Realizó obras de gran actualidad,
en consonancia con las tendencias que en Europa hacían triunfar
la "pintura pura", es decir aquella cuya poesía
y expresividad brotaban directamente de los colores, de la forma
de pintar, de la materia pictórica misma.
Alejado de los grandes temas tradicionales (historia, mitología,
religión o literatura) y del virtuosismo académico,
Pablo Burchard buscó la poesía de las cosas humildes
y sencillas, captadas en su esencia formal y cromática Más
depurada ("El Corral").
Realizó una pintura grave y transparente, austera y diáfana,
que dignificó las cosas humildes y descubrió a través
de la intuición poética el verdadero valor estético
de un trozo de muro, un árbol otoñal, un florero,
una taza, un viejo portón ("Tarro de conserva",
"Florero con colas de zorro").
La sensibilidad grave y recogida del artista se expresó
en la parquedad de las formas y en la austeridad del color pues
prefirió los tonos blanquecinos, los grises transparentes,
los celestes diluidos, los verdes acuosos, los ocres pálidos
y sienas resecos, a veces animados por un rojo o azul intensos.
El espectáculo del mundo natural ejerció especial
influencia en su retina, y sobre todo en su espíritu ("Otoñal").
La observación atenta iba acompañada de un profundo
recogimiento, de una disposición espiritual del artista en
ese momento.
Para realizar sus obras estudiaba acuciosamente el dibujo, que
constituía para él la base y el fundamento del cuadro;
atendía la composición ordenadamente; empastaba en
forma amplia y suelta, colocando abundante materia en algunos trozos
y estudiaba los valores lumínicos y los efectos cromáticos.
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