Son exactamente del mismo formato y sirvieron para los grabados que forman parte del Atlas de Gay.

El epistolario y los croquis de Rugendas, nos permiten reconstruir el maravilloso lazo amoroso. Un dibujo al lápiz, del cuaderno que hasta el último conservó doña Carmen, recuerda el ambiente provinciano, cuando un cellista (Drewetke), es captado por Juan Mauricio, con la deliciosa anotación: “A madonna Carmen. Talca. Nov. 18. 1836”. Otros bocetos de la mano del gran artista recogen una fiesta en la ciudad, con las señoritas de largo y los caballeros de trajes muy ajustados. Las láminas vistas al trasluz ostentan el seño de agua: M King, 1832, para que aseguremos la autenticidad de estos delicados diseños

La inquietud de Rugendas no tiene limites y en el verano de 1837 está planeando un viaje al norte del país. Visita Coquimbo, La Serena y las minas de Huasco, donde se entusiasma con las labores mineras, que inmortaliza en dibujos inolvidables. Los tipos humanos y las vestimentas costumbrista siempre lo atraen, como lo demuestra una hoja al lápiz fechado el 4 de febrero de 1837. En cuanto al color, su paleta se restringe a las tierras y los ocres profundos, para captar la sequedad nortina, sin olvidar sus pinceladas barridas tan características. Sabe adaptarse a una distinta geografía para alcanzar el color local.

 

En las reuniones sociales que gusta frecuentar, conoce a Augusto Borget, pintor francés que arriba a Santiago en el invierno de 1837 y entusiasma a Rugendas para que conozca Argentina. Atraído por la tierra, los amigos y las costumbres, le costaba decidirse a viajar a la aventura nuevamente, pero la presencia en Chile del artista alemán Roberto Krause, lo deciden a dirigirse al otro lado de la cordillera de Los Andes. Por los croquis rigurosamente fechados, podemos seguir todo su viaje. El 31 de diciembre firma un dibujo “ Viaje sobre Los Andes”, cuando está en los comienzos de su expedición, después pone su nombre a un apunte de Las Cuevas, el 3 de enero de 1838.

Las nieves eternas, los montículos desiguales que se presentan a su vista, le permiten emplear su pincelada de toques enroscados, con los típicos trazos barrido que son tan identificables de la producción del artista que nos ocupa. “Pendiente en la cumbre”, que se conserva en la Staatliche Graphische Sammlung de Munchen, es una pieza muy característica de estos bocetos cordilleranos, que realiza con una velocidad asombros, ya que a veces hay dos fechados el mismo día.

La hospitalidad de la familia Godoy Villanueva, en Mendoza, le permite a los aventureros pintores europeos tomar un descanso reparador, para continuar a San Luis, captando las carretas y los gauchos argentinos. Un suceso desgraciado va a interrumpir el plan que tenían trazado para conocer la Argentina. Los caballos comenzaron a inquietarse debido a que los pastizales habían sido arrasados por una invasión de langostas y el hambre altera los animales. Juan Mauricio intenta buscar pastos en lugares cercanos, pero es sorprendido por una tempestad eléctrica. El caballo se espanta y arrastra al jinete durante cientos de metros en loca carrera. El pintor pierde el conocimiento y sufre una profunda herida en su rostro, que nunca se borró definitivamente y le produjo un tic muy desagradable.

 

Escena de Santiago

Un viajero procedente de Mendoza, lo encontró y lo condujo donde el doctor Maldonado, que pudo curarlo transitoriamente. Apenas restablecido, se comunica con sus amigos chilenos de Talca y retorna por el camino de Portillo, muy débil y sin fuerzas. En su carta a doña Carmen le ruega que no se ría de él, pues tiene una cicatriz que le atraviesa la frente y un tic muy poco estético. Llega a la hacienda de sus amigos en mayo de 1838 y lentamente se va recuperando de las intensas cefaleas, producto de los cuidados de la gentil amada de siempre. Los gastos de la enfermedad lo atormenta, a pesar de que sus amigo no le exigen, pero empieza a obtener encargos que lo alivian en parte y se comunica con Alemania.


 
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