Arte en Chile

:: INSTALACIÓN :: 2002

Son Ido Instalación Sonora

Expositor:  José Pérez de Arce
Lugar:  Museo Nacional de Bellas Artes
Técnica:  instalación de sonido
Fecha de la exposición:  15 de mayo-15 de junio
Horario: martes a domingo 10:00 a 19:00 hrs.
Entrada: $300 niños, $600 adultos, domingos liberada

El museo Nacional de Bellas Artes presenta la Instalación Sonora del artista chileno José Pérez de Arce. Dicha obra comprende una intervención Sonora, en el Hall del museo, que establece la presencia acústica de diferentes etnias originarias de nuestro país Parte de su pensamiento se ve resumido en este texto de su autoría:
(Ricardo Fuentealba Fabio)

ANTIGUAS LENGUAS QUE MUEREN

Hemos aprendido, de nuevo, que solo a través del dialogo podremos sobrevivir. Que cada voz es parte del gran concierto, que su diversidad es necesaria. Pero estamos acabando esas voces, de a poquitito. Ya lo hicimos, hace miles de siglos, cuando nuestra especie fue eliminando, una a una, a las voces más cercanas. Fueron desapareciendo las especies que nos hacían sombra.

En ese entonces no lo sabíamos, era la ley del más fuerte, o del más hábil. Quedamos solos frente a la naturaleza. Pero sabíamos escuchar. Comprendíamos la compleja sinfonía natural, las voces de los animales, el viento, otros hombres, los árboles. Seguíamos estando integrados en ese concierto que llevaba millones de años afinando y concordando voces. Cada voz era distinta, y respetaba las distinciones del resto, haciéndose escuchar y escuchando. Cada lugar, en una combinación única.

Pero luego fuimos quedando solos, fuera de ese cuento. Aprendimos a reflexionar, a usar ese espejo imaginario que refleja el pensar para establecer un dialogo con nosotros mismos. Nos volvimos autónomos, y cada vez más hábiles. Nuestra habilidad se diversificó y nacieron las culturas, que son adaptación biológica acelerada, multiplicada, altamente eficaz.

Nos acostumbramos a ese escuchar interno, silencioso, y nos embriagamos en la espiral del poder que nos entregaba frente a las demás especies. Nos fuimos alejando, perdiendo contacto con la naturaleza.
Nuestro sonido se refinó: se hizo lenguaje hablado, hecho de variaciones tímbricas, y música, hecha de variaciones de altura.

Luego aprendimos el lenguaje escrito, que es la traducción visual del habla, esto es, la audición por la vista. Parte de nuestro dominio auditivo fue desplazado hacia el ojo, produciendo una civilización mas visual, y al mismo tiempo mas sorda. Nos volvimos mas incomunicados. La comunicación escrita, sin diálogo, nos hizo más autosuficientes, más solos.

Luego aprendimos a manipular el sonido gracias a la tecnología electrónica: a conservar, reproducir, amplificar, multiplicar. La extrajimos de su contexto geográfico - temporal. La descontextualizamos. La fijamos, la transformamos en opción personal, solitaria.

Pero no solo hablamos y cantamos. También producimos ruidos al caminar, al trabajar. El sonido artificial de vehículos y máquinas creció en cantidad e intensidad, pero vacío de significado cultural. Entonces nos dimos cuenta hasta que punto el sonido modela los estado profundos de ánimo. Así como una escena de cine cambia de cómica a trágica dependiendo del sonido que la acompañe, así nuestro ánimo se sintoniza con los sonidos que nos rodean.

Estamos sordos, solos y neurotizados en un ambiente de caos sonoro. Pero esto es sólo la superficie.
En lo profundo, algo ha cambiado.

Antes, cuando aún éramos animales, la naturaleza seguía su curso sin que nos preocupáramos. Luego nos preocupamos, y dimos un nombre al responsable, y lo llamamos Dios. Inventamos el arte y la religión para expresar lo que está mas allá de la palabra, los consensos estéticos y espirituales acerca de la realidad. Así los protegimos de su examen racional analítico, lo cual significaría su destrucción.
Pero luego cruzamos esa barrera, no pudimos ponernos de acuerdo racionalmente acerca de la religión o el arte y nos vimos obligados a relativizarlos. Hicimos a un lado a Dios, y sin darnos cuenta nos quedamos solos, y nos hicimos responsables de dirigir esta orquesta.

El problema es que nadie nos puede enseñar como hacerlo. Además, nuestra característica cultural mas relevante es la relativización de todos los aspectos de la cultura. La unidad cultural que definía a grandes masas de población define hoy a individuos. El aumento de información permite que cada uno de nosotros tenga acceso a infinitos datos culturales que antes estuvieron separados por tiempo y espacio. Cada individuo conforma algo semejante a lo que antes fuera considerado una cultura, mezclando temas de religión , ciencia y arte en combinaciones únicas.

Sin darnos cuenta, el sistema que nos une ha dejado de ser la cultura, se ha transformado en una metacultura conformada por tantos subsistemas culturales como individuos lo conforman. Somos la culminación del proceso de individuación, resultado de nuestro aprendizaje como homínidos. La identidad definida por su máxima diversificación.

Así pues, ya sin Dios en quien poder delegar la solución al desequilibrio, cada humano de la especie es igualmente responsable. Pero ya no estamos conectados con la gran orquesta natural, no entendemos su mensaje.

Quizá tengamos que callarnos un poco, y aprender a escuchar un poquitito. Para eso tenemos que lograr que el ambiente sonoro industrial deje de ser un subproducto caótico de un desarrollo explosivo, para transformarse en un aporte a la sinfonía natural.

Tenemos que encontrar el equilibrio entre el lenguaje metacultural y todos los lenguajes culturales, naturales e individuales del planeta, que como todos los equilibrios naturales, será dinámico, cambiante, en constante reinvención.
Tenemos que escuchar los cambios que ocurren cuando se silencian partes de esta sinfonía. Aprender a diferenciar entre la mutación necesaria y constante de la metacultura y la extinción de un sistema cultural adaptado durante milenios a una región.

Cuando mueren antiguas lenguas del mundo, muere un logro biológico adaptado al medio que ha ganado su lugar haciéndose necesario para el equilibrio. Es cierto que las lenguas no mueren del todo; se transforman, se adhieren, como el español que se tiñe de mapuche, aymara o quechua en Chile, Bolivia y Perú. Pero cuando se deja de hablar yamana o kawaskar se deja de entender un trozo de mundo, se termina un modo de amar las cosas a traves de nombrarlas. Solo ellos sabían de que se trata, nosotros lo ignoramos. Y como nos cuesta escuchar, porque somos mas sordos, no nos damos cuenta.
Hemos perdido la inocencia que tuvieron nuestros abuelos. No podemos hacernos los sordos a la gran sinfonía natural tenemos que ser capaces de dirigirla.

Agradecimientos a Bernie Krause, Cecilia Vicuña, Claudio Mercado, Erick Samakis, Fondart, Fundación Andes, Johnn Hassell, Milton Godoy, Museo Chileno de Arte Precolombino, Museo de Bellas Artes

José Pérez de Arce