Portaldearte - Calendario Colección - 1980 - Fascículo

CALENDARIO COLECCIÓN PHILIPS 1980
I EL DESPERTAR DE LA PINTURA EN CHILE

Este artista es, pues, el auténtico gran costumbrista chileno, ya que supo dignificar el asunto popular, dándoles a sus cuadros una gracia ilustrativa, que hasta ese momento no se había visto en la pintura nacional. Amante desde sus comienzos de las estampas populares, su talento narrativo no se perdió con su viaje a París, donde trabajó a las órdenes de Gariot, adquiriendo allí una profunda admiración por Goya. En el Salón de 1872 expuso un conjunto numeroso de cuadros presididos por los tipos pintorescos: “El Velorio”, “Zamacueca”, “El Falte”, “Vendedor Ambulante”, “Velorio del angelito” y “Señora con dolor de muelas”. Su obra fue recompensada con Medalla de Primera Clase. Es la consagración del costumbrismo en la pintura chilena, en esa difícil etapa de definición de valores, ya que recién se están realizando salones.

El artista nacido en Chiloé, pero educado en Valparaíso, sintió siempre especial cariño por el pintoresquismo de las calles porteñas, realizando hermosos cuadros de los cerros de Valparaíso. En sus “Encapuchados” se observa, aunque tibiamente, la influencia de las procesiones que tan admirablemente dejó inmortalizadas Goya, demostrando ya mayores conocimientos para captar la escena popular. Es el deseo de dejar documentada una buena parte de las tradiciones nacionales, que a pesar de su pobreza no dejan de tener valor, y constituyen, por su color ambiente, una magnífica fuente de inspiración plástica y son muchos los pintores que han hecho obras notables basadas en las leyendas populares y las escenas patrióticas. En este género Caro realizó obras de gran calidad.

Desde muy temprana edad demostró condiciones artísticas, sin embargo, no ingresó al curso de Ciccarelli, a pesar de que sus padres, desde su mocedad, se preocuparon de la vocación del dotado hijo. El esmero llegó a esfuerzos bastante grandes, ya que para encauzar estas aptitudes artísticas los padres lo envían a Europa, en 1859, cosa muy poco frecuente para esos años. El pintor Juan Pablo Gariot, que lo formó profesionalmente, le tomó especial cariño. En 1862, en el concurso de la Escuela de Bellas Artes de París participó con sus mejores obras. De trescientos inscritos sólo 25 fueron aceptados, y Manuel Antonio Caro ocupó el lugar 18. Sus progresos llamaron profundamente la atención de maestros y discípulos. Fruto de este trabajo fueron sus excelentes copias de Louvre y de Luxemburgo: “La malaria” y “Los últimos momentos de San Francisco de Asís”, respectivamente. Después admiró con “El piojoso”, de Murillo, y “Sagrada Familia”, de Maratta.

En 1866 regresó al país, tras larga estadía en el Viejo Mundo que no alcanzó a borrar su gusto por los cuadros históricos y de costumbres populares. “El mocho pidiendo limosna”, fue una de las primeras obras originales que llamaron la atención en Chile y fue adquirida por el señor Davis, de Londres. El conjunto de neto carácter folclórico le dio Medalla de Oro en la Exposición del Mercado Central, como ya dijimos. A propósito de la gran exposición internacional de Santiago de 1875, expresó Pedro Pablo Figueroa: “Exhibió su hermoso cuadro “Abdicación del Supremo Director General O’Higgins” que alcanzó Primer Premio, Medalla de Oro y quinientos pesos. Lo adquirió don José Tomás Urmeneta. La Municipalidad de Valparaíso le obsequió por es patriótica obra, Medalla de Oro y doscientos pesos. Por su talento, cultura, obras y amor al arte es el primero de los pintores nacionales”. La importante escena histórica que recordaos en esta oportunidad, es una demostración de la habilidad para componer de nuestro artista, que aprendió en París con maestros muy diestros. Es el omento en que el héroe pronuncia, con su encendido fervor de orador, las famosos palabras: “Desprecio ahora la muerte como la he despreciado en los campos de batalla”. La luz cae sobre el personaje central y el hábil juego de claroscuros permite que se recorte con mayor fuerza el Padre de la Patria. La alfombra de colores vigorosos, como los rojos atenuados de los cortinajes, los carmines rebajados por las tierras, emparentan esta obra con algunas composiciones históricas de Monvoisin. Los retratos muy naturales de la composición permiten adivinar el interés posterior del artista.

En el terreno netamente vernacular, Manuel Antonio Caro se ha hecho famoso por su célebre “Zamacueca”, una obra de leyenda. Se trata de un lienzo muy movido, agradable en su color ambiente, en su espontaneidad. Blanco Cuartín, al cual la pintura chilena le debe tantos datos interesantes, se refiere a esta obra en los siguientes términos: “Los movimientos son bruscos, rápidos, sueltos, como es el baile que se amoldan. La expresión general de las figuras no puede ser más natural y concertada. El colorido es animado, vivo, fresco”.

 

Según queda consignado en el Diccionario Biográfico de Pintores, de Pedro Lira, nuestro pintor costumbrista sólo participó en las exposiciones de los años 1872 y 1875, donde obtuvo importantes premios, para desaparecer de los concursos posteriores, por lo menos en lo que se refiere al logro de recompensas de importancia. Parece ser que su interés en los últimos años del siglo pasado se concentró en los retratos, que pintó por cantidades en Valparaíso, donde evidenció la seguridad de su dibujo, pero quizás con cierta fría descripción de los rasgos. Los salones de las casas pudientes del Puerto y de Santiago tenían lugares de honro para mostrar los retratos de Manuel Antonio Caro, que supo unir, con inteligencia plástica, el encanto populista con la seria disciplina del dibujo impuesta por las mejores academias del Viejo Mundo.

No podemos cerrar este capítulo, sin mencionar otros artista extranjeros que se interesaron en las costumbres y el paisaje nuestro. Sainson realiza las ilustraciones para “Viaje pintoresco de las dos Américas”, editado en 1842, destacando sus interesantes procesiones, con muy agradable dibujo. J.C. Wickhan, también demuestra soltura de líneas en obras que ejecuta por esos mismos años. P.P. King se interesa en fijas en el papel las faenas agrícolas y las calles. En tanto, Tirpenne capta el principal puerto nacional en 1830. Martens es el dibujante de la expedición de Darwin y se entusiasma con la Isla de Chiloé.

La plaza principal de la capital siempre atrae a los artistas viajeros. J. J. Kier, de Glasgow, la mira desde la Catedral y nos muestra un ángulo novedoso, donde puede alardear con su espléndido dibujo y su colorido luminoso. Cuadro pintado sobre vidrio, es una de las más bellas estampas de la Plaza de Armas. Heinrich Jenny (1786-1854), retratista suizo, no se puede silenciar en los comienzos de la pintura en Chile, ya que se trata de un perito en sacar el parecido de los personajes, con un oficio elegante y refinado. Selleny con impecable factura fija la arquitectura de Santiago y Valparaíso.

Un lienzo que nos habla de manera muy concreta de la gran cantidad de artistas que nos visitaron en el siglo pasado y que no figura en ninguna investigación de artes visuales, es “Cuesta de Lo Prado”, espectacular cuadro firmado por Karl Berthold Puttner (1821-1881), nacido en Bohemia, que tiene el solvente oficio que caracteriza a los austríacos de esa época. Cuando admiramos la calidad del dibujo y el colorido tan elaborado, pensamos que el pintor permaneció una temporada larga entre nosotros. En los datos biográficos del maestro se especifica que trabajó para la corte de Viena y se dice que viajó por Norte y Sur América. El monumental lienzo está firmado en 1852.

Más adelante cuando el país está cimentado, Duval, de Filadelfia, deja unas divulgadas litografías de la Plaza de Armas y el cerro Santa Lucía, al igual que Harvey, que mira Santiago desde el cerro hermoseado por Vicuña Mackenna. Ward también observa a la distancia, desde lo alto el Valle del Aconcagua, como apreciamos en el cuadro del Museo de Bellas Artes. Similar solución se advierte en el novedoso cuadro de Valparaíso (c. Bando de Santiago) firmado por Jan Stussen, en 1852.

Una obra excepcional que cuelga en la actualidad de los muros de la prestigiosa Freer Collection de Washington, es “Nocturne in blue and gold”, realizada en Valparaíso por el gran maestro norteamericano Whistler en 1866, cuando estuvo una breve temporada en nuestra tierra. Desiré Trubert (1860-1920), pintor francés que llegó muy joven a Chile, llama la atención con “Caleta Membrillo” (1882) y “Baja Marea” (1886), que se pueden admirar en el Museo de Bellas Artes de Valparaíso. No podemos olvidar, aunque sea por valor sentimental, las acuarelas y miniaturas de Bernardo O’Higgins, el Padre de la Patria, que se formó en la seria disciplina dibujística de los colegios británicos.

Cuando don Salvador Sanfuentes ocupaba el cargo de Ministro de Instrucción Público, contrató en Brasil a ALEJANDRO CICCARELLI que se encontraba como pintor de cámara del Emperador, para dirigir nuestra Academia de Pintura. El artista que era elogiado por la belleza de los temas históricos y mitológicos que realizaba, como “Telémaco y Filoctetes abandonado”, que figuraba en la galería del palacio Borbónico de Nápoles, era un pintor de relativa calidad, pero que mucho sirvió para animar el ambiente y despertar el amor por las bellas artes en los jóvenes ansiosos de conocimiento.

El día 2 de octubre de 1848 se firmó el contrato con Alejandro Ciccarelli, por el cual el artista italiano se comprometía a fundar y dirigir la Academia de Pintura de Santiago. Al año siguiente comenzó a funcionar con cursos que abarcaban desde el taller elemental hasta el modelo vivo, la anatomía humana, composición y pintura y ropajes del natural. El impositivo italiano, nacido en 1808, fue formado en la preceptiva neoclásica más rigurosa, que impuso en Italia Vicenzo Camuccini, inspector de los museos del Papa y Presidente de la Academia de San Lucas y vino a Chile desde Río de Janeiro, donde no pudo realizar lo que él deseaba, aquí permaneció, en cambio, casi treinta años.

 
 
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