Portaldearte - Calendario Colección - 1980 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1980
I EL DESPERTAR DE LA PINTURA EN CHILE

LA PINTURA CHILENA
DESDE GIL DE CASTRO
HASTA NUESTROS DIAS

 

I
EL DESPERTAR
DE LA
PINTURA EN CHILE

 

 

 


JOSÉ GIL DE CASTRO:
"Retrato del Sr. Don Borja de Andía"

 
En las postrimerías del siglo XVIII, que ve anunciar los años de la libertad, el país contaba con un grupo de artesanos que pueden considerarse como los precursores delas bellas artes chilenas. Ambrosio Santelices e Ignacio Andía y Varela figuran entre los más ilustres. Laboriosos, inteligentes y personales, son artistas de leyenda que unen a Chile, bajo dominio español y como nación ya independiente. Andía y Varela, el brillante diseñador del escudo de armas de España, que hoy podemos admirar en el Cerro Santa Lucía, considerado el “primer escultor chileno” por Benjamín Vicuña Mackenna, demostró extraordinario talento lineal al fijar a lápiz y pluma la fisonomía de su ilustre concuñado don Joaquín Toesca, culminando su labor de dibujante con la confección del mapa general de Chile.

De los pintores coloniales que realizaron obras de enlucido al óleo y pintura libre, sobresalen Joaquín Masías, excelente retratista; José Manuel Aguirre y Bartolomé Silva, cuya labor se hizo conocida en el campo escenográfico. Es preciso recordar que la Academia “San Luis”, debida al empeño del Manuel de Salas, es el más antiguo establecimiento de arte del cual se tiene memoria. Fundado a fines del siglo XVIII, Blanco Cuartín nos da cuenta del espíritu académico que le dio Martín de Petris, Italiano que vino a Chile con el fin de realizar retratos. El país no estaba preparado para este tipo de empresa, de allí que la labor del europeo es muy limitada y de escasa trascendencia. Por tal motivo es bueno situar a JOSE GIL DE CASTRO (1785-1843), el notable retratista de los héroes de los comienzos republicanos, en el lugar histórico que le corresponde.

El pintor limeño, más conocido como el mulato Gil, fijó en el lienzo los rasgos de damas y caballeros nuestros, con el oficio detallista y primitivo que lo destaca tan inconfundiblemente. El taller del activo peruano, situado en la calle del Cerro, llegó a constituirse en un centro de reunión. Le gustaba exaltar su rango de Capitán de Milicias, como él mismo se autodenomina en el cuadro que capta las facciones de Bernardo O’Higgins. Admirador de las doraduras, de las charreteras militares, se siente más a sus anchas cuando retrata personajes uniformados. Amplias lecturas den los cuadros nos muestran esa gracia popular, ese encanto rudimentario que lo une a los balbuceos de nuestra pintura.

Hombre amante de los títulos, de los cargos rangosos para ostentar, tuvo extraordinario éxito y logró retratar a San Martín y Bolívar, aparte de nuestro principal padre de la Patria. Destaca en su estilo la forma hierática, el colorido plano y vibrante que reúne, con propiedad, las bondades del barroco americano y el primitivismo popular.

En el pequeño retrato de Bernardo O’Higgins, de nuestro Museo de Bellas Artes, el aventurero pintor estampó con pulcra caligrafía: “Lo retrató fielmente el Capitán de Ejército José Gil, segundo cosmógrafo, miembro de la Mesa Topográfica y Antigrafista del Supremo Director”. El espíritu del laborioso limeño queda reflejado en este pequeño cuadro, tanto en la parte plástica como en el deseo de exhibir títulos. En sus líneas esquemáticas, en su rudeza elemental queda admirablemente retratado nuestro Director Supremo, ya que María Graham, que los conoció en 1822, lo describe así: “El Director vestía como de costumbre su uniforme de general. Es bajo y grueso, pero muy activo y ágil; sus ojos azules, su tez encendida y sus facciones revelan la sangre irlandesa del padre, mientras la pequeñez de los pies y manos recuerdan la sangre criolla de la madre”. Parece que la penetrante escritora estuviera detallando alguno de los candorosos, pero a la vez vigorosos retratos del mulato Gil de Castro.

En el cuadro de cuerpo entero de Bernardo O’Higgins, perteneciente al Museo Histórico Nacional, el fondo montañas, con un sentido casi escenográfico, se cree que no pertenece al ilustre precursor, pero en la descripción del personaje está muy claramente establecido el espíritu popular del mulato. Otro tanto se podría decir del espléndido retrato del Brigadier Sáenz y Rioseco, de la Casa del Arte de Concepción, donde la atracción por las doraduras y los colgajos áureos son de un primitivismo candoroso, que también es posible advertir en el retrato de don Borja de Andía, con una parecida solución en la mano del personaje, que se esconde en las vestimentas. Similares enfoques hacen perfectamente identificable toda la producción del artista, con un sello personal único.

En la galería de retratos del Museo Arqueológico de La Serena, formando parte de la sección histórica, sobresalen el de don Manuel Antonio Iribarren y el de don Joaquín Vicuña, que nos hablan claramente de las bondades pictóricas del gran precursor de las artes plásticas nacionales. En la Sala de Sesiones de la Municipalidad de la misma ciudad nortina hay un hermoso retrato del general José de San Martín, que presumiblemente Gil pintó en Argentina y que posee notables cualidades artísticas. La tiesura de las formas, la tosquedad de su dibujo y el colorido de graves tonalidades terrosas, siempre identificarán al famoso retratista. Pintó siete veces al ilustre patriota argentino, pero siempre en el mismo medio perfil.

 
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