Portaldearte - Calendario Colección - 1985 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1985
JUAN MAURICIO RUGENDAS

El máximo cronista de la era portaliana fue Juan Mauricio Rugendas, el maestro alemán que llega al país en el momento cumbre del romanticismo, el estilo de la aventura y la pincelada fogosa. Junto a la vivacidad del relato histórico están las exquisiteces plásticas, el dibujo elegante y el colorido luminoso. Desde su llegada sintió una especial atracción por fijar los atuendos del huaso y sus costumbres, los paseos de la sociedad santiaguina, que tanto nos sirven para reconstruir la época. Es un ejemplo claro de la unión gratísima de galas pictóricas y estremecimientos sentimentales, que definen a los artistas del primer tercio del siglo pasado y que hacen tan atractiva su vida.

Al estudiar la agitada vida de Rugendas, advertimos que desde sus primeros intentos artísticos está presente la vocación romántica y la destreza manual que le permitirán alcanzar su arte inigualable. Nace en Augsburgo el 29 de marzo de 1802 y desde su más tierna infancia está unido al arte, pues su padre fue el pintor Juan Lorenzo II. Director de la Academia de Arte de su ciudad natal. Su familia está unida a una larga tradición pictórica, que alcanza hasta Georg Philipp, en el siglo XVII, experto en los temas históricos y las escenas ecuestres, condiciones que heredará el joven Juan Mauricio, ya que siempre gozó diseñando los jinetes chilenos a los que consideró “los más elegantes y atrevidos que jamás conociera”

El primero en darse cuenta que nuestro artista precisara de una enseñanza sistemática de las bellas artes, fue Albrecht Adam, amigo de su padre, que lo recomienda para la Academia de Munich. Se matricula en 1817, en los momentos en que Adam tiene a su cargo un taller de pintura. Allí le inculcará el amor por el tema guerrero y los movimientos de soldados, por eso, su facilidad para resolver las muchedumbres y la línea capaz de captar los personajes en movimiento.

La fascinación por América, el continente recién liberado de su largo tutelaje, lo embelesa de manera rotunda. Por un contrato con el barón de Langsdorff, Cónsul General de Rusia en el Brasil, que firma el 8 de septiembre de 1821, se dirige al enorme país de la América del Sur. Su

 

misión era ilustrar una expedición que debía estudiar esta tierra. Se trataba de una labor complementaria del botánico von Martius y el zoólogo von Spix, para realizar un gran Atlas del país. Para un joven de diecinueve años el pago resultaba tentador, ya que recibiría 1.000 francos anuales por su trabajo. El entusiasmo por dibujar las facciones de los indios mozanbiques y el comercio de esclavos, es tremendo en esta etapa inicial y llena cuadernos con apuntes muy hermosos.

Lamentablemente el barón Langsdorff no cumplió con el contrato y se trenzaba en interminables discusiones con el joven pintor, que fue amenazado por el impositivo diplomático. Sin importarle los riesgos de quedar sin apoyo, en una nación extraña, renuncia a la misión encomendada y se lanza en una aventura personal, realizando retratos, paisajes típicos, que vende a una clientela especialmente europea. Realiza una expedición al Matto Grosso, Minas Gerais y Bahía. Durante una penetra en la selva virgen y retorna a Río de Janeiro pleno de experiencias, satisfecho y moralmente entero, a pesar de las penurias que pasó.

Recibe una invitación del barón Marschall, Encargado de Negocios de Austria, para alojar en su casa en Río de Janeiro, donde se conocen por primera vez los dibujos que formarán parte de su libro “Viaje pintoresco en el Brasil”, con cien litografías originales. En su etapa primera salió en carpetas de cinco láminas hasta completar el centenar, en 1835, en un formato monumental, de muy bella presentación. Son dibujos muy descriptivos, con un relato plástico muy diestro para mover los grupos humanos, pero con una línea un tanto rígida, que después cambiará por una atmosferización del trazo, que será inconfundible.

Regresa a Europa, por la ruta de Francia y se queda un tiempo en París, donde traba amistad con el sabio Humboldt, con el que intercambiará correspondencia durante toda su vida. Desgraciadamente, este paréntesis junto al Sena, lo hace llegar tarde a la cita con Maximiliano José, que había fallecido hacia poco.

 
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