Portaldearte - Calendario Colección - 1982 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1982
III LA GENERACIÓN DEL TRECE Y PINTORES AFINES

LA PINTURA CHILENA
DESDE GIL DE CASTRO
HASTA NUESTROS DIAS


III
LA GENERACIÓN DEL TRECE
Y PINTORES AFINES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La pintura chilena tiene una historia bastante coherente y destaca a figuras de verdadero valor; pero como un país sin gran tradición artística, ha sido tributario de las tendencias europeas. La rectoría francesa ha sido marcada en las bellas artes de esta austral tierra. Los maestros chilenos del siglo XIX vivieron muy apegados a las soluciones de los artistas galos que triunfaban en los Salones de París y todos los pensionados del gobierno enviados a perfeccionarse en las academias francesa tomaron el repertorio temático y colorido que se imponían allí; sin embargo, supieron interpretar con rasgos inéditos el paisaje y el asunto chilenos.

De la conducción francesa se pasó, de improviso, a la atracción hispánica y aparecen los valores goyescos, velazqueños en la “generación del trece”, que formó Fernando Alvarez de Sotomayor, el pintor español contratado en 1908 como profesor de pintura en la Escuela de Bellas Artes de Santiago. El artista peninsular, de fuerte personalidad, inculcó a los jóvenes a su cuidado artístico el estudio del realismo hispánico, pero aplicándolo a los temas nacionales, a las escenas costumbristas y los tipos populares. La pintura chilena se inclinó, entonces, por los pardos profundos, por los colores elaborados, por los tonos quebrados, par envolver los personajes en la mortecina luz de los interiores, en los sórdidos ambientes en que se desenvuelve la vida del pueblo, que fue el centro de sus composiciones.

La inauguración del Museo de Bellas Artes en 1910, con motivo del primer siglo de vida independiente, estimuló el nacionalismo de estos nuevos creadores, ya que algunos jóvenes obtuvieron recompensas consagratorias, acentuándose la temática costumbrista con marcado entusiasmo. Por eso, algunos críticos y protagonistas de esta situación histórica, pretenden nombrar, con mayor certeza, “generación del centenario” a los artistas que se inclinaron por el populismo en la pintura, en lugar del divulgado “generación del trece”. Sin embargo, es este último hombre el que más se ha impuesto, debido a la exposición conjunta que hicieron los mejores alumnos de Alvarez de Sotomayor en 1913, en los salones del diario “El Mercurio”.

Hay que considerar otro hecho remarcable. La Academia de Bellas Artes había recibido hasta fines del ochocientos, en especial, a las clases altas, a la burguesía acomodada. En este momento emerge la clase popular. La Colonia Tolstoyana, que se había formado en la devoción por las doctrinas sociales del gran escritor ruso y que agrupaba a un núcleo selecto de escritores y pintores, idealistas que amasaban su propio pan, que araban la tierra y se purificaban en los aires de San Bernardo, estaba encabezada por Augusto de’Halmar, Fernando Santiván, Magallanes Moure, y contaba entre sus adeptos a os pintores Ortiz de Zárate, Pablo Burchard y Rafael Valdés. Después de sus obligaciones diarias, se iban a los barrios populares a enseñar arte a los hijos de obreros, fue así como encontraron a Ezequiel Plaza, el que ingresó más tarde a la Escuela de Bellas Artes, siendo alumno muy destacado.

En los albores del siglo XX ha destacado el Salón Libre, que organizó Pedro Lira y tuvo una nutrida concurrencia de pintores, por ser el primer intento de independizarse de lo oficial. Se realizó en el Círculo Español, que se encontraba en la tercera cuadra de la calle Ahumada y se inauguró el 10 de noviembre de 1906, apenas unos meses después del tremendo terremoto. Una vez inaugurado el Palacio del Forestal, los jóvenes sintieron la necesidad de estudiar los cuadros extranjeros que colgaban de esos muros. Los paisajes del inglés Brandwing y el americano Brown los sorprendieron. De allí su atracción por el paisaje panorámico, rápido, que se podía resolver con la mancha. Así fue como se popularizaron los cuadritos en tapas de cajas de cigarros habanos.

En los pintores de esta generación, la paleta se carga de betunes intensos. El melancólico tono oscuro, los negros ferroviarios, emergen en la pintura. Es el cromatismo triste, que refleja el espíritu romántico de los artistas porfiadamente costumbristas, gustadores de las faenas del pueblo. En la sórdida covacha popular está su fuente de inspiración. En la inolvidable muestra que dio nombre a la generación está ya presente, no obstante, la juventud de los exponentes, la constante estilística que define a estos amantes de la chilenidad. La exposición magnificada con el correr de los años es, no cabe duda, un hito histórico en el panorama de la plástica nuestra y se hizo con la participación de muy pocos pintores.

Les tocó vivir el momento del romanticismo exaltado, el existir destructivo, la pobreza lóbrega, intensa, la bohemia desatada de los hermanos Lobos, que tenían una cigarrería y lustrín en la calle San Diego, donde se discutía con calor sobre pintura, por parte de los mellizos Vergara, Ezequiel Plaza y Paschín Bustamante. Se vivió la euforia alcohólica en los talleres, aunque no todos participaran de a afición al rojo brebaje, en las buhardillas, donde se cantaba, se recitaban versos galantes, en un compañerismo ejemplar, pero absolutamente incomprendidos del medio, que miraba con indiferencia su labor.

 
 
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