de madera aglomerada, unidas
unas a otras, con lo que se formaba una superficie ondulante; el
relieve era acentuado por la pintura blanca que cubría todo
el volumen.
Esta serie tenía un importante fundamento en el análisis
de la relación espacio-escultura-espectador.
Es, sin embargo, en el ámbito público donde Assler
desarrolla mejor su obra: sus totémicas y orgánicas
esculturas, sin pedestal, simulan surgir de la tierra misma.
La superficie, llena de ricas texturas
debido al uso del hormigón, y la composición del volumen,
que se expande hacia los dos ejes direccionales formando un rico
juego de entrantes y salientes, hacen que sus esculturas inviten
al espectador a tocarlas y recorrerlas, sin la distancia que suelen
imponer las estatuas sobre sus pedestales.
Es tanto su afán por el contacto con la naturaleza y el
público, que Assler llegó a diseñar una serie
de juegos infantiles en base a troncos de madera que invitan al
desplazamiento corporal, y que se emplazaron en el capitalino Cerro
San Cristóbal, hacia principios de la década del ‘70.
Obras:
Entrevista
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