Portaldearte - Calendario Colección - 1981 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1981
II LOS GRANDES MAESTROS DE LA PINTURA NACIONAL

LA PINTURA CHILENA
DESDE GIL DE CASTRO
HASTA NUESTROS DIAS

 

II
LOS GRANDES MAESTROS
DE LA
PINTURA NACIONAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 
Los precursores de la pintura chilena, en su mayoría artistas europeos que llegan al país cuando recién se ha liberado de España, son numerosos y constituyen un valioso antecedente para estudiar la primera mitad del siglo pasado, pero con la creación de la Academia de Pintura el país inicia una etapa de consolidación de sus valores pictóricos. Con la fabulosa rectoría espiritual de Pedro Lira, que forma una falange de pintores de gran valor, se alcanza la madurez plástica más significativa de nuestro breve historial plástico. El último tercio del siglo diecinueve, repleto de figuras de significación artística y que culmina con la creación del Museo de Bellas Artes, lo podemos considerar el de los grandes maestros de la pintura nacional, como ustedes apreciarán en las líneas que siguen.

El primer gran maestro del arte nacional es, sin duda, PEDRO LIRA RENCORET ( 1845-1912), un animador de las bellas artes, un maestro generoso y una inteligencia cultivada en pos del arte, que no se va a repetir. Durante más de cuarenta años llenó el medio nacional y su presencia física le ayudó a conquistar lo que quería. Observemos la aguda descripción de Carlos Orrego Barros, su mejor biógrafo, cuando dice: “Se le ve con la frente amplia, en que ya los años han dejado sus huellas, sienes de pensador surcadas por salientes venas, cabellos grises, barbas muy canas, cutis blanco aunque un tanto tostado por el sol, boca fuerte pero siempre sonriente, con la picardía en los labios y dominándolo todo, unos ojos verdes-claros llenos de vida y juventud, resplandecientes de luz, permanentemente atraídos por lo bello. Esa cara es el reflejo de su alma consagrada al arte por entero”.

“La Carta”, el magnífico óleo de Pedro Lira, de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, es una obra señera en nuestro breve historial plástico, pero es, a la vez, todo un cuadro de costumbres. La dama de largo vestido de brocato, sorprendida y confusa, oculta una carta ante la presencia de un misterioso ser que se acerca a la puerta. Hay algo más que una temática. Veamos. Las masas muy equilibradas permiten jugar con una composición que en forma de espiral parte del ruedo del vestido y remata en la oscura caballera. Impecable en el dibujo. Posee, además, un colorido muy noble y bien trabajado: la gama de azulinos y tonos neutros agrega toda su solemnidad a la escena, que retrata tan vivamente las costumbres ochocientistas.

Pedro Lira, sentimental y romántico, fija en esta tela las características de su estilo, que son también las de la pintura chilena de fines de siglo. El respeto académico de casi todos nuestros primeros maestros no impide la propensión a los estados afectivos y emotivos en sus lienzos, que los une al movimiento de Delacroix y Gericault, aunque sólo sea de manera tibia, ya que no podríamos situar a Pedro Lira con estrictez en la tendencia del autor de “La matanza de Scio”. Hay respeto por las formas académicas, se advierte al modelo que posa en toda composición suya y la pincelada casi nunca alcanza el grado de libertar de trazos del francés, sino que se mantiene en las superficies pulidas.

En numerosas ocasiones nos ha tocado escribir del formidable animador de las bellas artes nacionales, don Pedro Lira Rencoret. Debemos reconocer que en cada oportunidad hemos agregado un dato inédito, una fecha que se perdía o un cuadro desconocido, que permitía engrandecer la variada personalidad del brillante artista. Aquí estamos nuevamente recordando una vida tan atractiva y plena de aventuras. La biografía de Lira es inagotable y permite gozarla con sus anécdotas, su espíritu idealista, entregado absolutamente a las actividades plásticas. Pocos pintores en nuestro medio han realizado una labor más titánica y desinteresada a favor de las artes chilenas.

Nació nuestro pintor el 2 de marzo de 1845, y desde muy temprano sintió atracción por la pintura. Admirador de Antonio Smith, el viejo paisajista nacional, frecuentó su taller desde joven y se dice que se introdujo al mundo de la plástica copiando un paisaje del romántico pintor de “Río Cachapoal”. Recibió lecciones en la Academia de Bellas Artes, de Ciccarelli, el fundador de la misma, pero debió satisfacer a su familia al recibir su diploma de abogado, en 1868. De allí en adelante su vida no se bifurca y se ciñe a un destino rotundo, ineludible; el arte. Escribe, pinta, dibuja, funda sociedades, enseña, traduce libros, pero siempre en torno a las bellas artes.

En el Salón de 1872, cuando se inaugura el Mercado Central, obtiene tercera medalla en pintura. Es el inicio de una carrera brillante, que alcanzará la consagración internacional en la Exposición Universal de París en 1889, cuando gana segunda medalla con su monumental lienzo “La Fundación de Santiago”. En los casi veinte años que median entre las fechas que recuerdan estos acontecimientos de Santiago y París, Pedro Lira estudio profundo, ejemplar, de las bellas artes. En 1873, cuando se marcha al Viejo Mundo, recién casado, va en el barco un grupo selecto de amigos, hombres de las artes y la cultura, entre los que se destacan Orrego Luco y Barros Borgoño. Siempre aparece rodeado de gente, de muchachos, discutiendo y estimulando vocaciones artísticas.

 
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