Este presenta resultados equilibrados
y proporcionados como producto de un meditado ejercicio intelectual
previo a la composición, y contiene en su producción una evidente
intención de plantear críticamente su imagen del mundo.
Aunque el elemento onírico de los surrealistas ha llegado a ser
la vía de comprensión y aceptación de las múltiples maneras con
que sus representantes oficiales se expresan, ello no es un atributo
que les pertenezca de modo exclusivo.
Lo que hicieron los surrealistas, al respecto, fue llamar la atención
sobre un hecho que, más genéricamente, se presenta como uno de los
motores fundamentales de todo acto creativo: la fantasía. La pintura
de Opazo, cercana a la atmósfera misteriosa de Magritte, corresponde
a una postura donde la sugerencia se vincula con amplitud a un resultado
observable a lo largo de toda la historia del arte y que entonces
los surrealistas, como Ernst o Tanguy, no hicieron más que evidenciar.
Dentro del irrestricto acatamiento que hace Opazo de la armonía,
éste se permite una mínima disidencia, un insignificante desdibujo;
en esa pequeña licencia formal se ha querido reconocer al surrealista,
pero sucede que esas alteraciones son sólo un afán de comunicación
y rebeldía personal.
Lo importante en la obra de Opazo es el desasosiego, el desgano
de completarse, una falta de narración completa; la caída del argumento,
el fracaso de llegar al desenlace, es lo que redunda en una real
necesidad de conocimiento a través del dibujo, el color y la composición
que los conjuga.
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