Arte en Chile


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EDUARDO

MEISSNER

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Trayectoria

Eduardo Meissner utiliza diversos técnicas para su producción plástica, tales como grabado, dibujo, óleo y acrílico sobre tela o bien sobre madera.

En sus inicios, el artista se interesó por la problemática de la identidad latinoamericana, convirtiendo la obra de Neruda 'Alturas de Macchu Picchu' una importante referencia de su obra, así como el arte precolombino y el colonial.

Destacan de este período, por sobre todo, sus paisajes de localidades rurales del sur de Chile.

Durante los años sesenta y por influencia de sus estudios en Europa, el artista se dedicó casi de modo exclusivo en desarrollar el grabado al estilo clásico japonés. Aunque este estilo no perdurará dentro de sus opciones futuras, si lo hará la temática que en esta etapa comienza vislumbrarse: vegetales, pájaros, paisajes, flores, semillas y germinaciones, etc...en definitiva, la fascinación por los ciclos naturales y el potencial expresivo de sus formas.

Tiempo después, Meissner regresó al óleo sobre tela, impulsado por el interés en explorar los valores plásticos de la geometría, lo que combinó con las teorías perceptivas de la escuela Gestalt y los conceptos de borgeanos del Laberinto.

En 1973 ubicamos el inicio de la etapa estilística Más estable de la carrera del pintor, la que corresponde al ciclo de los jardines, rebosantes de símbolos y alegorías. Comienzan a surgir como constante en su producción las formas esféricas, el círculo como elemento perfecto de la naturaleza que remite al origen de la vida.

Entre 1981 y 1995 esas pinturas de jardines se vieron invadidas por diversas formas orgánicas similares a insectos. Una importante serie que surgió de aquello fue 'La invasión de las Termitas', producción donde los bichos pasan a ser protagonistas de un ciclo vital que eventualmente puede reemplazar al humano. Una nueva factura del artista nos recuerda la pintura de Arcimboldo: Meissner forma composiciones, sutilmente antropomorfas y vegetales, a partir de la reunión lúdica de verduras, frutas y flores.

Destaca en esta producción el dominio certero del dibujo, casi de documento naturalista a no ser por al fantasía que le inspira; percibimos también el potente manejo del color, proveniente de sus estudios de geometría y percepción. Sobre un fondo monocromo, el pintor ocupa sectores específicos del cuadro con una pintura plana en tono contrastado o combinatorio, generando sensaciones de volumen y espacio. Todo esto se ve revestido de una atmósfera inquietante, conseguido por ese mismo espacio que se comporta como vacío.