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Arte
Erística
Expositor:
Felipe Cooper
Lugar: Sala Nemesio Antúnez
de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la
Educación (Av. José Pedro Alessandri
774, Ñuñoa)
Técnica: fotografía,
pintura
Fecha: 25 de agosto a 23 de septiembre
Horario: lunes a viernes de 9:00
a 17:30 hrs.
Entrada: liberada |
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La
muestra en cinco dípticos alusivos al mito
de la manzana de la discordia, confronta espectacularmente
pintura y fotografía, personaje mítico
y modelo, representación mítica y
presentación cotidiana; enfrentándonos
al límite entre pintura e instalación,
entre mito y realidad. |
Arte
Erística
Cinco
dípticos especulares, doblegantes, nos someten
a reflexión. De un lado el espejo de óleo;
del otro mismo lado el espejo de luz. De aquél,
una diosa o el hombre o la mujer más bellos
del tiempo de nuestros mayores; de éste,
una mujer o un hombre que son de nuestro tiempo,
pero también son aquellos. Como si cualquiera
de nosotros pudiera ser belleza y hombre de la calle,
espejo y reflejo, productor y producido, unidad
y diferencia.
En
el pasar de una obra a la otra se nos propone, caleidoscópico
y girante el mismo concepto: la arte erística.
La arte de la eris griega: de la discordia, de la
disputa emuladora. Disputa en que una parte imita
a la otra, simula ser la otra para igualarle, más
aún, para superarle. Pero la arte erística
de Cooper nos invita a abstenernos de resolver o
disolver la disputa, nos insta a permanecer en la
paradoja. |
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A
acoger la ambigua riqueza, a resistirse a determinar
quién imita a quién o, si tiene lugar
o no imitación alguna. La imagen es una,
pero también su doble. Una delgada línea
escinde al corazón de la belleza. La discordia
es también un cuestionarse, un amparar la
disyuntiva. El cuestionarse no como mera parte de
una discordia o disputa, sino como ésta.
Pintura y fotografía rivalizan. En encarnizada
lucha parecen reclamar para sí mayor realidad.
Pero más acá de esta disputa, un sutil
desplazamiento, una asimetría entre simetrías,
nos hace dejar entre paréntesis la contraposición
cruda entre pintura y fotografía, nos enfrenta,
nos hace reflexionarnos ante una cuestión
quizá de mayor peso. Quiebre de simetrías
es, de un lado, un cuerpo que para ser visto debe
ser descubierto de vestimentas, que no desaparecen
simplemente sino que deben volverse género
homogéneo que cubre todo lo que no es cuerpo,
género que se vuelve manto para acoger a
un cuerpo de óleo, que sólo entonces
se vuelve dios o cuasidios. Mientras que, del otro
lado, un cuerpo que sólo es diaria luz cotidiana
revestido y policromático sobre un trasfondo
desnudo. |
Con
ello emerge lo que no debiera emerger: la modelo o la
diosa, esto es, la modelo elevada a diosa, o la diosa
rebajada a modelo, a mujer cotidiana. Emerge el contexto
de la que debiera ser la obra, obra que en calidad de
tal debía ser puesta como fuera de su contexto.
Pero con esto no se viene a desvanecer en nada la obra
pictórica o la fotográfica.
Un
concepto bilingüe, que habla en óleo y en
luz, es el que se nos ofrece. Se nos viene a situar ante
el gesto artístico por excelencia: la obra de arte
como montaje, como descontextualización encubriente
del contexto. Se nos devela en estos dípticos el
montaje: se nos presenta el contexto que debía
permanecer impresentado, recluido en el taller del pintor
o en el imaginario enciclopédico del fotógrafo.
Se nos presenta el contexto arrancado de su condición
de contexto. Somos conducidos a la posible comprensión
de que toda obra de arte, incluso la pintura de siempre,
antes que mera representación de lo que prima facie
puede parecernos, es instalación de un contexto
que la misma obra de arte encubriéndolo, sugiriéndolo,
muestra.
No
todas las obras de arte sugieren el mismo contexto, ni
lo sugieren del mismo modo. No escapan, por supuesto,
estos dípticos bilingües a insinuarnos un
contexto. De modo controversial se nos ofrece en ellos
una paradoja en el examen crítico de la constitución
de realidad, la paradoja de la realidad. Tanto del lado
del óleo como del de la luz nos encontramos con
que la realidad misma se constituye irrehuiblemente como
montaje, tal como los géneros cubrientes estaban
presentes en uno y otro lado. El primer lado directamente
nos sugiere que la realidad misma se constituye como mito,
como repetición de una historia. El segundo lado,
de entrada, parece sugerirnos la posibilidad de un acceso
privilegiado e inmediato a la realidad. Sin embargo no
hay tal, por detrás de pincel y cámara,
hay un sujeto, hay un deseo operando, deseo irreductible
a mera voluntad de poder. De hecho en el mismo modo cotidiano
y casual de presentarse el hombre de la calle, hay toda
una investidura de seducción y deseo operando.
La cuestión paradojal recrudece cuando somos impelidos
ahora a cuestionarnos quién es modelo de quién:
si el mito del hombre común, si el hombre común
del dios. O más aún a cuestionarnos la noción
misma de modelo, de paradigma. Y con ello preguntarnos
acerca de la constitución de la realidad misma:
si el peso está del lado de un concepto que nos
vive y que sigue perviviendo en su diferencia en nosotros
hombres de hoy, o si el peso está del lado del
sujeto particular que cree libremente elegir como revestirse.
Pero entonces, de qué lado es mayor el engaño
no por cubrimiento, si no por desnudez, por abstracción.
Este
cuestionarnos acerca de la realidad misma es un primer
paso para atisbar una crítica de rendimientos políticos.
Por lo pronto, notemos que un sutil desplazamiento era
necesario para hacer ver lo que nuestra oximorónica
iconolatría iconoclástica no nos deja ver.
Para que fotografía y pintura nos arrebaten la
anestesia, nos vuelvan a hablar. Que la arte erística
nos retenga en su bello universo no rasgada por ningún
verso. Que seamos arrojados a la reflexión, a la
belleza que va en la humanidad toda. Porque, aunque en
opacada luz, la beleza valente no ha dejado de recorrer
las calles del ancho mundo.
Cristóbal
Montalva C.
Fuente: Felipe Cooper
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