Son Ido Instalación Sonora
Expositor: José Pérez de Arce
Lugar: Museo Nacional de Bellas
Artes
Técnica: instalación de sonido
Fecha de la exposición: 15 de mayo-15 de junio
Horario: martes a domingo 10:00 a 19:00 hrs.
Entrada: $300 niños, $600 adultos, domingos liberada
El museo Nacional de Bellas Artes presenta la Instalación Sonora del
artista chileno José Pérez de Arce. Dicha obra comprende una intervención
Sonora, en el Hall del museo, que establece la presencia acústica de
diferentes etnias originarias de nuestro país Parte de su pensamiento
se ve resumido en este texto de su autoría:
(Ricardo Fuentealba Fabio)
ANTIGUAS LENGUAS QUE MUEREN
Hemos aprendido, de nuevo, que solo a través del dialogo podremos sobrevivir.
Que cada voz es parte del gran concierto, que su diversidad es necesaria. Pero
estamos acabando esas voces, de a poquitito. Ya lo hicimos, hace miles de siglos,
cuando nuestra especie fue eliminando, una a una, a las voces más cercanas.
Fueron desapareciendo las especies que nos hacían sombra.
En ese entonces no lo sabíamos, era la ley del más fuerte, o
del más hábil. Quedamos solos frente a la naturaleza. Pero sabíamos
escuchar. Comprendíamos la compleja sinfonía natural, las voces
de los animales, el viento, otros hombres, los árboles. Seguíamos
estando integrados en ese concierto que llevaba millones de años afinando
y concordando voces. Cada voz era distinta, y respetaba las distinciones del
resto, haciéndose escuchar y escuchando. Cada lugar, en una combinación
única.
Pero luego fuimos quedando solos, fuera de ese cuento. Aprendimos a reflexionar,
a usar ese espejo imaginario que refleja el pensar para establecer un dialogo
con nosotros mismos. Nos volvimos autónomos, y cada vez más hábiles.
Nuestra habilidad se diversificó y nacieron las culturas, que son adaptación
biológica acelerada, multiplicada, altamente eficaz.
Nos acostumbramos a ese escuchar interno, silencioso, y nos embriagamos en
la espiral del poder que nos entregaba frente a las demás especies. Nos
fuimos alejando, perdiendo contacto con la naturaleza.
Nuestro sonido se refinó: se hizo lenguaje hablado, hecho de variaciones
tímbricas, y música, hecha de variaciones de altura.
Luego aprendimos el lenguaje escrito, que es la traducción visual del
habla, esto es, la audición por la vista. Parte de nuestro dominio auditivo
fue desplazado hacia el ojo, produciendo una civilización mas visual,
y al mismo tiempo mas sorda. Nos volvimos mas incomunicados. La comunicación
escrita, sin diálogo, nos hizo más autosuficientes, más
solos.
Luego aprendimos a manipular el sonido gracias a la tecnología electrónica:
a conservar, reproducir, amplificar, multiplicar. La extrajimos de su contexto
geográfico - temporal. La descontextualizamos. La fijamos, la transformamos
en opción personal, solitaria.
Pero no solo hablamos y cantamos. También producimos ruidos al caminar,
al trabajar. El sonido artificial de vehículos y máquinas creció
en cantidad e intensidad, pero vacío de significado cultural. Entonces
nos dimos cuenta hasta que punto el sonido modela los estado profundos de ánimo.
Así como una escena de cine cambia de cómica a trágica
dependiendo del sonido que la acompañe, así nuestro ánimo
se sintoniza con los sonidos que nos rodean.
Estamos sordos, solos y neurotizados en un ambiente de caos sonoro. Pero esto
es sólo la superficie.
En lo profundo, algo ha cambiado.
Antes, cuando aún éramos animales, la naturaleza seguía
su curso sin que nos preocupáramos. Luego nos preocupamos, y dimos un
nombre al responsable, y lo llamamos Dios. Inventamos el arte y la religión
para expresar lo que está mas allá de la palabra, los consensos
estéticos y espirituales acerca de la realidad. Así los protegimos
de su examen racional analítico, lo cual significaría su destrucción.
Pero luego cruzamos esa barrera, no pudimos ponernos de acuerdo racionalmente
acerca de la religión o el arte y nos vimos obligados a relativizarlos.
Hicimos a un lado a Dios, y sin darnos cuenta nos quedamos solos, y nos hicimos
responsables de dirigir esta orquesta.
El problema es que nadie nos puede enseñar como hacerlo. Además,
nuestra característica cultural mas relevante es la relativización
de todos los aspectos de la cultura. La unidad cultural que definía a
grandes masas de población define hoy a individuos. El aumento de información
permite que cada uno de nosotros tenga acceso a infinitos datos culturales que
antes estuvieron separados por tiempo y espacio. Cada individuo conforma algo
semejante a lo que antes fuera considerado una cultura, mezclando temas de religión
, ciencia y arte en combinaciones únicas.
Sin darnos cuenta, el sistema que nos une ha dejado de ser la cultura, se ha
transformado en una metacultura conformada por tantos subsistemas culturales
como individuos lo conforman. Somos la culminación del proceso de individuación,
resultado de nuestro aprendizaje como homínidos. La identidad definida
por su máxima diversificación.
Así pues, ya sin Dios en quien poder delegar la solución al desequilibrio,
cada humano de la especie es igualmente responsable. Pero ya no estamos conectados
con la gran orquesta natural, no entendemos su mensaje.
Quizá tengamos que callarnos un poco, y aprender a escuchar un poquitito.
Para eso tenemos que lograr que el ambiente sonoro industrial deje de ser un
subproducto caótico de un desarrollo explosivo, para transformarse en
un aporte a la sinfonía natural.
Tenemos que encontrar el equilibrio entre el lenguaje metacultural y todos
los lenguajes culturales, naturales e individuales del planeta, que como todos
los equilibrios naturales, será dinámico, cambiante, en constante
reinvención.
Tenemos que escuchar los cambios que ocurren cuando se silencian partes de esta
sinfonía. Aprender a diferenciar entre la mutación necesaria y
constante de la metacultura y la extinción de un sistema cultural adaptado
durante milenios a una región.
Cuando mueren antiguas lenguas del mundo, muere un logro biológico adaptado
al medio que ha ganado su lugar haciéndose necesario para el equilibrio.
Es cierto que las lenguas no mueren del todo; se transforman, se adhieren, como
el español que se tiñe de mapuche, aymara o quechua en Chile,
Bolivia y Perú. Pero cuando se deja de hablar yamana o kawaskar se deja
de entender un trozo de mundo, se termina un modo de amar las cosas a traves
de nombrarlas. Solo ellos sabían de que se trata, nosotros lo ignoramos.
Y como nos cuesta escuchar, porque somos mas sordos, no nos damos cuenta.
Hemos perdido la inocencia que tuvieron nuestros abuelos. No podemos hacernos
los sordos a la gran sinfonía natural tenemos que ser capaces de dirigirla.
Agradecimientos a Bernie Krause, Cecilia Vicuña, Claudio Mercado, Erick
Samakis, Fondart, Fundación Andes, Johnn Hassell, Milton Godoy, Museo
Chileno de Arte Precolombino, Museo de Bellas Artes
José Pérez de Arce
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