Claudio
Bravo en la Corporación Cultural de Las Condes
/ Claudio Bravo. Los años chilenos 1951-1960
Expositor: Claudio Bravo
Lugar: Corporación Cultural de
Las Condes (Av. Apoquindo 6570)
Técnica: pintura
Fecha: 29 de julio al 18 de septiembre
2005
Horario: martes a domingo 10:30 a 19:00
hrs.
Entrada: liberada
En
el marco de la muestra, se estrenará el documental
“Claudio Bravo, la pupila del alma”, del cineasta
Hugo Arévalo.
Una selección de alrededor de 80 dibujos y pinturas,
correspondientes a la primera etapa de Claudio Bravo,
entre 1951 y 1960, cuando vivía en Chile, se presentarán
en forma exclusiva y por primera vez al público,
en la Corporación Cultural de Las Condes, entre
el 29 de julio y 18 de septiembre próximo.
La exposición “Claudio Bravo. Los años
chilenos 1951-1960” será inaugurada el jueves
28, a las 19.30 horas, en las salas del segundo piso de
la Corporación Cultural de Las Condes, en Avda.
Apoquindo 6570, dándose a conocer así una
faceta desconocida del pintor chileno vivo más
prestigioso en el mundo entero, una verdadera leyenda
viviente por su retraído estilo de vida y exótico
universo.
En la oportunidad, se estrenará el documental “Claudio
Bravo, la pupila del alma”, realizado por Hugo Arévalo,
que recorre su vida y trayectoria, y cuenta con el testimonio
personal del artista, quien habla de su relación
con el arte y la belleza. Las imágenes están
captadas en Chile y en Marruecos.
La idea de la Corporación Cultural de Las Condes
es rescatar la primera etapa del pintor en Chile, antes
que partiera a Europa en 1961, y conectar a este gran
artista con su tierra. Son especialmente dibujos y algunas
pinturas, todas obras realizadas en Concepción
y Santiago. Muchas de ellas corresponden a un Bravo de
15 años de edad, cuando aún estaba en el
colegio. Sin embargo, la maestría en el dibujo
es innegable y ya da luces del connotado artista en que
se ha transformado.
Radicado en Marruecos desde la década del 70, la
obra de Claudio Bravo (1936) es conocida en los cinco
continentes y se ubica entre las que han alcanzado un
mayor precio en el mercado internacional. Sin embargo,
no fue sino hasta 1994 que el público local pudo
apreciar en directo la maestría del pintor en la
exposición que se llevó a cabo ese año
en la Sala Matta del Museo Nacional de Bellas Artes, y
que hasta el momento ha sido una de las más vistas
en la historia de las exposiciones en Chile, con 180 mil
espectadores, sólo superada por “De Cézanne
a Miró”, en 1968 (220.000 personas).
Miles de personas se agolpaban cada día para admirar
la destreza de Bravo y entender por qué es considerado
uno de los pintores más renombrados del mundo.
Desde entonces Bravo pertenece al imaginario local y aunque
no se puedan contemplar sus últimas creaciones
sino sólo a través de fotografías,
el artista despierta un interés inusual que traspasa
barreras sociales y culturales.
Si bien es cierto que su pintura sorprende por su factura,
es en el dibujo donde residen sus mayores fortalezas y
por sobre todo en el tratamiento de la figura humana,
donde su destreza alcanza la perfección. Fueron
justamente sus dibujos los que le abrieron la puerta al
tremendo éxito que ostenta hoy.
Han pasado cuatro décadas desde que Bravo dejó
nuestro país para siempre, sin embargo de una u
otra manera ha mantenido el contacto con Chile. Sus dibujos
de adolescente y otros realizados después se encuentran
celosamente guardados en muchas colecciones privadas y
nunca han salido a la luz pública.
Pintor desde siempre
Claudio Bravo nació en 1936 en Valparaíso.
Fue el segundo entre siete hermanos y creció en
un entorno familiar tranquilo y protegido por el carácter
recto y serio de su padre, Tomás Bravo Santibáñez
y la tierna dedicación de su madre, Laura Camus
Gómez. Estudió en el Colegio San Ignacio
de Santiago. Según señala la periodista
Sonia Quintana en el catálogo, “no sólo
llamó la atención de sus profesores por
su facilidad para dibujar, sino que fue celebrado como
solista en el coro y activo participante en las academias
literaria, de música y de teatro en las que dejó
la huella de sus prometedoras capacidades...”
En 1951 el profesor de castellano Alfredo Peña
organizó un grupo teatral y Claudio Bravo, junto
a Héctor Noguera, Adolfo Couve, Salvador Villanueva,
Jorge Cox y Ricardo Bezanilla fueron los participantes
más entusiastas. Se montó “Cumbres
de fe” y al año siguiente, Claudio Bravo
hizo el maquillaje y la escenografía de la adaptación
de “Tom Playfair”, de Francisco Finn.
Interno en el colegio, regresaba los fines de semana al
fundo familiar en Melipilla, donde se dedicaba a pintar,
montar a caballo y nadar, sus grandes pasiones. “Para
mí la felicidad es estar pintando un cuadro que
me apasiona y que me tiene concentrado y entretenido.
No sé vivir sin la pintura”.
Para Sonia Quintana, “pareciera que ese consagrado
realista que es ahora, ese creador de mundos inventados,
de ordenador perfeccionista que no soporta el caos, ya
se manifestaba en esos años, puesto que su mayor
empeño lo ponía en generar una realidad
a su medida suprimiendo toda amenaza que pudiera alterar
su intuitiva búsqueda de la armonía”.
Gracias al Padre Prefecto Francisco Dussuel, tomó
clases con el maestro Miguel Venegas Cifuentes, con quien
estableció una relación de profundo afecto.
“Fuiste el primero que me enseñó de
los aceites, los colores y los aguarrases”, le escribía
desde Europa cuando ya había conquistado reconocimiento
y fama.
“El retrato se me daba muy bien”
A los 17 años inauguró su primera exposición
individual y rápidamente vendió todos sus
cuadros. A los 19 repitió la hazaña. “A
partir de ese momento la obra de Claudio Bravo empezó
a ser aplaudida por el público, ignorada por la
mayor parte de los pintores y discutida por la crítica,
un fenómeno que se repetirá a través
del tiempo. Para muchos su creación suscita reacciones
opuestas equivalentes al amor o el odio. Indiferencia
nunca”, expresa Sonia Quintana.
Después de egresar del colegio, se dividió
entre el trabajo de taller y las lecturas y diálogos
encaminados a satisfacer su anhelo de ampliar sus conocimientos.
Encontró orientación en compañía
de intelectuales como Luis Oyarzún, filósofo,
Benjamín Subercaseaux, escritor, y Luis Alberto
Heiremans, dramaturgo. A los 21 años partió
a Concepción y descubrió que “el retrato
se me daba muy bien”. Es así como dejó
un importante registro de sus dibujos y pinturas a la
sociedad penquista de la época.
A los 24 años se fue a Europa, primero pensando
en París, pero finalmente se quedó en Madrid,
donde rápidamente comenzó una glamorosa
vida social y empezó a retratar a las más
importantes personalidades de la época. Llegó
a pintar más de 300 retratos en ocho años,
incluyendo al Rey Juan Juan Carlos, a la Reina Sofía
y a las Infantas.
En 1970 realiza una exposición en Nueva York, que
obtiene muy buena crítica. Entonces, decide hacer
un cambio radical y se radica en Tánger, Marruecos.
La atmósfera es de una intensidad única.
“El color, la luz, el paisaje, los olores y sonidos
armonizan con su gente que, vestida con su típica
túnica o chilaba, parece sacada de un pasaje bíblico.
Esta realidad en la que conviven pasado y presente conforman
un universo misterioso que incita fuertemente a la exploración.
Es difícil imaginar un mejor escenario para el
cambio de giro existencial de un artista”, dice
Sonia Quintana.
Su carrera, administrada por la internacionalmente reconocida
Galería Marlboroug, de la que es artista exclusivo,
junto con Botero o Tamayo, alcanza los más altos
niveles de cotización en el mercado mundial. En
1994 se realiza la gran exposición en Chile, que
se convierte en un fenómeno sociológico
y coincide con el reencuentro del artista con su país:
adquiere una propiedad en la Región de los Lagos
y empieza a viajar anualmente, con el pincel en la mano,
a recuperar sus raíces. Pero en el año 2000
vende sus tierras y se despide de Chile. En Marrakech
restaura una antigua mansión y se establece allí
por temporadas –como dice Sonia Quintana- “sin
romper sus propias reglas de ermitaño”.
Fuente:
Corporación Cultural de Las Condes
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