Portaldearte - Calendario Colección - 1983 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1983
IV LA RENOVACIÓN EN LA PINTURA CHILENA

LA PINTURA CHILENA
DESDE GIL DE CASTRO
HASTA NUESTROS DIAS


IV
LA RENOVACIÓN
EN LA
PINTURA CHILENA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la conducción francesa, de la rectoría de París, que inculcaron todos los maestros del siglo pasado, se pasó a la atracción hispánica, resultado de la presencia en el país del pintor español Fernando Alvarez de Sotomayor, el que, como hemos expresado en el capítulo anterior, fue contratado en 1908 para que impartiera clases de pintura. Alentó el estudio de los valores velazqueños y goyescos, pero aplicándolos a los temas nacionales, a las escenas costumbristas y a los tipos populares. La pintura nacional se inclinó, entonces, por los colores aplacados, por los negros, los tonos quebrados, al servicio de unos paisajes de calles intrincadas de aldea y el asunto folklórico.

La desbordante personalidad de los jóvenes encontró, en la inquietud de los años veinte, su destino. Ubiquémonos en la época para comprender el vuelco insólito que sufrió la plástica en nuestro país. Se había impuesto una pintura brumosa, sobre la base del uso exagerado de las tierras, producto de la influencia de Alvarez de Sotomayor, con el consiguiente respeto al natural. Corresponde al realismo hispánico que se imponía con toda su carga costumbrista. Hacia 1920, la quietud artística se acrecentó y una juventud bullente, de rara creatividad, se ubicó en todos los campos de la actividad nacional, para arriesgarse con la innovación. Era el tiempo de las Fiestas de Estudiantes, de los concursos de afiches, de las veladas bufas, del canto poético a la reina, en el que concursaron vates de envergadura.

En este histórico 1920, Luis Vargas Rosas y Camilo Mori marcharon por primera vez a Europa y se remecen con una gran exposición retrospectiva de Cézanne. Su atracción por lo nuevo culmina cuando tienen oportunidad de conocer a Juan Gris, el intelectual del cubismo. Con la madurez de los conceptos surgirán cuadros de mucho valor: “El circo”, “Montparnasse”, “París”, “Boxeador”, “L’Intransigeant”, de Mori y “Naturaleza muerta” de Vargas Rosas.

Participan en el Salón de Otoño de 1920 en París y regresan a Chile al cabo de poco más de dos años. La meta del perfeccionamiento estaba puesta en Europa, ya que las noticias que se recibían de las conquistas modernas excitaban a los nuevos. Pudieron presenciar de cerca el trabajo de los cubistas, los fauvistas, los expresionistas.

Surgió así el grupo “Montparnasse”, con Luis Vargas Rosas, Enriqueta Petit, los hermanos Ortiz, los hermanos Ortiz de Zárate y José Perotti. Su rasgo común fue la estética del postimpresionismo y alzaron el nombre de Cézanne como bandera de lucha. En 1923, desde las páginas dominicales de “La Nación”, Jean Emar se unió a este movimiento y publicó magníficos artículos para dar a conocer a Picasso, Braque y el cubismo. Los cambios trascendentales de la política, hacia el año 1920, encontraron a una juventud entusiasta, como vemos, que se situaba con fervor en todos los campos de la actividad nacional, para arriesgarse en todas las innovaciones, que una etapa apasionante en nuestra vida cívica y cultural reclamaba. La exposición del grupo se realizó en la Sala “Rivas y Calvo”, en octubre de 1923. El nombre con que se bautizó la agrupación no podía ser más apropiado para aquellos años. Con agudeza y autoridad, escribió el recordado maestro Isaías Cabezón: “En los mil doscientos metros de boulevard que separan la estación Montparnasse del encuentro del boulevard Saint Michel con las calles del Observatoire y Port Royal, parecía estar en 1924 el centro del mundo. Allí se mezclaban representantes de todos los países y artistas que trataban de expresar las formas nuevas de la vida.

Nada más junto para definir el encantador barrio parisino. Basados en ese espíritu y alentados en esos ideales de renovación, los artistas chilenos tomaron el nombre de batalla que les daría gloria y polemizaron con tesón a través de las páginas dominicales de “La Nación”, en defensa de las nuevas formas en la escultura, en el trabajo en volumen, pero no dejaron de ofrecer interés y marcada calidad en los trabajos en color, debido a las bondades plásticas superiores que los adornaban.

No podemos olvidar a esta altura de nuestro relato, que en este momento están vivos e íntegros en su poder creador Juan Francisco González y Alberto Valenzuela Llanos, frenéticos defensores del arte de Francia, que había estado adormecido un tiempo por la tendencia hispánica de los pintores de la “generación del trece”. Mucho habían batallado por volver a la rectoría francesa, pero las condiciones no estaban dadas. Desde la Escuela de Bellas Artes don Juan Pancho, magnifico formador de juventudes plásticas, posponiendo la argumentación narrativa, anecdótica, que tanto gustaba a Sotomayor y sus seguidores. Enriqueta Petit, discípula de Juan Francisco González, supo captar la lección del viejo patriarca del arte nacional y aproximarse, desde su juventud, a los valores impresionistas y de allí comulgar con las experiencias “montparnassianas”. Don Juan Pancho, incluso, participó en el “Salón de Junio”, de 1925, al lado de su discípula.

 
 
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