Pero la conquista suprema de Valenzuela
Llanos fue la luz. La logró mediante la aligeración del color, su
pulverización en pequeñas pinceladas y su yuxtaposición a manchas.
Con la descomposición del color en minúsculos matices, cada elemento
del paisaje, cielo, agua, nubes o cerros, resplandece en tintes
blancos, celestes, naranjos, bermellones o verdes.
Las horas y estaciones entrecruzan sus posibilidades de transfiguración
cromática de la realidad, siendo su momento preferido el crepúsculo,
pues el mismo pintor dijo “Elijo siempre esa hora.
Me gusta la serenidad. Creo que esa pintura no cansa, no fatiga
ni el espíritu ni la vista”. Valenzuela Llanos tenía un método y
una técnica muy racionales para organizar las etapas de su producción:
hacía un apunte pequeño de lo elegido, lo desarrollaba en cuadros
de formato mediano y recién después lo traspasaba a un tamaño regularmente
de 100 x 80 cm, superando en algunas ocasiones esas dimensiones.
Cabe mencionar que, pese a todo el reconocimiento de su obra, o
tal vez por causa del mismo éxito social, el artista realizó toda
su producción manteniéndose ajeno a las problematizaciones de las
vanguardias transgresoras ante el naturalismo y el impresionismo.
Tal como su carácter, su pintura de paisaje se desarrolló aislada,
distante de las innovaciones y conflictos que experimentaban las
artes en las primeras décadas del siglo XX.
Obras:
Investigación
|