Portaldearte - Calendario Colección - 1985 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1985
JUAN MAURICIO RUGENDAS

En su estadía en Munich, en 1826, visita a su maestro Adam, al que dibuja con el cariño del agradecido discípulo. Un tanto decepcionado y creyéndose incomprendido, retorna a su amado París, donde tiene el privilegio de intercambiar opiniones con artista del nivel de Delacroix, Gérard, Gros, David y un intelectual como Lafayette, que son muy determinantes en su formación, como el mismo expresó en sus escritos. Vive en el Barrio Latino con su amigo Huber, en medio de estrechuras y melancolía americana, pero bullente de vida interior, como correspondía a su romanticismo acendrado.

Retrato de Carmen Arriagada

Ansioso de perfeccionamiento, vuelven sus deseos de estudiar a los maestros de la antigüedad y se embarca con destino a Italia. No se fatiga de recorrer los mismo sitios que lo deslumbraron en su adolescencia y satisface su curiosidad vernácula, dibujando tipos de Apulia y Calibria, con el folklorismo que tanto llama la atención de estas apartadas zonas. Se va a la parte opuesta, a Venecia, para deslumbrarse con los palacios y las iglesias bizantinas, donde tiene oportunidad de aprovechar su línea rizada, su filigrana enroscada, que lo hará famoso en sus apuntes de la madurez, cuando su estilo se ha definido, se identifica de inmediato.

En una carta que está fechada el 18 de marzo de 1830, define su destino y decide embarcarse nuevamente hacia América. Esta vez es México el país que lo llama, pero toma un buque que lo deja en Veracruz, en julio del año siguiente. Durante tres años recorre Michoacán, Jalisco, Puebla, Hidalgo, ciudad de México, dibujando sin cesar, con una habilidad que deja perplejos a los estudiosos del artista germano. Son más de 1.500 láminas de bocetos sobre escenas típicas, retratos, paisajes y rincones urbanos, los que ha contabilizado la doctora Richter, la mejor biografía de Rugendas.

Al Abanderizarse políticamente en contra del Presidente Bustamante, fue condenado a la expulsión del país. Permaneció dos meses en la cárcel en condiciones muy lamentables de higiene y de trato, pero se mantuvo leal a sus ideas liberales. Se embarca en Acapulco con destino a Chile y después de una larga travesía, dibuja la isla de Juan Fernández, a fines de junio, según queda registrado en un hermoso dibujo de la región. Baja del buque el 1° de julio de 1834 y queda impresionado con la bahía de Valparaíso, que inmediatamente capta con su lápiz infatigable, demostrando su talento de reportero. Ha llegado en uno de los momentos más importantes de la historia nacional, ya que Portales ha consolidado la nación.

Muy próximo a las fiestas nacionales del año de su arribo, se dirige a la capital para dibujar las chinganas, las fondas de septiembre. Recibe una cordial bienvenida del Presidente Joaquín Prieto, que le extiende un pasaporte para que se pueda mover sin problemas por el país y

 

levantar planos topográficos. Una situación harto distinta a la que tuvo en México. Dibuja desde distinto ángulos el aniversario de la independencia, con el entusiasmo popular, con el fin de ejecutar una composición importante de la escena, presumiblemente por encargo del Ministro de Guerra para el que trajo una carta de recomendación de un señor Virmont, que le fue muy útil para tener mejores contactos en Chile.

En octubre se encuentra nuevamente en Valparaíso, ya que existen numeroso dibujos fechados que recogen la fisonomía del Puerto desde los cerros, las callejas tortuosas y esquinas típicas. Se presume que en ese momento comenzó a realizar su óleo “Llegada del Presidente Prieto a la Pampilla para la Fiesta Nacional de 1834”, una de las mejores obras de su larga temporada en Chile. Los primeros meses del verano siguiente los pasa en Santiago y visita permanentemente a don Andrés Bello, al general Las Heras, a doña Juana Toro y su dilecta amiga doña Isidora Zegers. De la observación de las excursiones a los fundos cercanos son sus cuadros: “Paseo a la Laguna de Aculeo”, “Retrato de Jorge Huneeus” y “ “Paseo a los baños de Colina”, que constituyen piezas claves para el estudio de su vida y su arte.

Cuando goza de la acogida desinteresada de los hogares de sus nuevos amigos, recibe la noticia de un gran terremoto que devasta toda la zona que va desde Chillán al sur. Su espíritu solidario, su naturaleza romántica se conmueve y se dirige al Presidente Prieto para obsequiarle el cuadro que recién acaba de terminar de la fiesta nacional de 1834. Se le agradece el gesto y la obra se rifa públicamente y se recibe una utilidad de 237 pesos, según ha quedado testimoniado en el diario “El Araucano” en su edición del 19 de junio de 1835. Lo que nos revela de manera rotunda la mentalidad del joven pintor alemán, hombre selecto y sensible.

La ciudad de Santiago también le interesa con sus modestas casas con el pilastrón de esquina. El día 3 de febrero de 1835 dibuja el Tajamar y La Cañada, con su fina línea de rasgos tan personales. La Plaza de Armas, con los edificios que forman La Municipalidad y el Museo Histórico, son llevados al papel con eximia calidad lineal, en una lámina que emociona. Mira los techos de las casas desde una habitación del hogar de doña Mercedes Marín del Solar, en la calle Merced, con la prolijidad detallistica que solía poner en algunas obras. Todo esto ha servido sobremanera para recordar la ciudad en los comienzos republicanos, muy modesta, patriarcal, con casas-quintas alineadas a uno y otro lago de las calles.

De la ciudad de Talca llega a las veladas santiaguinas Carmen Arraigada, la fina dama de proporcionados rasgos y boca menuda, que lo embelesará en un éxtasis amoroso del que no saldrá. Temperamento libertario, deseoso de no amarrarse, lo hacen evitar el lazo permanente y se separa por largas temporadas, pero siempre se rinde a la presencia física de su amor o los llamados epistolares, que rendían a Juan Mauricio. La bella correspondencia de este amor prohibido, pues doña Carmen era casada con un compatriota del pintor, lo conservó el seño Walter Madler de Augsburgo, descendiente del maestro germano. Este material ha sido determinante para seguir los pasos del creador del “Huaso y la lavandera” a través de nuestra angosta faja de tierra.

El primer encuentro amoroso se realiza por iniciativa de la dama, en la propia habitación del pintor, a poco de conocerse en Santiago. En un momento de gran puritanismo, de costumbres coloniales, la osadía de doña Carmen deja atónito a Rugendas que no atina a hacer nada. La desprejuiciada talquina cree que es despreciada por el atractivo artista. Inmediatamente los tomará el más encendido amor. Se trata de una unión insólita para la época, que nos parece de nuestro momento, perfectamente contemporáneo, ya que en las cartas, Carmen no oculta el amor físico, al que califica “el divino placer”. Se trató de una pasión tan extraña y única, que se creó toda una leyenda en torno a esta mujer, que recién muere en los comienzos del siglo XX.

 
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