Portaldearte - Calendario Colección - 1984 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1984
V LA VANGUARDIA EN LA PINTURA CHILENA

LA PINTURA CHILENA
DESDE GIL DE CASTRO
HASTA NUESTROS DIAS


V
LA VANGUARDIA
EN LA
PINTURA CHILENA

 

La vida actual, acelerada y asombrosa en las conquistas científicas, ha quedado fijada en formas y colores en la fascinante aventura de la pintura. En la signografía primitiva, en la mancha improvisada, en los vibrantes colores esmaltados, en la protesta valiente como en el aprovechamiento del feérico geometrismo que ofrece la urbe moderna, que muestran los estilos nuevos, está buena parte de la historia de las artes plásticas. Recordemos la planimetría cubista, la rebeldía colorística del “informalismo”, la irreverencia cabalística de la pesadilla que ofrece el surrealismo, para señalar algunas de las variantes de la pintura contemporánea.

Las artes plásticas de Chile, que hemos apreciado en los capítulos precedentes, han sido tributarias de las escuelas que han nacido en Europa y los Estados Unidos. Más allá de su sello nacional, de las lógicas esfumaturas características, sobrepasan su regionalismo. Es pintura de este momento, con la implicación documental y variedad experimental que el arte de nuestros días posee. Es indudable que los pintores han sido tomados por expresiones foráneas, pero de ahí a censurarlos de mimetización y servilismo imitativo hay bastante distancia, como se explicará en las líneas que siguen.

La pintura chilena, como se ha visto, realizó desde 1950 otros esfuerzos y asimiló variadas influencias para decir lo suyo, y quizás, si analizando con atención, encontremos las características, los matices identificables de un grupo generacional, a pesar de la proximidad histórica. En todo caso, hay hechos remarcables en aquel año, que representan acontecimientos de excepción en nuestro devenir histórico: v.gr. la exposición “De Manet a nuestros días”, que llevó a más de treinta mil visitantes hasta nuestro Museo de Bellas Artes y abrió los ojos a nuestros jóvenes estudiantes de arte de hace más de tres decenios. Un universo más rico y vivo se reveló antes ellos. Una pintura de fascinantes invenciones, de agudas interrogantes y de profundas novedades, se mostró ante la asombrada juventud que en mayo de 1950 asistió a la exposición de pintura contemporánea francesa.

Sabemos lo difícil que resulta desprenderse de las experiencias cumbres reveladas en un instante y, sobre todo, lo importante que ellas son el período de formación de la personalidad, ya que estarán efectivamente unidas a sus protagonistas y serán de los más caros calores para toda una existencia. Debemos asignarle al hecho, por lo tanto, una importancia capital. De los protagonistas de aquel suceso, cual más, cual menos, sufrió el impacto de la asistencia a “los vagidos de una génesis todavía incierta o a la disolución última de la creación”, como enfatizaba el ilustre prologuista del catálogo de esa exposición, René Huyghe. No estaba errado el aventurado y sagaz crítico. El tiempo le daría la razón.

De ahí en adelante, aunque cautelosamente, los jóvenes pintores chilenos absorbieron formas y colores vistos en las telas de: J.M Atlan, M. Marchand, G. Singier, M. Brianchon, B. Buffet, B. Lourjou, A Manessier, A. Masson, G. Schneider, muy jóvenes y todavía en busca

 

de su propia definición plástica. Nuestro arte tomó mucho de la creación francesa, por lo demás siempre nuestra pintura había sido tributaria de Europa. Nada tan especial acontecía. Los nuevos artistas galos sí que habían dado una clave. Más allá de las imperiosas necesidades del encuentro de un sello personal o nacional, el arte de Chile, al igual que en todos los países del mundo, tenía que enfrentarse con el de ser fiel a su hora, al importante instante histórico que se vivía. Muchos hechos trascendentes habían acontecido y numerosas incógnitas plásticas se habían develado, para que nuestros artistas marcaran el paso.

Recordemos, todavía algunas frases de la presentación de ese catálogo, hecho a cuatro años de la finalización del conflicto bélico y que constituyeron una viva lección de nuestro medio: “Pero, aunque la realidad sea evocada o se anule por completo, el cuadro delata rasgos comunes; el registro del color se alza, no en las estridencias agrias y chillonas, sino en la gama del juego, al destellar de los tonos cálidos, de los amarillos, los rojos, los anaranjados, realzados con azules y verdes. Las horas más felices de la Escuela de Chatou parecen resucitar; sin embargo, ya no trata de abandonarse al instinto y sus impulsos; mucho se cuida de omitir esa otra intensidad enseñada por el cubismo, la de la construcción intelectual, la de la línea y de las formas, la de las sujeciones exaltadoras de la abstracción”.

Finalmente, las inteligentes palabras que justificaron las audacias del momento: “No opongamos estérilmente el arte antiguo al arte moderno. Cada cual ocupó su lugar y llegó a su momento, cada cual respondió a las condiciones de su sitio y de su tiempo. Lo uno no podría excluir lo otro”. La muestra, por lo demás, exhibía la obra de las figuras ilustres de los modernos de la primera hora (Monet, Pizarro, Renoir, Signac, Toulouse-Lautrec, Bonnard, Braque, Derain, Léger, Lothe, Matisse, Picasso, Rouault y Utrillo), que eran respetados y conocidos a través de los maestros de la Escuela de Bellas Artes que los exaltaron enormemente, luego del famoso viaje a Europa del año 28, y que la juventud apreció en originales.

La actividad plástica hacia principios de 1950 era escasa, comparada con la de hoy día. Santiago poseía no más de cuatro galerías de arte, sin exhibiciones regulares, que contrasta inmensamente con el intenso movimiento de más de cuarenta salas de arte que dan calor y vida al interés plástico de los habitantes de la capital. Conjuntamente con el progreso en cuanto a la revelación de nuevas e inquietas expresiones artísticas, creció el interés de los gustadores estéticos, del público contemplador, hábilmente conducido por el Instituto de Artes Plásticas (creado en 1945) y los esfuerzos de particulares, especialmente los gestores de “Pro-Arte”, semanario artístico que recogía las noticias de Chile y el extranjero y que mucho ayudó a comentar las nuevas escuelas de vanguardia, colocando en un lugar digno al creador plástico.

Tampoco podemos perder de vista que la juventud se sentía estimulada, en ese instante, por las mesuradas audacias de un grupo de maestros inspiradores, entre los que cabe nombrar a: José Perotti, Héctor Cáceres, Camilo Mori, Israel Roa, Carlos Pedraza, Sergio Montecino, Roberto Humeres y Gregorio de la Fuente, que miraron con viva complacencia los lienzos que colgaban de los muros del Museo de Bellas Artes en el otoño de 1950. Se sabe que un medio ambiente hostil, intransigente, destruye las posibilidades de la audacia individual, de las innovaciones juveniles. Sin la simpatía demostrada por esos pintores, el vigor de las telas modernas no se habría impuesto.

Creemos que el animador más determinante, en este renacer plástico, fue el ensayista y poeta Luis Oyarzún (1920-1972), una de las grandes figuras intelectuales del país y decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile durante casi un decenio (1954-1963). A su iniciativa se deben la edición de monografías de artistas nacionales, el feliz regreso de la “Revista de Arte”, la actualización de los Salones Oficiales, la participación de artistas chilenos en torneos internacionales y el montaje de grandes exposiciones retrospectivas, para enseñar a la juventud. Su gestión coincidió con un marcado interés por la política, por las luchas ideológicas, que mantenían al país en permanente efervescencia partidista, que de alguna manera quedó testimoniada en la pintura. No se puede olvidar que la protección estatal fue muy determinante para la imposición de la vanguardia.

 
2
pág.anterior
pág.siguiente