Arte en Chile

:: PINTURA :: 2004

Arte Erística

Expositor: Felipe Cooper
Lugar: Sala Nemesio Antúnez de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (Av. José Pedro Alessandri 774, Ñuñoa)
Técnica: fotografía, pintura
Fecha: 25 de agosto a 23 de septiembre
Horario: lunes a viernes de 9:00 a 17:30 hrs.
Entrada: liberada
La muestra en cinco dípticos alusivos al mito de la manzana de la discordia, confronta espectacularmente pintura y fotografía, personaje mítico y modelo, representación mítica y presentación cotidiana; enfrentándonos al límite entre pintura e instalación, entre mito y realidad.

Arte Erística

Cinco dípticos especulares, doblegantes, nos someten a reflexión. De un lado el espejo de óleo; del otro mismo lado el espejo de luz. De aquél, una diosa o el hombre o la mujer más bellos del tiempo de nuestros mayores; de éste, una mujer o un hombre que son de nuestro tiempo, pero también son aquellos. Como si cualquiera de nosotros pudiera ser belleza y hombre de la calle, espejo y reflejo, productor y producido, unidad y diferencia.

En el pasar de una obra a la otra se nos propone, caleidoscópico y girante el mismo concepto: la arte erística. La arte de la eris griega: de la discordia, de la disputa emuladora. Disputa en que una parte imita a la otra, simula ser la otra para igualarle, más aún, para superarle. Pero la arte erística de Cooper nos invita a abstenernos de resolver o disolver la disputa, nos insta a permanecer en la paradoja.

A acoger la ambigua riqueza, a resistirse a determinar quién imita a quién o, si tiene lugar o no imitación alguna. La imagen es una, pero también su doble. Una delgada línea escinde al corazón de la belleza. La discordia es también un cuestionarse, un amparar la disyuntiva. El cuestionarse no como mera parte de una discordia o disputa, sino como ésta.

Pintura y fotografía rivalizan. En encarnizada lucha parecen reclamar para sí mayor realidad. Pero más acá de esta disputa, un sutil desplazamiento, una asimetría entre simetrías, nos hace dejar entre paréntesis la contraposición cruda entre pintura y fotografía, nos enfrenta, nos hace reflexionarnos ante una cuestión quizá de mayor peso. Quiebre de simetrías es, de un lado, un cuerpo que para ser visto debe ser descubierto de vestimentas, que no desaparecen simplemente sino que deben volverse género homogéneo que cubre todo lo que no es cuerpo, género que se vuelve manto para acoger a un cuerpo de óleo, que sólo entonces se vuelve dios o cuasidios. Mientras que, del otro lado, un cuerpo que sólo es diaria luz cotidiana revestido y policromático sobre un trasfondo desnudo.

Con ello emerge lo que no debiera emerger: la modelo o la diosa, esto es, la modelo elevada a diosa, o la diosa rebajada a modelo, a mujer cotidiana. Emerge el contexto de la que debiera ser la obra, obra que en calidad de tal debía ser puesta como fuera de su contexto. Pero con esto no se viene a desvanecer en nada la obra pictórica o la fotográfica.

Un concepto bilingüe, que habla en óleo y en luz, es el que se nos ofrece. Se nos viene a situar ante el gesto artístico por excelencia: la obra de arte como montaje, como descontextualización encubriente del contexto. Se nos devela en estos dípticos el montaje: se nos presenta el contexto que debía permanecer impresentado, recluido en el taller del pintor o en el imaginario enciclopédico del fotógrafo. Se nos presenta el contexto arrancado de su condición de contexto. Somos conducidos a la posible comprensión de que toda obra de arte, incluso la pintura de siempre, antes que mera representación de lo que prima facie puede parecernos, es instalación de un contexto que la misma obra de arte encubriéndolo, sugiriéndolo, muestra.

No todas las obras de arte sugieren el mismo contexto, ni lo sugieren del mismo modo. No escapan, por supuesto, estos dípticos bilingües a insinuarnos un contexto. De modo controversial se nos ofrece en ellos una paradoja en el examen crítico de la constitución de realidad, la paradoja de la realidad. Tanto del lado del óleo como del de la luz nos encontramos con que la realidad misma se constituye irrehuiblemente como montaje, tal como los géneros cubrientes estaban presentes en uno y otro lado. El primer lado directamente nos sugiere que la realidad misma se constituye como mito, como repetición de una historia. El segundo lado, de entrada, parece sugerirnos la posibilidad de un acceso privilegiado e inmediato a la realidad. Sin embargo no hay tal, por detrás de pincel y cámara, hay un sujeto, hay un deseo operando, deseo irreductible a mera voluntad de poder. De hecho en el mismo modo cotidiano y casual de presentarse el hombre de la calle, hay toda una investidura de seducción y deseo operando. La cuestión paradojal recrudece cuando somos impelidos ahora a cuestionarnos quién es modelo de quién: si el mito del hombre común, si el hombre común del dios. O más aún a cuestionarnos la noción misma de modelo, de paradigma. Y con ello preguntarnos acerca de la constitución de la realidad misma: si el peso está del lado de un concepto que nos vive y que sigue perviviendo en su diferencia en nosotros hombres de hoy, o si el peso está del lado del sujeto particular que cree libremente elegir como revestirse. Pero entonces, de qué lado es mayor el engaño no por cubrimiento, si no por desnudez, por abstracción.

Este cuestionarnos acerca de la realidad misma es un primer paso para atisbar una crítica de rendimientos políticos. Por lo pronto, notemos que un sutil desplazamiento era necesario para hacer ver lo que nuestra oximorónica iconolatría iconoclástica no nos deja ver. Para que fotografía y pintura nos arrebaten la anestesia, nos vuelvan a hablar. Que la arte erística nos retenga en su bello universo no rasgada por ningún verso. Que seamos arrojados a la reflexión, a la belleza que va en la humanidad toda. Porque, aunque en opacada luz, la beleza valente no ha dejado de recorrer las calles del ancho mundo.

Cristóbal Montalva C.

Fuente: Felipe Cooper