Colectiva en Galería Moto / BLAH BLAH BLAH
Expositor: Benjamín Ossa, Nicolas Azócar, Clemente del Río, Tomás Cohen, Javier Toro
Lugar: Galería La Casa Moto (Julio Prado 1003 esquina Pedro León Gallo, Providencia)
Técnica: instalación, escultura, pintura, técnica mixta
Fecha: 6 al 20 de mayo 2008
Horario: lunes a viernes de 10:00 a 17:30 hrs.
Entrada: liberada
BLAH BLAH BLAH es la primera exposición colectiva de cinco jóvenes artistas reunidos por ideas comunes sobre el arte y los procesos creativos. Todos alrededor de los 23 años de edad, pertenecen a una generación para la cual la formación académica y la constante actualización mediante internet han tenido la misma influencia. Su cultura visual se ha nutrido de los videojuegos, la iluminación de locales nocturnos, el acabado de los objetos producidos industrialmente y las herramientas de dibujo computacional.
Benjamín Ossa es licenciado, y Nicolas Azócar y Clemente del Río egresados en Arte de la Universidad Finis Terrae. Tomás Cohen y Javier Toro cursan su último año de licenciatura en Arte en la P. Universidad Católica.
Nicolás Azócar construye máquinas por donde un elemento transita de un estado de la materia a otro. Sus máquinas son esculturas calculadas que producen esculturas aleatorias. Expuso en la colectiva “Mecánica On Fire” y en la sala de arte Metro Quinta Normal. El 2004 obtuvo el primer lugar en el concurso “Arte Joven” en Valparaíso.
Tomás Cohen pinta cuadros sin tocar la tela. Rechazando pincel y brocha, usa la gravedad como herramienta compositiva, chorreando pintura que se endurece en una obra coherente con su proceso. El 2007 expuso en “Comic Strip Passion Trip”, muestra colectiva en Matucana100 y realizó un intercambio académico en NYU, Nueva York.
Clemente del Río trabaja con video y dibujo. De este último se desprende su trabajo de corte, doble y caída, en cual lo abierto y cerrado pertenecen a un mismo paño que mediante el cirugia prolonga su forma gravitatoriamente. Ha expuesto su trabajo en la muestra colectiva “Mecánica On Fire” y en “Exámen” en el Centro de Artes visuales.
Benjamín Ossa construye sus trabajos mediante un montaje y una iluminacion que son partes del mismo, modelan su propio contexto, elevando la obra a la categoria de objeto de deseo. Expuso en “Exámen” en el centro de artes visuales y obtuvo dos veces cosecutivas la beca de excelencia académica de su universidad. El 2007 obtuvo mención honrosa en el concurso “Artistas del siglo XXI”.
Javier Toro recrea ambientes lumínicos a través de lámparas y superficies brillantes. Sus objetos se sintetizan en la satisfacción y la duda de observarse en una terminación industrial. Participó en “Reververancia” encuentro de arte sonoro en el museo Nacional de Bellas Artes. El 2007 uno de sus trabajos fue finalista en el Primer Concurso de Diseño del Museo Interactivo Mirador (M.I.M.).
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BLAH BLAH BLAH es la primera exposición colectiva de cinco jóvenes artistas reunidos por ideas comunes sobre el arte y los procesos creativos. Todos alrededor de los 23 años de edad, pertenecen a una generación para la cual la formación académica y la constante actualización mediante Internet han tenido la misma influencia. Su cultura visual se ha nutrido de los videojuegos, la iluminación de locales nocturnos, el acabado de los objetos producidos industrialmente y las herramientas de dibujo computacional. Los objetos que componen la muestra son manifestaciones de la particular formación de estos cinco artistas y de las resoluciones que han asumido para producir arte. Sobretodo: quieren hacer objetos de arte, y estos objetos responden al deseo de ver materializada su visualización. Tras todos ellos está el anhelo de producir, de llevar consideraciones abstractas a una dimensión material que negocie con la percepción de un espectador. Y no es cualquiera el nivel de acabado que les interesa: persiguen las superficies pulcras y relucientes, los mecanismos calculados; sea en el proceso que las obras concluyen o en el proceso al que las obras invitan, necesariamente abiertas, aguardando ser percibidas.
Nicolás Azócar, por ejemplo, ha construído un mecanismo. “Pileta” es un aparato eléctrico que, una vez encendido, funcionará con autonomía. La función de este aparato consiste en derretir bloques de cera sólida. Pero este es sólo el comienzo de un proceso de enfriamiento que “Pileta” asiste y demora. La cera líquida baja, según la gravedad, por tres contenedores de latón. Estos contenedores a su vez están calientes, asegurando el estado líquido de la cera durante su descenso. Todo esto ocurre a una altura suspendida, elevada del suelo por una estructura de madera. Entonces viene la caída libre: sin contenedor ni andamiaje, el líquido chorrea hasta el suelo donde se endurece nuevamente. “Pileta” es una escultura calculada para producir esculturas aleatorias. “Me atrae la redundancia funcional de mi aparato, como su materialidad fluye para volver a ser la misma en otro sitio…”, revela Azócar. En su imponencia escalonada, reminiscente de cataratas y jerarquías, “Pileta” es una máquina hecha sólo para permitir un tránsito y asegurar su duración; una vez terminado su acompañamiento -perdida la altura de pedestal- el chorreo y el enfriamiento a nivel de suelo son irremediables.
Tomás Cohen ha desarrollado una manera de pintar que involucra el chorreo y una planificación tan rigurosa que bordea con el mecanismo. Rechazando pincel y brocha, usa la gravedad para trazar líneas que le aburriría trazar con su mano. Pintura y dibujo son sinónimos en los resultados de su método. Estos resultados son contradicciones que aluden tanto al Dripping de Jackson Pollock como a las composiciones de grilla tipo Piet Mondrian, sin calzar bien en ninguno de los dos esquemas. Aquí expone una serie cerrada de tres cuadros de iguales medidas, cada uno titulado tras el color secundario que constituría la mezcla del par de colores primarios usados en cada uno. De esta manera, tenemos los cuadros “Verde”, “Naranjo” y “Morado” que progresivamente van integrando más blanco del soporte -la tela embastada- a la vez que enfatizan la acción de girarlo como factor fundamental de su proceso. Es justamente la deducción del proceso a través de la obra resultante lo que le interesa a este artista. Consecuentemente, sus cuadros exhiben índices a la espera de un receptor que los lea e imagine el proceso que concluyen. Son pinturas para preguntarse cómo fueron hechas.
Javier Toro también nos presenta pinturas abstractas; dos cuadros evocadores de antagónicas situaciones de luz, situaciones de todos los días: el amanecer y el atardecer. Estos cuadros también aguardan un receptor que las lea, aunque en este caso es más radical la inclusión del espectador: es la propia conciencia del percibir, como verbo, como acto, lo que Javier Toro desea provocar con sus obras. Tras ello hay un fin político: por un minuto desestabilizar los constructos acerca de la percepción, acompañado de la toma de conciencia de “la nada agradable situación de que las ideas son modeladas cada día, y de que la gente no se da cuenta de ello o no le da importancia”, en palabras del artista. Se interesa por la distancia entre las nociones de lo real y el real acto de percibir. El coeficiente entre ambos es adonde apunta sus investigaciones. Así, los cuadros expuestos son lacados, relucientes: en ellos se verá reflejada la situación lumínica del espectador al momento de verlos. Que el espectador sea capaz de verse viendo aquí es fundamental. Estos cuadros pretenden un estudio de color en su contexto reflejado: el receptor alumbrado se refleja en la oscuridad y el receptor oscuro se recorta en la luz. “Es como mirar por una ventana: de día contemplas el paisaje, de noche te apareces tú”. Aquí el artista busca que se reconozcan las situaciones evocadas –a través de la elección de colores- pero sobretodo que el hecho de percibir se haga parte de lo percibido: sentir la mediación en el instante de su revelación o desengaño: concientes de que toda experiencia está mediada.
Clemente Del Río violenta sus medios hasta hacerlos significantes. Lo motiva la potencial fatiga del material que maneja, y que el llevarla a cabo haga de sus objetos un evento. Así nos presenta cuatro superficies que, tras ser violentadas, incursionan espacialmente. Tal como en las pinturas de Tomás Cohen, aquí el programa consiste en administrar el agotamiento de la pintura como medio. No es baladí el aire de réquiem que exhala la cruz del bastidor desnudado, evocándonos la necrópolis. Donde Cohen hace una combinación inédita de dos referentes históricos e institucionalizados, Del Río interviene quirúrgicamente su cuerina embastada más acorde a su desarrollo personal como artista que al gesto de Lucio Fontana. Éste desarrollo es gráfico. Clemente Del Río posee una formación paralela como ilustrador, y es el dibujo su principal actividad. De esta manera, su agresión a la pintura, su corte, es una intervención esencialmente gráfica que resulta un evento escultórico: la pieza cortada cede y cae, deslenguada. Su agresión activa al medio y lo transforma en mensaje. Interesado en hacer de sus obras una constelación, Del Río ha instalado junto a las cuatro obras anteriores un dibujo que las relacione con su búsqueda gráfica. El dibujo nos revela el interior hipotético que escondería un exterior cadavérico. Lejos de la representación literal, constituye un destape hipotético: manteniendo un nivel de referencia a formas floral-viscerales, se asume como oportunidad para realizar composiciones donde juegan la frecuencia y repetición de colores vivos que se enredan y desenredan, ocultan y muestran en un todo intrincado con la asepsia del dibujo computacional. Es quizás la supervivencia de una oportunidad para realizar arte abstracto, aunque sea al interior de un muerto, necesariamente muerto por el hecho de revelar su interior.
Benjamín Ossa no ha abstraído a partir de un referente real sino de uno ya abstracto e historiado; más bien ha llevado un género de escultura abstracta a un plano actual y concreto, con concretas condiciones de exposición. Ossa nos presenta cuatro esculturas de una serie denominada “Pimp”. La preocupación de este artista se extiende hasta la iluminación que recibirán sus piezas y los bloques que las exhibirán elevadas y protegidas. Los plintos de acrílico que contienen sus pequeñas esculturas se vuelven también escultura. Los plintos huecos salvaguardan estas curiosidades a la vez que las iluminan desde abajo. Las elevan a la vez que las alumbran. Materializan así el aura de lo institucionalizado: nos muestran “cosas” ambiguas cuya calificación escapa de nuestro alcance, su estátus comprobado; su encierro las denomina ya como objetos de arte. Ossa busca identificar el objeto de arte con un objeto de deseo. Y, ¿cómo es que son estas masas inobtenibles? Evocan un género de escultura modernista, aquella abstraída desde las curvas de la figura humana femenina, aquella cóncava-convexa que Henry Moore concentra. Las de Ossa son miniaturas que aluden a esta tipología modernista; corresponden a los gestos de una mano, a la presión de unos dedos. Más deseable aún: su tamaño y su instalación son reminiscentes de la exhibición de joyas: aún otra tipificación del objeto de deseo. De orfebrería es también la fineza con que estas miniaturas están pintadas: sobre un cromado reluciente se adhieren patrones de “lo contemporáneo” adherido como calcomanía. El mismo hecho de “actualizar” cierto tipo modernista constituye quizás el atractivo de estas joyas, su curiosidad histórica.
T.C
Fuente: Benjamín Ossa
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