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La
Pausa del Tiempo
Expositor:
Néstor
Olhagaray
Lugar:
Centro de Arte Cecilia Palma (Boulevar
del Parque Arauco, Av. Kennedy 5413 local 467)
Técnica:
fotografía
Fecha:
7 al 25 de julio
Horario:
lunes a domingo de 10:00 a 22.00 hrs.
Entrada:
liberada |
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Justo
Pastor Mellado, curador de la muestra dice: Todo
nace de una incursión fotográfica
en una salitrera abandonada en las afueras de Iquique,
Santa Laura. Néstor Olhagaray problematiza
un aspecto sobre el que a menudo se omite en el
trabajo fotográfico: la cuestión del
tiempo. Se piensa, en general, que la temporalidad
no tiene cabida en la fotografía. Sin embargo,
su aparente modo de negarla a través del
"congelamiento", producido por la instantaneidad
de la obturación, en el fondo no hace más
que exacerbar la noción de la temporalidad.
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Néstor
Olhagaray encontró en la oficina Santa Laura
un espectáculo algo paradójico, de
carácter ya proto-fotográfico . El
tiempo se había detenido, "congelado".
El espectáculo que le ofrecían las
ruinas de la salitrera era el testimonio de un abandono
del espacio. |
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Toda
materialidad fabril había quedado a merced de los
elementos, dejando que la merma instalara su condición
de agresión permanente y progresiva. El tiempo,
en este terreno, es sobretodo el tiempo de la corrosión.
Podría decir, “el tiempo de la corrosión
del tiempo”. Como si éste pudiera adquirir el carácter
de la materia. El tiempo se hace materia en la fotografía.
Por eso, en esa condición, se presenta como un
tiempo suspendido que fragiliza la propia noción
de presente.
Pero
había algo más, el contexto donde se asentaba
esta realidad, esta compenetración del tiempo y
el espacio, suspendidos y aislados para la eternidad,
era mimado, exactamente por el paisaje que los contenía:
el desierto de Atacama.
Es
así como primero se trataba de la historia de un
fotógrafo seducido primero por el desafío
de poder retratar el espacio correspondiente a esa dimensión
de a-temporalidad. Pero había más testigos:
el desierto, el viento, un chicote, una chimenea, etc.
El desierto, como universo sonoro perceptible por la disposición
dislocada de las ruinas. Las rendijas, las planchas oxidadas,
las puertas batientes, los pasillos, estiran la propia
percepción del tiempo. El chicote que cuelga del
extremo de la chimenea, desde hace años, se constituye
como un marca-pasos que impone un ritmo a la escena. Quizás
el único ritmo que denota la detención del
tiempo. Solo porque existe este contrapunto se puede dimensionar
la detención. El chicote y su dimensión
sonora es un marcador de memoria, un pulsador de presencia,
que permite que el pasado se transforme en futuro por
contemporaneización del presente.
Fuente:
Centro de Arte Cecilia Palma
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